“Los doce poemas del paraíso”, la pieza que abre el primer libro y a mi modo de ver la más lograda del conjunto, destaca por la sutil artesanía con que Fondevila consigue metabolizar la denuncia política a nivel poético. “Si estos son los dioses / los profetas/ los porveniristas mascarones/ avisadores de la excelsa balanza/ de la ordenación geométrica/ del amor perfecto/ ¿cuál será la impostura?”, se pregunta. “Nadie sabe cómo/ --nadie es una manera de decir--/ nos hallamos en medio/ de los escombros del Paraíso/ rodeados por sus despojos/ muy abiertos los ojos suplicantes/ cercenados los miembros por la propia obra/ desolados y solos”, añade más adelante. Esta capacidad para colar la denuncia en clave lírica, generalmente tan difícil de cuajar técnica y conceptualmente hablando, recorre de punta a cabo la compilación, y constituye una de sus señas de identidad fundamentales.
Otra es la habilidad con que Fondevila desenmascara las palabras y hace causa con un coloquialismo a menudo romántico, siempre germinal. No hay artificio en El mundo aproximado sino un esfuerzo por, y una intención declarada de, esclarecer las cosas y las circunstancias, las anécdotas y las preguntas. Porque este es un libro repleto de preguntas, ciertamente, estructurado en torno a la incesante curiosidad de su autor.
Dice Raúl Rivero en el prólogo de El mundo aproximado, libro divido a su vez en cinco libros (“Poesía desde el Paraíso”, “De cosas sagradas”, “Resaca de nadas y silencios”, “Claridades y confusiones” y “Del amor”), que en la escritura de Fondevila va por delante “el pálpito y la temperatura de su vida”. Una ternura recóndita que irriga y enaltece estos versos a ratos proteicos, a ratos lánguidos y humildes. Desde ellos fluye la poesía sin cortapisas, natural como una cascada.
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