Los que han estudiado la muerte de José Martí en Dos Ríos la han visto como un acto simbólico de “sacrifico” y “virtud” para con la patria. Otros han ido más lejos y la comparan con el mismo sacrificio de Jesús en la cruz, cuando citan, a través del testimonio de Manuel Piedra, lo que Martí dijo unas horas antes de su caída: “por Cuba estoy dispuesto a que me claven en la cruz”.
Para Toledo Sande, por otro lado, “su gesto fue la perpetuación de una carga que no cesa, y una prueba de que en seres como él no es verdad la muerte”.
¿Qué sucedió el 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos? La muerte de José Martí. Lo permite saber el conocimiento, la memoria y el pasado. Hoy, a 116 años de aquel suceso, volvemos al mismo punto, al que llegamos con respecto a la muerte del general Flor Crombet. La muerte de José Martí es apreciación de quienes lo ven caer y no de la certeza de cómo se sufre y se vive. En realidad, quien debía contarla ha muerto. De modo que la muerte tiene existencia fuera del muerto. Resulta una realidad que a los ojos de quien la vive es falsa.
Martí no acudió a la muerte para demostrar, a través de ésta, el valor y la importancia de la ética del sacrificio. Tampoco se entregó para compartir las mismas adversidades de Jesús en la cruz. Acudió a la vida, a un instante más de vivir allí y, en ese momento, cayó. Lo que sucedió en ese momento fue que lo mataron.
De hecho, Martí venía muriendo desde que vio, por primera vez, la luz del sol. La escena de Dos Ríos culmina el proceso, que comenzó con el nacimiento y terminó con su muerte. Dos extremos, pero que pertenecen a un mismo proceso: la muerte.
Partiendo de estas consideraciones se puede descifrar otro significado, el oculto en cuanto a la caída de Martí en Dos Ríos. A saber: el genio enfrenta el peligro de la muerte no por el hecho de estar en plena correspondencia con el deber heroico, tampoco con el objetivo de ser recordado, mucho menos para que su pensamiento fluyese hacia el futuro y ni siquiera para que su destino fuese recompensado por el pasado en la memoria de su pueblo. Al enfrentar el sacrificio de morir en combate, Martí simboliza algo de importancia transcendental que todo cubano, en ese entonces, no había interiorizado de modo especular: era la destrucción del pasado, la vida anterior y la estructura de la mente colectiva. La muerte para Martí es “una victoria, y cuando se ha vivido bien el féretro se convierte en un carro de triunfo”. “Toda muerte es principio de una nueva vida”.
La muerte de José Martí simboliza también el nacimiento de una conciencia nacional espiritual, no nacionalista del patriotismo, nacida con Céspedes y Agramonte cuando se lanzaron por la independencia de Cuba. La muerte aquí fluye hacia el nacimiento del individuo y la libertad. Nace entonces a través de ella un individuo que puede manipular su yo. Nace con la muerte el amor. Dice el Maestro: “Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe, empieza entonces, con el morir, la vida”.
En esencia, con la muerte de Martí culmina el pensamiento nacionalista y nace la consciencia cubana, la idea de la libertad individual. Sin embargo, esta consciencia fue rechazada por las divergencias políticas, ideológicas y militaristas dentro y fuera del campo de batalla. Un largo trecho de más de tres siglos recorridos de preparación: los reformistas (Nicolás de Rivera, Arango y Parreño, José Antonio Saco), los anexionistas (Narciso López, Gaspar Betancourt Cisneros), los independentistas ( Varela, Luz y Caballero, Carlos Manuel de Céspedes, Agramonte, Maceo, Gómez), los autonomistas (Partido que aglutinaba al conservadurismo pro-español) y los constitucionalistas (la sacarocracia criolla y los comerciantes reformistas y evolucionistas).
Con la fundación del Partido Revolucionario se creaban las bases para el nacimiento de la consciencia cubana.
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