Fuego: Hay gente que hace interminables “medias” en las esquinas de las Carretas de Miami, y encima fuman como diablos.
Debo confesar que nunca antes se me había ocurrido escribir sobre La Carreta. Ni siquiera cuando un locuaz camarero nos preguntó si éramos pinareños para enseguida, como un rayo, hacernos la historia de la famosa concretera. Según él, el punto no es que los pinareños dejaran la concretera dentro del cine, sino que para sacarla tuvieran que derribar una pared. No se percataron que el artefacto cabía por una de las puertas. “¡Somos habaneros!”, le aseguré (y también que los pinareños, que no son bobos, seguramente habían hecho aquello a propósito).
La Carreta es también un regreso a Cuba, una vuelta a las carencias y abundancias de lo criollo más tradicional. Injustamente relegada en la mediática cultural del exilio por el restaurante Versailles, cualquiera de sus franquicias constituye un clásico de lo culinario folclórico. En La Carreta –en las Carretas— suele trabajar gente que acaba de llegar de Cuba, o lleva a Cuba en los huesos, como un fardo de plomo. Entonces vas allí y vuelves a los tiempos de la Isla, emparedado entre el absurdo y la comedia, una promiscuidad cerril y los sabores más exuberantes. Para no olvidar que aún existe aquel país, donde faltaban, y sobraban, tantas cosas. Para que a nadie se le ocurra llevarse la fosforera.
Comentarios (4)
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2012-07-07 09:21:44 | Ernesto G.Es cierto lo que dices. Ir a la Carreta o cualquier otro restaurante criollo es como viajar a la isla, o por lo menos a esa que vivimos. Muy buena crónica.
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2012-07-07 11:48:23 | Manuel Gayol Mecías - Pa' La CarretaLa próxima vez que vaya a Miami, voy a ir a La Carreta, y te invito, amigo, para que escribas otra buena crónica del placer con que que la vamos a pasar, comiendo comida naturalmente cubana. Un abrazo y felicitaciones por tu buena crónica, Manuel
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2012-07-07 12:02:23 | Armando AñelGracias Maestro, sirven un Jarrete muy bueno. Lastimosamente el Lacón, del que nos llevamos el hueso para las judías la vez pasada en el Versailles, sólo lo sirven los domingos. Lo cual trae ligeramente a colación la maldita circunstancia del racionamiento “por todas partes”.
Un abrazo
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