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La tabla, una narrativa para la transformación

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Hace una semana aproximadamente, a más de tres años de su presentación, Armando de Armas me obsequió La tabla, su novela, su vida, y en ella escribió: “Para el amigo Ángel Velázquez Callejas, estas páginas del dolor no ya del que siente, sino del que ve”. Yo podía muy bien ajustarme a unos fragmentos de la novela para entender lo que el escritor expresaba en esa dedicatoria, pero mi ansiedad, más que por sentir el dolor por ver lo visto, me llevó página por página a ir comprobando eso que Milán Kundera subraya en el ensayo El telón: que la novela no solo es un género literario sino también de conocimiento, es decir, “lo que la novela puede decir” a través de sus personajes e historias como destino.

Yo también, como todos los que habitamos la época en que se desarrolla la novela, no solo viví el dolor sino que sentí el estremecimiento de una etapa marcada casi totalmente por la magia de la ignorancia. Quizás este sentir provoque náuseas e irreverencia a muchos de sus lectores, y la novela muera en sus primeras páginas. Es de esperar que suceda esta irreverencia insuficiente, porque el lector ha perdido el contacto con el género y el conocimiento y no quiere verse, por ende, derrotado una vez más entre la vida y el destino.

Por eso asumo de entrada, con certeza, que solo un reducido número de lectores pudo leer de principio a fin La tabla. Es una odisea leerla hasta el final, porque es una batalla que se pierde al leer una batalla. Pero resulta que desde lo marginal la novela es literatura outsider. La estructura narrativa, el ritmo, la extensión y el para qué fue escrita, son elementos que obviamente dificultarán la lectura total. Pero en esa dificultad portentosa quizás estriba su esencialidad narrativa. La tabla es una narración deconstructiva por excelencia, y pone entredicho a las demás formas narrativas tradicionales. Por eso no es habitual su lectura.

Dado que la escritura de la novela suplanta el orden narrativo “oficial” al que hemos estado condicionados por siglos por una narrativa desde el “yo marginal”, lo que Colin Wilson quiso patentizar en su ensayo El desplazado --un observador que mira desde afuera su propia observación--, la novela se hace impermeable a la lógica escritural tradicional. No es que ese observador narre solamente lo que se considera “marginal”, lo que está  fuera de los preceptos oficiales de  una sociedad, sino que el narrador mismo es la fuente y la verdad de esa marginalidad narrativa. En la literatura cubana del periodo de la revolución (la literatura negra) nadie ha alcanzado un vislumbre de ese desplazamiento narrativo como el que nos ofrece La tabla para explicarnos la barbarie y la derrota (vida y destino) del cubano durante los últimos cincuenta años.

Nunca estaré del todo de acuerdo con la afirmación de Kundera de que “la vida humana como tal es una derrota”. Todo dependerá de cómo se le viva. Y en verdad, si miramos no en la vida, sino en la vida de los humanos, esta se torna más una derrota que una victoria. Pero la vida en sí misma nunca será una derrota o una victoria. La vida no puede ser dividida en estamentos estancos, en dos ni en tres partes; la vida es tan solo una totalidad abierta que ofrece una  coyuntura, un momento, un espacio para ser vivida, mal o bien, en grande o en pequeño, verdadera o falsamente. Es solo un “espacio en blanco” que se presenta para ser vivido, para constituirse en lienzo abarcador de la prosa del mundo.

Pero lo interesante es que un solo fragmento, una página de la novela, posee en sí mismo la suficiencia sumergida (oculta) de la totalidad narrativa para mostrar de súbito ese dolor, cuyo padecimiento el narrador (el outsider) pondera asumiendo la ambigüedad, el desdén que hay potencialmente en la derrota, ante los amenazantes procedimiento del totalitarismo y la violencia, pero también con la esperanza de algún día “brincar el charco”.

El significado derrotista de lo que es la vida constituye tan solo el traslado de la comprensión humana hacia el extremo opuesto del significado victorioso, del sentido que pudo tener la vida en su momento. Cuando uno lee La tabla, novela que prosa un periodo de la revolución cubana, queda perplejo, aturdido, ante la afirmación de Kundera. Amadis, personaje central del libro de Armando de Armas, rompe los límites y se nos presenta al mismo tiempo tan derrotado como victorioso. Y todo porque parece indicar, más que una compresión, un sentido sobre el periodo del cual trata la novela. La tabla busca en lo esencial, a través de Amadis, asimilar por encima de lo bueno y lo malo, de lo que siempre es malo, cuál es el contenido de la vida, cuál es su desafío y para qué es significativa en medio de esa tragedia que es  la revolución.

