Ese padecimiento del que habla Sartre –de complejo de inferioridad-- para una época en la que la gran clase social reconocía sus valores en el marco de una literatura socialmente comprometida, ha ido desapareciendo hoy. El escritor de hoy permanece al margen y aparenta no sufrir ese complejo (o ha cambiado la tónica de ese complejo) porque su mirada es cada día sobre como “entristecer” (acentuar) la caída de los valores. Hoy se promueve una literatura sórdida, dentro de la ironía y lo grotesco, interesada fundamentalmente en el valor del cuerpo (claro está, no para satisfacerlo sino para desmitificarlo). Y en esta desmitificación (conocer la expresividad del cuerpo al dedillo, cómo es, por ejemplo, su sexo) aparece la literatura como entretenimiento, como pasatiempo: como cuando las osadías de los gladiadores romanos creaban todo un circo expectante.
La desmitificación literaria a la que arriba esta época está basada en esa irresponsabilidad ante lo esencial de nuestro tiempo. Por tanto, es casi imposible que la literatura pueda llenar los espacios de silencio, la frescura de la existencia humana, atropellando su naturaleza. El propio Sartre tenía la idea de que la literatura era la gloria que debía conquistarse, y el escritor su guerrero, su héroe. Pero hoy el escritor ha perdido contacto con esa gloria literaria y se encuentra, negándola, al margen de toda literatura. Sufre un nuevo complejo, ya anunciado por Vargas Llosa en su literatura como espectáculo, que consiste en permanecer al margen y no comprometerse con nada.
Parece que vivimos tiempos de no comprometimiento literario, y ello obedece a una simple lógica: la vida susurra un nuevo acontecer literario o, en otras palabras, la tradición agota sus posibilidades persuasivas. Ya la vida hoy se nos aparece como un reto en sí misma, desnudo, y no son tan necesarias las argumentaciones tradicionales. Por el contrario, el hombre está exigiendo un mayor grado de conciencia, pero todo parece indicar que la literatura, tal y como se compromete y se margina, no posee las claves para esa compresión. La literatura hasta ahora no ha reducido el viaje de los sueños, sino que los ha aumentado. Comprometimiento o marginalidad, los viajes fuera de sí mismo siguen viajando y viajando. Y creo que eso pudiera muy bien definir qué es la literatura en este nuevo contexto: un viaje fuera de sí mismo para no retornar jamás, un nuevo complejo de inferioridad desde la exigencia de la conciencia misma.
Alejo Carpentier es uno de los más grande escritores de la lengua castellana en el siglo XX. Sus viajes, sus ensoñaciones, son inmensos, interminables, pero no por eso la suya deja de ser una literatura de compromiso y marginal. Con La consagración de la primavera se compromete; con El reino de este mundo se margina. Con la primera pacta con Sartre; con la segunda pacta con Roland Barthes sobre los desarrollos de la escritura cero. Pero ambas están al margen del nuevo contexto que se avecina.
Al margen de esos contextos se recrea un nuevo, quizás por derecho propio. Algunos escritores, como el caso de José Lorenzo Fuentes, están cultivando un tipo de imbricación narrativa entre la física cuántica y la literatura, que bien pudiera acercarnos a ese estado cero de la escritura donde el viajero y el viaje se funden y se confunden. Por eso muy pronto, en los márgenes de la literatura, estaría surgiendo un revés literario: no sería tan importante el texto literario en sí como las resonancias evocativas de una escritura que impulsa hacia lo poético y lo trascendental. Es decir, estaríamos cultivando la excepcionalidad de la literatura al margen de los compromisos y lo marginal.
Comentarios (1)
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2012-08-05 13:17:49 | Manuel Gayol Mecias - Audacia CríticaMuy interesante, en cuanto en verdad el vocablo "interesante" tiene el valor de "acercamiento a algo trascendental". Tengo la sensación de que Angel Rolando está preparando el camino hacia la revisión de todo; un camino por el que hay que transitar desnudo y con la mirada bien larga, una visión extendida hacia el horizonte. Aun cuando pueda discrepar de algunas o unas cuantas de sus apreciaciones, su audacia crítica es estremecedora y explosiva; es lo que le hacía falta desde bastante tiempo a la literatura y a la vida misma. Un abrazo, Manuel
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