En este sentido es que habrá de desarrollarse una poética del espacio y la ensoñación. El instante como imagen, fuera del tiempo histórico, es sueño ante la necesidad de conocer al mundo, de aprender la necesidad de la evolución de la mentalidad creativa. Pero ese instante, esa imagen del espacio y la ensoñación, es aún recuerdo; recuerdo sobre el pasado, sobre el presente y el futuro. El soñador lo recordará pero no como sucedió en las horas de ensueños, porque en realidad nunca vivió en la conciencia del momento del sueño. Y esto hace la diferencia: cuando recordamos un sueño los hacemos mediante la memoria del inconsciente; el sueño es una resaca. La influencia de los estudios de Gastón Bachelard sobre los sueños ha sido impactante, al extremo de constituir hoy toda una teoría poética sobre el sueño y la formación del poeta. Bachelard ha trabajado con la dimensión mental de los sueños, la última donde el soñador aún existe.
Bachelard ha dejado a un lado por principios científicos otras dimensiones de los sueños que anteceden a la dimensión mental o psíquica. Y esta ha sido –la dimensión mental-- la fuente por donde un poeta como Lezama Lima elaboró una poética sobre el espacio americano. La dimensión mental no sólo es una dimensión sino el vehículo por donde las otras dimensiones de los sueños se expresan en forma de imágenes. Están los sueños provocados por el cuerpo biológico; están los sueños inducidos por la capacidad de sentir; están los sueños del inconsciente colectivo; están los sueños psíquicos; están los sueños espirituales y los cósmicos. Cada uno representa una dimensión diferente. Pero la poética del espacio y la ensoñación no lo discrimina y no lo entiende porque en la fenomenología del sueño aparecen mezclados.
Lo que conocemos de los sueños es su fenomenología, no su misterio, no lo que está oculto. Ese instante en que se une lo temporal para dar el brote de la imagen, es fenomenológico. Por eso no puedo decir que he recordado un “sueño lúcido”. Con la fenomenología no existe la lucidez. La lucidez viene dada por el reconocimiento de cada dimensión. Otra cosa, cuando hablo usando la categoría sueño, ésta abarca tanto a las creencias como a las teorías y conocimientos. Ellos son memorias también. Cuando nos referimos a que los sueños lúcidos son “esclarecedores con respecto a cualquier tiempo, ya sea pasado presente y futuro”, son recuerdo también de la memoria del inconsciente. Fíjense en esto: como dije anteriormente, están los sueños provocados por el cuerpo biológico; están los sueños inducidos por la capacidad de sentir; están los sueños del inconsciente colectivo; están los sueños psíquicos; están los sueños espirituales y cósmicos. Hay tipos y categorías de sueños, pero sólo a veces recordamos los más comunes, esos que quedan impregnados con facilidad en la memoria del inconsciente porque nos son más cercanos al instante de la vigilia. Soñamos generalmente con lo que hemos vivido sobre el día.
Sin embargo, a veces hemos soñado sin saberlo con lo cósmico, con lo espiritual, con lo que es muy lejano en el tiempo y el espacio, pero al despertar no lo recordamos. Todo depende del grado y nivel de conciencia a que hayamos arribado en las diferentes dimensiones de los sueños. Si somos conscientes, por ejemplo, de los sueños del “inconsciente colectivo”, entonces recordaremos sueños, por ejemplo, sobre nuestra vida pasada. Pero tomemos en cuenta que los sueños no son lúcidos, sino, por ahora, arquetipos. Ya es hora de ir superando la idea fenomenológica de los sueños. Bachelard ha sido una gran inspiración poética, pero debe ser trascendido. La fenomenología debe ceder paso a lo trascendente.
A través de esta concepción de los diferentes tipos y dimensiones de sueños podemos hallar algún día las claves perdidas del conocimiento poético exotérico. Para que se tenga una idea, leí una anécdota según la cual Fidel Castro había recordado un sueño en que unos vampiros chupaban su sangre. Nada poético, verdad, pero es un sueño que representa, dentro de la dimensión de lo emocional, la monstruosidad del complejo de inferioridad del hombre, del uso y el abuso del poder: del dictador parasitando a su pueblo. Al recordarlo como sueño, el vampirismo esclarece un hecho fundamental de las dictaduras, que la voluntad de poder sigue siendo todavía un sueño para la subjetividad; de ahí que el poder se abra espacio solamente en la concepción imaginaria de un dictador.
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