Si Alfred Jarry solía llevar dos pistolas descargadas en la cintura, con las que disparaba –según Bretón-- simbólicamente “contra todo pseudo-artista o impostor intelectual que se cruzaba en su camino” en la belle epoque francesa, Maurice Sparks lleva una espada en la mano y revive la tradición para contraatacar con el mejor arte de la esgrima y dar una estocada final al pseudo-intelectualismo actual.
No sólo arte y vida se unen en los relatos de Maurice Sparks, sino también un refinado arte de transformación. Con la misma espada de la mente intelectual, Maurice traspasa el hueso de la inmundicia intelectual. Maurice desbarata la estructura tradicional del pensamiento lógico intelectual. Maurice es un iconoclasta de la literatura actual. Y muchos intelectuales temen a lo que dice Maurice.Con la espada de Maurice el intelecto se ve obligado a titubear. Los intelectuales hablan de Maurice, coquetean diciendo que trae un aire renovador, lo abrazan, pero lo que plantea lo sellan subrepticiamente con recelos. He estado observando esta maniquea posición de costumbre en casi todas las reseñas sobre el próximo lanzamiento de los relatos de Maurice. Y ya que Maurice es un agente poético de profundidad inalcanzable, pocos se dan cuenta que su estocada acaba con la de sus propias imposturas.
Hay una ansiedad al hablar de Maurice no porque constituya el espejo de una nueva componenda contra lo tradicional, lo institucional y nacional, sino porque de una forma sutil, al refrendarlo, lo está atacando. Reafirma y ataca; es la psicología del seudo-intelectual. Contra Maurice, como es lógico, yace una maniobra estupendamente. La intelectualidad teme callar ante la voladura enigmática de que algo puede ser un objeto de principio. Lo que dice Maurice y en la forma en que lo dice, lacera la narrativa, el parloteo constante de nuestra literatura actual. Los relatos de Maurice son provocadores, pero la intelectualidad que se afinca en separar el arte y la vida prefiere asumirlos como continuidad.
Pero la ruptura es evidente, y a eso le teme el seudo-intelectual. Me gustaría decir muchas cosas de Maurice, de aquellos relatos provocadores leídos en el blog. Ya sabemos que Ernesto G. es la invención de Maurice, la encarnación de un bromista. En una ocasión me dijo: “Callejas, de ti que no entiendo nada… es una broma”. Y Ernesto estaba en lo cierto. Fue entonces cuando comprendí de quién se trataba. La sonrisa de Ernesto G. ante su broma me hizo descubrir quién era Maurice Sparks. Pero los intelectuales somos demasiados imprecisos para darnos cuenta que esa invención es la invención de estar apegados a la forma tradicional de pensar, a la forma de elaborar relatos, historias, versos y novelas que fulguran demasiado desactualizados.
Admiro a Sparks porque es una encarnación de alguien vivo. De alguien que tuvo que esconderse bajo el seudónimo de Maurice. A una pregunta, muy jocosa por cierto, le respondí:
“Desde luego, me di cuenta desde el inicio que Maurice no tocaba el tema de Cuba. ¡Y qué bueno que no lo hizo!”. No hacerlo fue lo que motivó mi búsqueda sobre el espíritu de Maurice. De lo contrario, hubiese pataleado moribundo en el ocaso de la opinión que más interesa al dato y no al mensaje. De un modo “indirecto” lo hice saber a través de las palabras de Soren Kierkegaard. Viendo que la literatura danesa de su época carecía de universalidad, Kierkegaard rehuyó al tema danés. Quiso ser universal. Y eso mismo le pasa a Maurice; se da cuenta que la literatura cubana carece de universalidad.
La literatura cubana cree ser el ombligo del mundo y se cierra en un realismo pedestre, sin dotes poéticas. Es un realismo demasiado colectivista; apuesta por lo colectivo, por imponer ciertos conocimientos y criterios sobre el lector, y eso Maurice no lo tolera. Siempre andando con las mismas cosas. La misma suerte de padecer el trauma nacionalista cubano, es lo que obliga a Maurice obviar el tema cubano. La misma suerte de dejar desapercibida la idea individual.
Para Maurice lo primero es vivir, existir, y luego pensar. Es el mismo posicionamiento de Kierkegaard respecto a la literatura danesa. Como bien señala Armando Añel, “Cuba se torna una comedia, un drama”, pero insistimos todavía en posesionarnos como referentes colectivos, minando y socavando el referente individual. La mirada de Maurice es sólo estratégica, con la dosis poética que ningún escritor cubano ha concebido hasta hoy. Quisiera equivocarme, pero Maurice es una encarnación espiritual del pensador Soren Kierkegaard.
http://angelcallejas.wordpress.com/
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Un seudónimo no es otra que una imagen poética, creo.
Un abrazo.