De ello se desprende que sin libertad no hay vida; sin vida no hay destino posible. Pero, entre lo que es la vida y el destino para el hombre contemporáneo, media la sumisión, el miedo a ser destronado de su ego, su memoria y cultura. La cuestión es paradójica, tal como lo ve Reich, pero la dialéctica que se expresa entre vida y destino es que siempre va a existir un límite, una perspectiva posible, una ventana disponible para llegar a ser libre. Esta será una condición de naturaleza y existencia de la que dependerá el hombre, aun cuando no se desee, pues en donde puede abrirse una ventana de par en par él negará que la vida sea una derrota. Él no aceptará la vida como un fracaso intrínseco. Siempre al final de toda andadura por el mundo se presumirá que también el Quijote hubiese encontrado lo mismo, regresado de nuevo al punto de inicio, al lugar donde se esconde la esclavitud condicionada por la naturaleza humana. La vida nunca ha sido una derrota: el que ha sido derrotado es el hombre.
Si se hubiese extendido más (y tómese esta “extensión” como una metáfora del tiempo) el Quijote se hubiese topado con el progenitor de esa derrota: el Estado y su forma totalitaria de manejar el mundo. Un poco más adelante hubiese encontrado, por fuerza lógica, la esclavitud que siempre estuvo velada en medio del espacio oculto entre vida y destino. El Quijote siempre estuvo en perspectiva, en el camino, en el tiempo, en el futuro de ese posible nacimiento que es el condicionamiento “existencial de servidumbre humana”. Pero con mayor claridad esta perspectiva se le puede adjudicar a la obra de un seguidor del propio Quijote, Tom Jones, del célebre escritor inglés Henry Fielding. La obra de Fielding asume al “marco legal” de la Inglaterra de la primera mitad del siglo XVIII como geografía y espacio narrativo. Fielding concibe en las acciones de las instituciones legales el marco ideal para una nueva crítica a la injusticia social. Y las intuiciones legales, el marco de la psicología legal, con sus correspondientes leyes, dieron origen más adelante al Estado moderno.
De modo que ni en los tiempos de la esclavitud (clásica) romana, ni en los de la esclavitud (moderna) de la trata negrera, había existido una descomunal institución (postmoderna) que produjera el nacimiento del “miedo existencial”. Estaba en perspectiva, como lo hemos visto en la obra de Fielding, en la visión y la imaginación humana. El Quijote también lo había intuido. Y más allá de los rasgos materiales, sociales, etnográficos y antropológicos que ya existían durante el apogeo de la esclavitud moderna, la “esclavitud existencial”, el miedo a la vida, no había alcanzado su cenit, el rango de aceptación de las masas y los pueblos, no había calado profundamente en el inconsciente individual y colectivo como una realidad. No había pasado a formar parte de la organicidad intrínseca, vital, del ser humano.
Lo que Kafka deseó expresar a través de su narrativa --El proceso, El castillo…-- no fueron “rasgos propiamente existenciales” de la conducta y la vida humana. Fueron “rasgos sicológicos”, sociológicos, a veces culturales e históricos, de esos que Fielding instituyó en su literatura como ética, de esos que en una mente enferma y desvalorizada se traducen en vida humana, pero sin reconocer el por qué de la desvalorización. Sobre Kafka corría el peligro del miedo, de la pérdida de su identidad, pero no sabía acertadamente a qué se debía. Para Kafka todavía fue un principio básico no perder la esperanza, tal vez por ese mecanismo sicológico y jurídico que le es propio, para revelarse sobre la decadencia moral y ética de su tiempo. Por eso en ese sentido, como ha dicho Gustave Le Bon en Psicología de las multitudes, el hombre siente poder por la rebelión, aunque es reducido al autoconocimiento del miedo, al mismo tiempo que no está seguro de sí mismo y de si puede usar ese poder para liberarse.
