¿Es que el observador, el que narra, es el alma, que de alguna manera le da la posibilidad al ego de que se encuentre con ella? ¿Es que el encuentro transcurre, en medio de la madrugada, en la segunda gran etapa, onírica, del sueño, donde el surrealismo está asentado como un borboteo de imágenes, reproduciendo el caos de otros mundos, de otras dimensiones?
En este momento es cuando uno si acaso puede percatarse de que el desdoblamiento cesó y sólo sientes la locura. Te conviertes en un sentimiento, en un fluido de energía que vuelve a subir a la tercera etapa, que es Omega, al sentido paradisiaco de algo inexplicable. Es como una restauración de la mejor condición, divina, del ser humano; es como el reencuentro con una fuerza que ya no es oscuridad, sino luz: poder, libido, sensualidad, reconocimiento del mundo y del universo... Pero esta etapa termina, es sólo un atisbo, vislumbre de que hay algo más dentro de uno, algo divino, algo crucial que está en el origen mismo de todo, de nuestro particular Big Bang.
Entonces viene la cuarta etapa donde el ego empieza a reconocerse en otra acción, en otro sueño: es el regreso del viaje, dormido, a la Imago, en el que de lo poético vuelves a pasar a lo narrativo, a la prosa y hasta al prosaismo (incluso, de lo erótico a lo pornográfico); te contaminas con experiencias concretas que has vivido y que, de alguna manera inconsciente, te marcaron. Es una mezcla de acciones diferentes (quizás diversas historias que se hacen una: turbulenta, riesgosa, sensual y sensible), y despiertas. Pero ha sido tan intenso y confuso el viaje que no aciertas en el recuerdo, no puedes hilar todo lo que soñaste. Sólo te queda la sensación de algo horrible o divino...
Y la mayor parte de las veces, no puedes saber que pasó en realidad, quién fue el que viajó, si fuiste tú o algo o alguien que está más allá de ti.
Comentario en respuesta al texto ¿Quién soy yo?, de Ángel Velázquez Callejas
| < Anterior | Siguiente > |
|---|


