“En el único lugar que no acecha la sombra de José Mourinho es en Barcelona (…) Su sombra está al acecho en todas partes, en el resto del mundo, sobre algunos de los mejores entrenadores del mundo”, ha lamentado el entrenador del Chelsea, André Villas-Boas, discípulo y compatriota del portugués y de dudosa continuidad en Londres, donde estuvo el propio Mourinho esta semana. Ahora ambos se han vuelto enemigos íntimos.
Es un misterio el secreto de la efectividad del actual entrenador del Madrid, sobre todo para quienes no lo han tratado personalmente. Hay indicios, señales de humo que deja aquí y allá y tras los cuales el investigador perspicaz puede seguir la pista del secreto, pero igual se trata de una cuestión de sensibilidades. Y el secreto de Mourinho consiste en que, aun dueño de un orgullo formidable, sabe salirse del Personaje, de la pose, de la esclavitud del ego, por muy paradójico que parezca. Es flexible. No carece de inteligencia emocional. Puede entrar y salir del Personaje --ser derribado por el ego o entregarse como un niño al vuelo de las emociones-- sin solución de continuidad. Y esta última capacidad, la de entregarse, la de fluir, es la que establece la conexión decisiva con sus jugadores, y consigue que aren en el mar.
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