Por esa inseguridad sicológica que le es propia al hombre en su relación con la sociedad moderna, sobre todo donde impera el nacionalismo, el poder de la rebelión no pasará de limitarse a lo individual, es decir, no estará en manos de las masas, de lo colectivo. Ayn Rand afirma, a través de uno de los personajes de su novela El manantial, el arquitecto de las nociones interiores, que la individualidad, el ego, la voluntad de poder, son perfectamente una manera de exponer la determinación objetiva, concreta y pragmática sobre el acontecer de la vida. Para ella, lo que funciona en la práctica, vale. Pero, sin embargo, las masas no pueden obtener el éxito esperado a partir de esas determinaciones y asumir el poder de la rebelión, del impulso del ego, como una apertura racional para la libertad. Las masas solo han podido transformarse, o pasar a formar parte del Estado, como lo ha explicado Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, como una mera fuerza de sobrevivencia y adaptación. Las masas van aceptando un modo de cómo sobrevivir en medio de las circunstancias creadas por el Estado y, sobre todo, por aquel Estado deformado en nacionalismo puro y fascismo. El hombre busca sentido para comprenderse en el siglo XX porque el Estado lo ha desvalorizado como entidad individual. Pero esta es una búsqueda errónea.
Será con el “totalitarismo”, con la fuerza pujante del monopolio político e ideológico del Estado sobre las masas, que se abrirá la brecha total de la sobrevivencia como entidad existencial. Antes la sobrevivencia había sido psicológica y cultural. Ahora, con el totalitarismo, servirá de puente, e incluso de instrumento (ideológico-cultural), para asegurar esa existencia relacionada, esmaltada, disimulada, que separará definitivamente, dentro de la realidad social, al hombre de su vida y su muerte, del despertar y su sueño, de la consciencia y su inconsciencia. Freud plantea que es al “yo” al que se intenta esclavizar mediante el terror.
Se trata de una relación esencial, surgida dentro de la imposición totalitaria sobre el individuo a mayor calado, cuya hondura la predetermina el totalitarismo cuando cierra puertas a lo cultural y psicológico. Entonces es posible entender qué cosa es el miedo, la sumisión, la falta de libertad, el carácter existencial que se produce con el ropaje de la sobrevivencia. Y apartarse de esta metafísica para comprender el destino del hombre constituye en esencia el principio básico narrativo –la “existencialidad” de la sumisión-- de una de las más grandes novelas escritas en el siglo XX: Vida y destino de Vasili Grossman (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2007). Para comprender el meollo de esta novela, sirva lo anteriormente expuesto como una introducción.
Totalitarismo y existencia
En medio del desastre que fue el totalitarismo soviético en y después de la Segunda Guerra Mundial, el hombre cree haber alcanzado su plena derrota cuando acepta esta “existencialidad”: el concepto de “esclavitud” y “sumisión” aparecen incorporados a la plena existencia del cuerpo humano y no antes. El “totalitarismo” es la institución social moderna que se revela ante las masas como una aceptación de ese carácter existencial que es la vida, de ese algo que cala verdaderamente por primera vez como hecho, que deviene en los grupos humanos oprimidos considerados “esclavos en el mundo”. Por primera vez en la historia del hombre, con el totalitarismo, la “sumisión” adquiere rasgo de “existencia” propia; algo que se siente además como tensión y angustia, como levedad del ser. Algo que se incorpora a la vida intrínseca del hombre y que, por el momento, no puede separarse así como así. De ahí la “aceptación” de cualquier represión. Con el totalitarismo la represión, el terror, alcanza la raíz misma de la existencia humana. La represión va más allá de lo que puede calar la decadencia de los valores y de su cultura histórica. La represión se convierte en aceptación por antonomasia. ¿Por qué?
La respuesta es un descubrimiento que expone Vasili Grossman a través de la gigantesca novela que es Vida y destino: El hombre contemporáneo, expuesto a cualquier tutelaje del totalitarismo, se ve obligado aceptar un rasgo oculto de la existencia para sobrevivir en cualquier emergencia. Los mecanismos de cualquier poder totalitario, que trabajan fundamentalmente sobre la psiquis humana, habrán de develar empíricamente un “nuevo” rasgo existencial, de vida o muerte. El hombre bajo el totalitarismo deberá asumir la realidad de la sumisión como existencia intrínseca.
