Casi un cuadro completo de ese mundo social es obtenido por esos estudios, pero falta el alma, la mítica de la Revolución. José Martí la llamó, a falta de enunciado mejor, el “alma cubana”; en su estricto dominio territorial, cultural y geográfico, la denominó el “alma bayamesa”, un elemento de unión.
Es decir, nadie hasta ahora se ha asomado o se ha detenido a observar la conciencia del mundo mítico en los orígenes de la Revolución del 68; ya que no se ve este mundo, ya que yace oculto, ya que es un mundo emocional extendido en el mundo material, a la historiografía no le importa. Y sin embargo, ese mundo subyacente desvela una base potente, un sentido de la vida, un elemento de unión de todos esos aspectos de la estructura social y económica que forman el conjunto de la percepción historiográfica y sociológica.
¿En qué consiste entonces la mítica en el origen de la Revolución del 68? En una unión invisible, en un estado de conciencia imaginativa peculiar, en una voluntad del tiempo sobre los sujetos en la que se da una tónica, un misterio y un evocativo proceso, bajo una muy compleja estructura del tiempo diacrónico. Un languidecer del tiempo sobre las cosas y los pensamientos, aun cuando estos puedan ser rápidos y emergentes.
El universo de una región como aquella en la que se origina la Guerra del 68 cuenta más con una mítica, con un misterio inconcluso, que con una teoría relativa a los hechos. Las relaciones sociales de la región del Cauto (Manzanillo, Bayamo, Holguín, Tunas…) no constituyen una contradicción para sí y en sí misma, sino en la medida en que la contradicción se crea en el momento en que el sujeto cree y asume al tiempo como absoluto, como que viene de su mitología (la mitología taina y siboney, por poner un caso). Los rituales del desencanto vienen dados por el factor mítico, por el poder de la magia y el oscurantismo. Es una región que respira al máximo su pasado mítico. Su tiempo nunca está en el presente, sino permeado y sometido por el pasado más lejano. De ahí que se produzca un discurso que abre a la expresión una distancia: la expresión poética siboneyista, el espiritismo del Cordón, son expresiones anticoloniales. No es la crisis económica, la influencia masónica de la independencia el motor esencial y básico del origen del 10 de Octubre; hay una fuerza mayor, un empuje abarcador: lo que cuenta es la mítica, el sentido de un universo patriarcal en que todas las relaciones sociales confluyen. Un tiempo inerte sobre la expectativa de un mundo que necesita ser cambiado a causa de una pérdida.
Si, por ejemplo, se estudian las fuentes originales de esa época (protocolos notariales, antiguas anotaciones de hipotecas, actas de cabildo) en la perspectiva en que se fueron produciendo, estamos ante un universo contractual-jurídico dominado por lo mítico, por el tiempo retrotraído a un mundo desconocido, pero creído como identidad. Un elemento donde importa más el inconsciente humano, no la conciencia de lo contractual. De ahí que las relaciones de todo tipo aparezcan en forma de amistades, de familiaridades, sin que las separe la estricta relación mercantil. Carlos Manuel de Céspedes podía hipotecar sus propiedades una y mil veces, pero eso no constituía un problema económico. El problema básico en esa coyuntura histórica era la ruptura que se producía en la unión mítica, familiar y patriarcal de las relaciones. Y eso, en extensión, fue lo que sucedió. La Revolución del 68 es una contienda para restituir esa mítica de la relación patriarcal.
Las leyendas y mitos que después del 68 se manifiestan claramente como identidad cultural vienen de esas ocultas relaciones en el mundo subjetivo de los hombres del 68. La recurrencia temporal es mítica, lenta y no contiene un sentido de futuro. Los hechos ocurren veloces, cambiantes, pero el alma se manifiesta lenta, pausada, sin ningún embrollo. Todo se sumerge en esa idea patriarcal y casi familiar, en la que descuella un jefe de familia. Las ideas revolucionarias las puede traer un jefe, pero no tienen otra opción que sedimentarse lentamente en el tejido social. Quizás esto explique la presencia de un patriarca, de un tiempo inamovible, en la subjetividad de un Fidel Castro.
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