Antes de haber obtenido el objeto de la frustración, la fenomenología de la angustia, el hombre está frustrado ya. Para decirlo de algún modo, el hombre es frustración. Debido a que le falta atención, conciencia de sí, no puede ver el origen de la angustia existencial. La ve, la siente, pero se manifiesta en tiempo y espacio. Por eso el desear algo se convierte en objeto de ligadura.
La angustia no se desarrolla con el objeto deseado, sino con el presunto conocimiento del no-ser. El desear conlleva tiempo para desear, una repetición del tiempo deseado que culmina en nada, porque está presente en nada. Es el constante pensar el deseo en sí mismo, sin contenido, vacío, imaginado, lo que hace la estructura intrínseca de la frustración. Esta estructura se hace presente con el ego. El desear espera un objeto para expresarse deseando. Sea cual sea el objeto que se desee, ya el deseo, la angustia, están esperando para consumarse en el hecho del deseo. Esta es la realidad y quizás el parangón que no establece Virgilio Piñera en su obra, y por tanto carece de un principio básico y esencial: no determinar el origen de la angustia humana. Cuando Soren Kierkegaard dice que el hombre es miedo y temblor, el concepto de angustia adquiere un carácter de subjetividad, de deseo en sí mismo.
En este sentido, estoy persuadido de que la obra de Virgilio Piñera no ha sido considerada en profundidad. Los críticos de su obra han pasado por alto ese contexto subjetivo de la angustia que desemboca en el absurdo. A Piñera se le ha mirarlo como un existencialista a medias o, mejor dicho, un existencialista con fe, como quien no siente el pesimismo agónico, la desesperación absoluta, hasta llegar a la autoaniquilación. Y resulta así porque su obra no deja en claro el origen del absurdo. Por eso el absurdo de la vida puede ser superado, según Piñera, en el futuro. Pero ninguna de las dos variantes --absurdo y existencialismo-- pertenece a la realidad del “absurdo existencial”, a la subjetividad a que se refiere Kierkegaard con el concepto de angustia. De hecho, Piñera acudió firmemente a la literatura, a la imaginación –como lo hizo Sartre-- para mitigar la falta de sentido de la vida, cuyo significado estaba condenado a un materialismo existencial, a una psicología materialista: la existencia precede a la esencia.
Por supuesto, Piñera no tenía una respuesta creadora y vital para sobreponerse a la muerte, al suicidio espiritual, a la provocación que “pudiera conllevar” al materialismo a la angustia existencial. Él derivaba por analogía y lógica del “materialismo existencial” a la “angustia existencial”. El “materialismo existencial”, si es que existía, nunca llegó a producir lo que Kierkegaard y Beckett denominaron angustia, temblor, miedo, absurdo existencial. El “materialismo existencial” crea dolor, odio, repugnancia, náusea, pero no crea terreno para la búsqueda espiritual, para la realización individual, para ir más allá del absurdo vital que en gran medida se ha confundido con el dolor materialista. Estas dos cosas –el “absurdo para saltar” y el “absurdo para sufrir”-- deben estar bien delimitadas para entender cuál fue el mensaje de la obra de Piñera.
El “materialismo existencialista” o “existencialismo materialista” deviene en “absurdo para sufrir” y es lo que crea el terreno para la revolución social, para el cambio social. Y esa es la base de la visión teatral y narrativa de la obra de Piñera. No le interesa el individuo como tal, la subjetividad kierkegaardiana; le interesa la sociedad, la objetividad marxista. No le interesaba escudriñar en la angustia existencial, en lo subjetivo, sino en el dolor y sufrimiento social. Estas son las delimitaciones --existencia y sociedad-- que habrían de tenerse en cuenta a la hora de entender la obra de uno de los intelectuales más prominentes de todos los tiempos en Cuba.
Individuo y sociedad recreaban dos planos de la existencia muy bien delimitados; pero Piñera los asumía como únicos e iguales. No tomaba en cuenta que el individuo era hacia sí mismo y la sociedad hacia la mente colectiva. Piñera entraba en la primera fase del “existencialismo”, en la superficial, que no es un existencialismo en sí real y auténtico. Entraba en el sueño existencialista. Por esos sus personajes aparecen en escena dramatúrgica y narrativa casi dormidos, casi despiertos; aparecen soñando, deseando un objeto. De ahí que el “existencialismo” de Piñera conectara con la ansiedad social; sus personajes representan a la sociedad. Por eso tuvo imaginación para ir posponiendo esa supuesta “muerte” (ese tedio repugnante, ese temblor a que hacía referencia Kierkegaard), y lo hizo magistralmente a través del concurso de la literatura. Sentía que le hombre en Cuba estaba muerto en vida porque se hallaba atrapado en el cuerpo y la geografía, en los límites de la corporeidad.