El destino que se avecina, ¿será el de la sumisión como única forma de sobrevivencia bajo el totalitarismo y otras formas de oprimir al individuo? Los resultados de Vida y destino apoyan la tesis de mi libro El salto interior: el hombre no tiene que saltar y caer fuera de los presupuestos culturales que usa el totalitarismo para reprimir, sino acabar con la “mente totalitaria”, con el embrujo del “yo totalitario”. Lo que se vuelve totalitario primero no es el Estado, sino el yo/masa cuando asume la sumisión vs la libertad. Y esto procede como mero mecanismo de defensa y sobrevivencia, que le es propio tanto al individuo como a las mentes colectivas. La presencia de la sumisión, a la que se ven expuestos los hombres en los campos de concentración nazis y soviéticos, y que describe Grossman con lujo de detalles durante la guerra, responde a la creencia de que en sus vidas ya no tienen sentido la rebelión, la libertad. Primero se condiciona la mente colectiva a la creencia y luego procede el Estado a revelar la sumisión: sus vidas tienen un límite y hay que salvaguardarlas o perderlas.
Tal y como la vida pierde sentido cuando yace bajo la bota del poder totalitario, la voluntad de la rebelión desaparece también. Por eso la existencia del hombre hoy se debate entre esa contradictoria fuerza que es lo individual y lo colectivo. El hombre cree en todo lo que se dice; el hombre proyecta lo que se le ha dicho. En esta relación brilla la raíz de la sumisión.
La novela
Vida y destino es un prodigio de novela, como muy pocas. La novela debe ser un género literario que vaya más allá de la narrativa en sí, más allá del realismo cotidiano y sicológico de sus personajes; la novela debe exponer los momentos de la existencia de la condición humana. Y en este instante de existencia, de “realidad”, irá más allá de toda esa narrativa banal “existencialista”, mágica y real maravillosa en la que se ha estancado.
Vida y destino es una novela también comparable, por su condición de tema de “existencia”, con obras como la de Robert Musil, El hombre sin atributos, la trilogía Los sonámbulos, de Hermann Broch, y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Pero tanto Musil como Broch –incluyo a García Márquez-- no vieron dentro (al menos no aparece tratado) de la “decadencia de los valores”, y en las “generaciones condenadas”, los antecedentes inmediatos del surgimiento de la sumisión como rasgo existencial. Esta pasó como perspectiva inadvertida. Puede señalarse que, dentro del tema en general, los escritores antes mencionados vieron esa forma de auto-represión como un rasgo psicológico susceptible de ser reparado dentro de la mente y la imaginación. No por casualidad Herman Broch vislumbra la “existencialidad” después de escribir La muerte de Virgilio, y termina su vida estudiando la psicología de las masas. Se da cuenta que el tema central de la novela del siglo XX es la sumisión aceptada como categoría existencial.
Pero Vida y destino implanta una realidad que no puede ser resuelta por la sociedad y la cultura. No habrá humanidad en ello. Habrá que ir más allá de lo humano para eliminar el rasgo de la sumisión, porque no se trata ya de una simple incorporación social y cultural, de un meme, sino de algo que ha salido a flote más allá de la psiquis, desde las células vivientes. Por tanto, no se trata de una incorporación, como habíamos reparado antes. Y el arte de la novela se presta para narrar esos momentos de “existencialidad humana”.
Los detalles de Vida y destino son ricos en épica y relatos de guerra, pero secundarios frente al descubrimiento que hace de la novela un género de conocimiento profundo. El libro ha rasgado el telón, al decir de Milán Kundera. En sus más de mil páginas el hombre puede verse forzado a la rebelión e incluso a escapar de la realidad sembrada por el sistema totalitario, pero en el fondo, en la naturaleza, no es así. La rebelión por la cual se puede estar inconforme ante la esclavitud es también un paso en la naturaleza de la sumisión. Quizás esta apreciación sobre el carácter de la sumisión existencial arroje luz sobre el controversial tema “miedo a ser libre”. Erich Fromm, en su imprescindible libro El miedo a la libertad, calculó que ese miedo se debía a un condicionamiento psicológico.
