Pero el problema mayor para entender la Historia ha sido de índole de fuente. ¿Qué fuentes concretas pueden dar sentido y comprobación a la otra parte de la Historia, la que oculta el iceberg? Aquí radica uno de los enigmas más complejos del conocimiento teórico y especulativo. El hombre ha dado por sentado que el “lado oculto de la Historia” no existe; al no poseer una prueba empírica y científica, objetiva, de sus hechos, ha dejado de creer en su existencia. En la historia de un hombre, por ejemplo, subrayamos la memoria, los hechos que forman las impresiones, que se perciben tanto por el sentir como por el pensar. ¿Pero qué decir de aquellos hechos sembrados en el inconsciente?
Los historiadores regularmente han ceñido sus investigaciones a partir de fuentes concretas de la Historia, de la concreción del fenómeno empírico a estudiar. La prueba material, la documentación, la tradición oral, entres otras fuentes constatables, forman el andamiaje de apoyo para reconstruir el pasado, para rescatar lo que sucedió entre ambos puntos límites de la estructura social humana, que forma una parte de la Historia. ¿Pero de qué se dispone para aquello que ha estado oculto, sumergido en el misterio y que obra de tal manera en la vida de los hombres? E incluso en los estudios de la historia de las mentalidades el sujeto está frente al reducto de las fuentes documentales y materiales históricas, no hay nada más. ¿Qué sabemos del inconsciente colectivo?
A Carlos Gustavo Jung, el célebre psicólogo al que se le acredita el descubrimiento del inconsciente colectivo, se debe una palabra estimable: sincronización. Esta da entender que los procesos psicológicos se dan en paralelo, conectados de un modo sutil pero sin ningún vínculo aparentemente causal. Hace apenas una década el físico David Bohm introdujo en la ciencia el término del orden implicado, que actúa por debajo, oculto, del orden desplegado. Se demuestra en esa investigación de Bohm que existe una fuerza, una corriente oculta a nuestros sentidos perceptivos, que conecta al mundo; el todo está implicado. Una planta, un animal, una roca, un afluente, la naturaleza entera, animal, vegetal, humana, está conectada por medio de vínculos invisibles. En ello estriba el sentido que le daba Emerson a la palabra Naturaleza.
Este mundo de implicación no revelada por el sujeto histórico, por el estado de no atención, posee muchas dificultades para expresarse y manifestarse, pero es de suma importancia para entender el proceso total de la Historia. A sabiendas yace oculto, trabajando, dando orden al desorden. Hasta el presente, el método estructuralista de reconstrucción social, sea de la escuela de Annales, la marxista, la antropológica o la social deconstruccionista, han trabajado con el orden desplegado; han hecho ver que el mundo a la vista está compuesto de fragmentos cuyos pedazos sociales e históricos deben ser completados mediante la investigación estructural; es decir, se trataría de ir buscando la otra parte de los fragmentos que componen la totalidad y armar el rompecabezas en tiempo y espacio del mundo desplegado.
Sin embargo, el mundo implicado atestigua que en un objeto cualquiera –y en este caso la investigación del neurofísico Karl Pribam sobre el modelo holográfico del mundo es esencial--, sea social, cultural o histórico, sus componentes estarán aparentemente implicados en un orden de relación; allí donde el estructuralismo ve fragmentos, en un orden más profundo, fuera del alcance de la percepción fenomenológica, las implicaciones del orden permiten ver una totalidad.
Martí revela en un momento dado de su obra, y para ello la lectura del Prólogo al “Poema del Niágara” es esencial, que si no se trasciende al yo cognoscente no habrá nada más parecido que la obtención de un servicio muerto, sin fuerza vital, que permita recobrar el alma de las cosas, y lo denomina “espíritu gallardo”. Ese espíritu que le da vida a las cosas, que se encuentra en un orden más profundo en los objetos manifestables, es la totalidad implicada. Nunca en un documento, en una huella material, ni en la tradición oral, hallaremos a ese orden implicado manifestándose abiertamente, ese del que habla David Bohm y que Martí llama espíritu gallardo. Pero ese orden implicado da sentido inevitablemente a la Historia que nos proponemos desvelar.
Es importante que nos detengamos en este punto de las implicaciones porque de ello depende el entendimiento de todo lo que vendrá después, de lo que para nosotros hay de implicación en la historia profunda de cualquier geografía del mundo. Un documento, una huella material e incluso lo que nos llega del pasado por vía oral, es algo evidentemente muerto. No encierra un conocimiento espiritual vivo y existencial. A esta implicación la llamo el sentido espiritual que sostiene la manifestación en el orden sociocultural y religioso, desde la más pequeña unidad, el individuo, pasando por una familia, una comunidad, una comarca, hasta la nación como idea abstracta.
Si no existiera, por ejemplo, una huella histórica material, ¿quién entonces trasmitiría ese conocimiento espiritual que sostiene al fenómeno durante la Historia? Entramos aquí en el terreno del misterio, penetrando en la otra parte de la Historia, la que trasciende el punto límite en que nos encontramos, sujetados abajo y arriba como estructura de conocimiento. Evidentemente, muchos sucesos quedan sin explicación. Para ellos la Historia y sus investigaciones no poseen ninguna respuesta.
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Pienso que al final, la Historia es una narrativa temporal. No existe, a mi juicio, una Historia independiente del sujeto que la formula. Es subjetividad desde la intención; otro mapa para entender la realidad (como la Ciencia o el Arte).
Por eso es circular, por eso se reescribe; no a nombre de la constatación, del nuevo dato que hace posible otra interpretación, sino a pesar de esta; porque la reinterpretación es la función misma de la Historia.
Creo que a este contexto de conocimiento para reinterpretar se refería Jung cuando hablaba de los arquetipos universales: básicamente a los elementos comunes que en una cultura, pasando por su lengua, hacen posible descifrar este "mapa de la realidad. Pero, sin dudas, el mapa no es la geografía; por eso se reescribe.
El entendimiento de la Historia como una proyección circular, con Borges, no apunta al pasado sino al fututo.
Un gustazo leerte, hermano.