Hasta donde alcanzo a ver, La tabla no es una novela para ser comprendida, sino para ser leída simplemente. Tiene un mensaje oculto: que el significado de la vida que escogió Amadis va dejando de tener sentido en la medida que avanza hacia el final del libro. ¿Qué sentido tiene “brincar el charco” para la vida? ¿Qué significado tiene para la vida la “revolución cubana”? ¿Qué distingo posee la “marginación” para la vida? La propia novela va reconociendo, en la medida que avanza, que ninguno de esos significados tiene sentido práctico, creativo; pero paradójicamente, en la forma truculenta en que Amadis vive su vida, muestra un significado, negativo o no, pero que prueba un sentido respecto a eso que se llama vida, a eso que Kundera denomina la vida como derrota. Al final de la lectura de La tabla, se nos advierte de un modo sutil e ingenioso que no seamos tan pretenciosos con la prosa, con eso de darle un significado a todo lo que sucede. Se trata con ello de evitar el auge de la paranoia, de que el totalitarismo está plegado y rebosado de significados.

A lo largo de La tabla nos encontramos a veces con Amadis frente a un revés, a veces ganando una batalla, muchas veces criticando el totalitarismo propagandístico del sistema, pero ninguna de esas cosas son ofrecidas por la vida. Una cosa es “la individualidad frente a la conducta del individuo” (estar consciente de sí mismo, de la vida) y otra “el individuo frente al comportamiento de la colectividad” (conciencia de ser sobre lo que sucede en la vida). Y como toda gran obra literaria, La tabla representa esta segunda cualidad, pero con ciertos matices. El secreto que intento develar de la novela, después de una fatigosa lectura, es muy simple: la vida tal y como se vive en Cuba es un caos y la conclusión de Amadis se va deslizando --tal y como el personaje central de Un mundo feliz de Huxley, John el salvaje— hacia formas de aniquilar los significados pasados, esos que han venido luchando por sobreponerse a las ideas de los hombres.  

La tabla es una novela que cuenta ese desenfado ante la derrota con la esperanza de una victoria. Cuando un ser humano llega al punto de tomar la firme resolución de cambiar, de actuar, de no aceptar más ser sometido y enfrentar cualquier adversidad en un determinado contexto histórico, es porque se han unido tres factores insoslayables: el empeño, el vigor y la valentía. De esa unión surge  la consciencia de la voluntad de poder (el outsider) y, como añadidura, la “esperanza” de que algún día el sueño deseado (salirse de la aceptación) pueda convertirse en realidad. De ahí que surja la metáfora del ideal marginado. Con razón Amadis, el personaje central de la novela, revela por todas partes y en todas partes su “marginalidad caballeresca”, la fuerza ética universal que conspira contra la barbarie, la injusticia y los atropellos de los totalitarismos sobre la condición individual.

La tabla no es una novela de caballería en sí misma, pero su impulso, su poética, su mensaje, están conectados con la esencia de las novelas de caballería. Una vez que ese valor caballeresco (el destino individual de la condición humana) ha sido escamoteado y deriva en manos del poder de las tiranías, las condiciones para que surjan relatos como La tabla están sugeridas. Lo que ha hecho Armando de Armas con esta novela es armarse desde lo marginal  e ir a recuperar ese viejo valor caballeresco para ponerlo en su justo lugar. Por eso quienes lean el libro en su totalidad (de principio a fin) cerrarán un círculo, una historia, un periodo inequívoco: La tabla es una novela de asombro y extrañamiento porque nos sugiere, con fuerza y tenacidad, lo que por ignorancia no pudimos ver durante ese periodo: que nuestro destino como seres individuales ha sido sometido y, lo peor, que hemos aceptado esa sumisión como verdad, como significado, ante el poder del totalitarismo.

Debido a esta aceptación minusválida la novela ejerce una narrativa para la transformación, pues despeja la incógnita de que ese sometimiento es la base de todas nuestras maniobras, e incluso de nuestras protestas y descontentos. En este sentido hemos sido sentenciados a protestar bajos los límites del totalitarismo, de nuestros propios significados.

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