La naturaleza de la libertad
Primero se es un rebelde, un inconformista, un guerrero, un disidente. Pero el miedo impera. Luego viene la sumisión por derecho. Debe de ser así por naturaleza. Por tanto, en el destino la rebelión no existe como tal, porque a través de ella no se gana libertad; se ganan deseos de libertad, se imagina la libertad, pero no se es la libertad. En cambio, la sumisión, la aceptación, la entrega al hecho de considerarse un esclavo de la realidad, ante la naturaleza de la fuerza, puede franquear la barrera y abrir infinitas posibilidades para ser libre. Solo con estar consciente de que la sumisión, esa que se llama hombre, vive su total manifestación, al punto óptimo existencial, en ebullición constante, abre puertas hacia la libertad del individuo, acaba con el deseo de ser libre: derrumba la metafísica de la libertad. Hasta ahora el hombre ha vivido de esa metafísica. Ha estado explicándose qué cosa es la libertad y cómo alcanzarla. Ha imaginado de muchas maneras la libertad, pero nunca se ha preguntado cómo Ser en sí mismo la libertad.
Se trata de una aceptación existencial, vital, no de una aceptación psicológica y cultural para sobrevivir. En este sentido, ningún acto de sobrevivencia, sea en el orden psicológico o existencial, traerá definitivamente libertad. Pero en este último punto, cuando la sobrevivencia es irremediablemente absoluta y decisiva, de vida o muerte, puede la acción humana transformarse en libertad. Puede producirse un salto; un impulso poético. Pero hasta entonces todo ha de hacerse dentro de los límites de la mente y el ego humano; ha de hacerse dentro de una prisión inducida desde el exterior.
De modo que cuando el impulso llega y va más allá de ambos límites, asoma la libertad. No asoma una palabra, una autogestión, sino la existencia misma de la libertad. Llega la lucidez. Debido a esta última concreción, es que ninguna terapia (logoterapia) puede ser efectiva para lograr definitivamente el significado positivo (real) sobre el sentido de la vida. Frankl ayudó a muchos de los que sobrevivieron a los campos de concentración nazis a recobrar el sentido sobre la vida mediante la autogestión; ellos deseaban morir, pero les hizo creer en la imaginación y les produjo una ayuda temporal. No obstante, no curó de raíz el problema de esa pérdida y falta de sentido. Pasados varios años de haber vivido en aquellos campos de concentración nazi, muchos de los que fueron ayudados psicológicamente experimentando de nuevo el sinsentido de la vida. Estaban presos en la sumisión, en la aceptación de la muerte.
Vida y destino es una novela de tesis y conocimiento. No es solo para sentir placer. No es solo una vida bien contada y no vale únicamente como relato, por los recuerdos narrados, por la historia y el pasado que se describe, sino –y esto es lo más importante y esencial-- por lo que la vida misma de una persona puede experimentar y expresar en momentos de suprema emergencia. El hombre existe, el personaje cobra vida, siempre antes de convertirse en narración. Veamos en este admirable pasaje de Vida y destino cómo Vasili Grossman antepone la existencia humana al objeto narrativo:
“Sofía Osipovna sufría el hambre como todos y soñaba con un trago de agua. Incluso había algo patético y esmirriado en su sueño. Veía una lata de conservas abollada, en cuyo fondo quedaba un poco de líquido tibio. Y se rascaba con pequeños movimientos rápidos y bruscos, como hacen los perros cuando se buscan las pulgas. Ahora creía haber comprendido la diferencia entre vida y existencia. Su vida se había acabado, interrumpido, pero la existencia seguía, se prolongaba. Y aunque aquella existencia era miserable, el pensamiento de una muerte cercana le colmaba el corazón de terror. Comenzó a llover; algunas gotas entraron por la ventanilla enrejada. Sofia Osipovna rompió un ribete de tela del dobladillo de su camisa, se arrimó a la pared del vagón y deslizó la tira por una hendidura. Luego esperó a que el trozo de tela se empapara de agua de lluvia, lo sacó y se puso a masticar la tela fresca y húmeda. También sus vecinos comenzaron a arrancar trozos de tela, y Sofia Osipovna se sintió orgullosa de haber encontrado un medio de capturar la lluvia”.
