Por entonces el “ritual sobre el descanso” había cambiado de lugar, se había aproximado un poco a la naturaleza construida, por lo que ya el Cauto había pasado a formar parte de los límites de El Descanso. Las flores habían marchado por la indetenible voluptuosidad del cauce, pero un camino desbrozado, debido a las andanzas diarias de aquellos pocos transeúntes, se abría para expandirse fuera del lugar del origen, del límite del descanso. Hubo alguien (quizá más de uno) que acudió tierra adentro tras la desesperación del descanso. No era para sorprenderse, porque Fernandino lo había predicho en una de sus anunciaciones: presten atención –dijo--, porque “cuando no estemos ya más aquí, nada podrá ser inadvertido, natural, mas ya todo será nombrado”.
Así fue como El Descanso apareció imaginado en nombre y espacio. Rogelio intuía que algo faltaba, que algo imposibilitaba verdaderamente palpar el sentido de toda aquella confusa realidad. Unos cuantos enseres se habían agregado a aquellos límites, pero algo más sobrepasaba el espacio, lo desbordaba con amplitud, sin que se supiera qué era. Por eso el “ritual” tomó a partir de entonces cierta cualidad intrínseca, al posesionarse en el mismo centro imaginario de aquel reducto de marañón. Las plantas, los frutos, los animales, el hombre mismo, el espacio mismo, se convertían en el mejor de los sobornos, de los más ilustrativos, para acceder al ritual. El descanso era ya todo un enorme ritual no para la vida, sino para lograr el descanso.
La primera contienda, el primer gran engaño, diría Fernandino en uno de sus momentos de lucidez, lo reconocía Rogelio. Le molestaba estar desconectado y arrojado allí como aquel que no necesita las cosas; se sentía fascinado por la curiosidad, por saber qué lugar ocupaba en medio de algunas cosas. Rogelio no vaciló en exclamar desde el principio: “Yo también soy otra cosa; El Descanso es una gran cosa que abarca todas esas pequeñas cosas”. Entre cosas, nombres y espacios, la imagen de Rogelio sobre el descanso atrajo todo cuanto fue útil a sus fines. En El Descanso se incluía, según Rogelio, la ansiedad por el descanso.
Fernandino debía estar parado sobre la pesadumbre del lenguaje cuando Rogelio dejaba el lugar momentáneamente. Al otro día a Fernandino no le quedaba más remedio que recorrer palmo a palmo la arbitrariedad del límite, de las cosas, de la imagen y el ritual. Pero nada encontró en descanso. Era un mundo que le esperaba, una calabaza llena de pajas. Un mundo compartido entre la renuncia y el descanso. Debido a esto, los límites de aquel entorno comenzaron a ensancharse precipitadamente, porque en el horizonte un ramillete de flores cabalgaba sin el menor descuido. Rogelio testimonió el hecho, asombrados todos por su veracidad, cuando en uno de los folios protocolares de su albacea apareció al margen y debajo de la hoja todo sobre el crecimiento, el límite y las cosas. No sobre lo que le molestaba, sino a lo que aspiraba. Ya el “ritual” era un hecho consumado: El Descanso constitucionalizado. Nunca Fernandino aspiró a tanto.
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