Se apoyó en la dramaturgia, la poesía y la narrativa para alargar su propia vida. La argucia literaria lo condujo a una espera que nunca llegó. Todos sus principales personajes literarios están en espera; esperando que suceda algo, pero en un sentido materialista de la vida. Y en este sentido Piñera equivocaba el camino perceptivo del absurdo existencial: no era la realidad absurda del mundo a la que acudía, sino que ese absurdo respondía a su propio mundo, hecho ya un absurdo. Él proyectaba en la pantalla de la sociedad cubana (en abstracto) su absurdo de vivir, su agonía de vivir la carencia material. Estaba responsabilizando a la sociedad cubana de su dolor, de su propio modo de vivir el absurdo.
Una sociedad no puede ser absurda en sí misma porque no es representativa de una entidad individual y subjetiva. Una sociedad puede llegar, eso sí, al caos, al resquebrajamiento de la estructura política y económica, a la miseria material, pero debido a esto no puede caer en el absurdo existencial. El absurdo es solo para la individualización humana, para el potencial del crecimiento individual, y este mecanismo de sentirse separado, y a veces enajenado del mundo, sin que nadie pueda ayudarle, no es resultado de los descoyuntamientos (crisis) de las estructuras culturales y sociopolíticas. Es resultado de una experiencia individual y no colectiva.
El hombre siente miedo, temblor, angustia, no porque falten el pan o el orden político y social, sino porque le falta, en última instancia, saber quién es. Esta es una tendencia interior recurrente desde que el hombre nace. A veces perceptible, a veces no. Oculta, es una tendencia esotérica que el hombre debe descubrir durante su vida. Y esa tendencia, al salir a flote, al salir de su escondite, crea el absurdo sobre la vida. Genera un sentimiento de levedad. Comienza a sentirse de pronto que la vida no tiene sentido. No es una tendencia generada por la civilización y la cultura, sino por la propia naturaleza de que está hecho el hombre. Solo la cultura y la civilización pueden degradar o no esa forma individual de levedad experimentada. Lo grotesco, lo irónico y burlesco, son sus objetos, degradaciones de esa levedad.
La lectura de los textos de Piñera me da a entender que sentía esa angustia y que había entrado en esa corriente esotérica. El lenguaje de su poética hace extensivas a la sociedad cubana todas sus degradaciones, que son, por supuesto, las de su propia creación y visión del mundo. Voy a manejar de manera rápida tres de sus ejemplos creativos esenciales: La poesía (La isla en peso), la dramaturgia (Aire frío) y la narrativa (La carne de René).
La poética de la cual esta imbuida su obra giraba en torno a una contradicción insoluble de la condición humana: Ego vs egoísmo. Grotesco, irónico y burlesco. El “ego” trata de reconstruir la sociedad; el “egoísmo” trata separarse de esa reconstrucción grotesca. Una contradicción que parece absurda, pero no lo es. El ego es un alimento social y cultural. El egoísmo es la voluntad de ser uno mismo, independiente al ego. Y Piñera está por lo segundo. El egoísmo representa en él el estado de una inconsciencia existencial. La Isla en peso es una ligadura a la geografía y al cuerpo de la cual es imposible separarse. Sufre las circunstancias, pero no puede separarse de esa ligadura.
Vaya donde vaya, el cubano carga con esa ligadura. ¿Por qué? Todos los cubanos sentimos esa ligadura; deseamos a cada paso todo lo que constituye la isla entera: su tierra, su mar, sus montañas, sus ciudades, sus mujeres y su sexo, su historia. Cada paso por la Isla demuestra un objeto de deseo a fin, de disfrute y placer. Estamos ligados a través del “desear” esas mentiras y engaños, esos espejismos. Como dice Virgilio en Aire frío, Cuba es una familia extendida en torno al deseo de un ventilador, y ahí muere la cultura cubana. Muere como muchos deseos.
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