El rito sobre el descanso había tomado cierto pudor. Aquellos que habían decidido acercarse a la orilla del Cauto y dejar sembrada allí la memoria ilustrada de Fernandino de Alba, nunca más volverían a hacerlo. El tiempo no reconocería ninguna conexión entre aquel primer grupo y el que cincuenta años después intentaba recobrar la memoria ilustrada. Ilustrada ahora sobre un cambio, porque ya no satisfacía la curiosidad para decir “adiós al sueño”, sino para confirmar la idea de que el fin justifica los medios, de que era necesario decir “a Dios el sueño”.
Nadie podía sustraerse, dejar de entender, desprenderse del ritual por el cual varias generaciones habían luchado, habían perdido el sueño. Fue entonces cuando todo comenzó a tomar forma de continuidad; Fernandino lo había dicho a gritos en tiempos de guerra: “Cuando ya no estemos aquí todo será mentira, engaño para mantener vivas esas esperanzas sobre lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos”. Ya entonces algo estaba claro, algo dejaba de ser mágico y, porque se despejaba en la urdimbre cristalina del Cauto, algo estaba por nacer nuevamente. Tres vacas, dos caballos, una punta de hierro eran las únicas cosas viables, sugeridas allí, para emprender lo que sería en lo adelante el “rito del descanso”.El primer grupo que se asentó en aquella ribera nada tenía que ver con el pasado. Entre traficantes y recién llegados, un pequeño núcleo de personas se veía por allí. Rogelio siempre bien temprano --de rutina--, todos los días antes de iniciar la faena, iba allí al menos un cuarto de hora, y se regocijaba. “Por inercia –contaba Rogelio a su pequeño--, siempre temprano en la mañana voy allí”. Pero Rogelio solo podía señalar entonces, con uno de sus dedos, hacia el horizonte, hacia el cielo, hacia no se sabe dónde, el lugar por el cual era atraído todos los días del mundo. Nadie estaba preparado, aun Rogelio, para recomenzar el tiempo recorrido, el tiempo perdido. Se labraba a punta de siembra y esa área, perezosa por demás, había alcanzado algo de la totalidad: más de tres vacas, dos caballos, una punta de maíz, un potrero espacioso se extendían hasta lindar con el Cauto. Ya el Cauto estaba allí; lo que no estaba todavía era la memoria y el tiempo. Todo debía ser reconstruido una vez más. Todo debía de ser nuevamente un ritual, para siempre. Entre lo que es y la memoria de lo que será habría de tomar partido, humanidad. Un pequeño grupo que se fue perdiendo dentro de la urdimbre de la relación entre la memoria y la geografía, entre el espacio y la historia.
Pero estas no eran las condiciones establecidas por Fernandino antes desaparecer. Todo era muy incierto en aquellos días iniciales y no había mejor manera para restablecer la vida que restableciendo el “ritual del descanso”. El descanso atribuible ahora a la pesadez del tiempo y la arrogancia de la memoria. Y Rogelio lo sentía; por eso, entre otras razones, siempre se sentía atraído a volver allí. Era una equivalencia que lo abrumaba, porque el lugar no era un lugar objetivamente. En ello cuajaba la desdicha, pero el descanso era primordial. Así fue como todo un pueblo, formado en la reticencia del tiempo, pudo restablecer a lo largo de los siglos sus formas de suspensión (ya no a lo vivido, sino a lo que es historia).
Todo debía de tener un espacio para el descanso. A Rogelio le gustaba irse hacienda adentro pero allí, en los límites donde lindaba su entorno con el Cauto, se producía una unión. Por primera vez Rogelio vio llover flores sobre el Cauto.
Fragmento de una novela en preparación
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M. Cristina