¿Pero qué relación puede haber entre la demanda contra Travolta y las maquinaciones de Rihanna?, intentó establecer Kinney. Mas ella, Lady Gaga, no tenía paz consigo misma. Saltó en el aire pegando sablazos a trocha y mocha, una flecha esgrimista lanzándose a fondo en tajos amplios y pendulares, como una sierra hidráulica chirriando sobre sus goznes. Desde que la revista Time incurriera en el incalificable error de incluir a la barbadense entre las 100 personalidades más influyentes de mundo en 2012, ignorándola nada menos que a ella, la voz de “Bad Romance”, nada había vuelto a ser lo que era. Y ahora la jugada de los masajistas, furiosamente bisexuales, explicaba colateralmente las laberínticas declaraciones de Rihanna en Twitter (pensaba Gaga): “Belleza es grande, sumisa es mucho mejor. Puta quien es sumisa y también capitán del barco. Honesta #notieneprecio #casateconmigo”.
Antes “Saturday Night Fever” y ahora “Saturday Night Live”. La conexión era evidente y el mensaje subliminal se caía de la mata. Y si Travolta andaba desarmado resultaba justificable: a fin de cuentas sus tiempos de gloria eran ya agua pasada. En cambio el peligro la acechaba más que nunca a ella, Lady Gaga, y la embestida de los masajistas sobre el actor constituía, sin duda, una burda maniobra de despiste. La Mother Monster pegó un último sablazo transversal, cortando en dos un melón amarillo que su asistente había depositado en bandeja de plata junto a Taylor Kinney, a un costado de su cama, y sonrió enigmáticamente. Esta vez Rihanna no iba a salirse con la suya.
Tomado de la novela inédita “Las aventuras de Lady Gaga”
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