Ante la inmediatez de la muerte, Osipovna no sabe qué hacer para remediar la existencia de la vida. ¿Qué sentido tiene la vida? No se lo pregunta. Imagina cómo remediar esa levedad, pero se da cuenta rápidamente que no es su realidad sino su sueño, su ilusión. De seguir imaginando y soñando cómo sobrevivir morirá de todos modos. ¿Qué hacer entonces? Es cuando sobreviene la emergencia existencial. Tiene que aceptar a toda costa. Osipovna acepta su realidad y no busca apartarse o alejarse de ella para salvarse. La enfrenta con coraje, sin creencias ni teorías. Mira de frente y es entonces cuando captura la existencia para sobrevivir. Captura la lluvia, la verdad, la existencia de algo real, y deja de jugar con deseos, pensamientos e imaginaciones. En ese acto de plena conciencia, la sumisión o la aceptación cambian el significado y actúan como trampolín, como medio, como impulso, para alcanzar la plena libertad. Ahora Osipovna es libre fuera del contexto de la naturaleza de la fuerza, de lo que la hace miserable; ella se siente contenta y lúcida al ver cómo se expande su estado de conciencia a los demás; ella es libre por primera vez unida a la naturaleza de su existencia misma, junto a la naturaleza de sus compañeros y amigos.
En este instante todo lo social pierde relevancia para Osipovna; el marco legal, las andaduras por el mundo, la pregunta de si la vida tiene sentido o no, la justicia o la injusticia como referentes categoriales; pierde relevancia su identidad como ser nacionalista, su patria. Con esa pérdida, Osipovna existe por primera vez en ella misma. Pero siempre existirá una fuerza que la empuje hacia esa pérdida. Esa fuerza es la sumisión que se revela ante el lobo totalitario que lleva dentro (como bien ha señalado Reich, en el caso cubano se cumple la idea de la gran meta final: el programa ideológico de Fidel Castro estaba en armonía con la media de la estructura ideológica del pueblo cubano.)
Leí en una parte de la novela La Tabla, de Armando de Armas, un pasaje similar, en cuanto a significación, al de Osipovna. Es una metáfora sobre cómo ser libre que vale más que la novela entera, que en gran parte es una metafísica sobre la libertad y sobre esa media ideológica del pueblo inmerso en la sumisión del totalitarismo. Para todos los que han vivido bajo la fuerza del totalitarismo cubano, Amadis, ante todo lo expuesto y contado, creo ver que prefiere que sepamos:
“Amadis se empina un trago, media sonrisa y mira para Luly y la Gata, Luly tiene la blusa abierta y a la Gata chupándole una teta con desespero, como si en el chupar le fuese la vida, no por amor, ni siquiera por erotismo, sino mas bien por impotencia, por un furor contenido desde nadie sabe qué Tiempo, mientras una mano amasa la teta libre y la otra desaparece sobre el mantel…”.
Comentarios (1)
-
2012-09-25 17:21:38 | Manuel Gayol Mecias - Con la vida, la existencia y la muerteUno de los mejores trabajos que he leído últim***nte. Creo que con Callejas estamos asisitiendo al devenir de algo muy nuevo para la literatura y la filosofía cubanas, y a no dudar del ámbito hispano. La vida, la existencia y la muerte están siendo enfocadas de una manera muy punzante, objetiva y novedosa. Aun cuando podamos estar de acuerdo o no con algunos criterios, su forma de decir, de analizar y hurgar en los fondos de toda materia humanística, y más importante aun de toda relación entre el ego y el alma, es admirable: destila inteligencia y hondura, y fundamentalmente otorga una visión tan larga como el mismo horizonte. Callejas es -o mejor los escritos de Callejas- como la utopía del horizonte, al decir si no me equivoco del cineasta latinoamericano Fernando Birri (a pesar de que este último haya tenido una fuerte relación con el totalitarismo cubano): nunca podrás asir el horizonte en tus manos, esos escritos, ideas y conceptos que están en el horizonte; no obstante, el horizonte te hace avanzar -con los textos de Angel Rolando- hacia una dimensión mayor del universo. He ah la utopía. En resumen, llego a la terrible y bella conclusión de que la visión de Callejas es imprescindible: terrible y tajante por lo desgarradora, por su intención de veracidad; y bella porque descubre lo consustancial de la literatura (incluyo, poesía, filosofía, psicología, sociología, metafísica, entre muchas disciplinas) con la vida, con la existencia y con la muerte. Gracias, amigo, por todo lo que me haces aprender, saludos, Manuel
Powered by Compojoom comment 4.1.7 stable
| < Anterior | Siguiente > |
|---|



