Llegar a ser doctor no es una realidad auténtica. Esa “realidad” no es una realidad de la conciencia objetiva, porque esta manera de ver el mundo no cuenta para los hechos de la fenomenología ordinaria. Y el hombre hasta ahora ha sido un ser ordinario, puramente fenomenológico.
En el sentido al que nos vamos a referir, la realidad constituye un fenómeno espiritual dentro de los parámetros de la Existencia, de los espacios abiertos, infinitos y libres, desde los cuales se puede dar fe sobre ello. El hombre ante la llegada al mundo como una fenomenología, como una máquina, permanece “dormido”, inconsciente. Hoy cualquier hombre puede llegar a ser doctor, pero mañana piensa en ser ministro y pasado mañana imagina que puede llegar a ser presidente del país, pero el mañana será el cambio de la mente, el concepto que construye la imagen de la seguridad de desear otra cosa más en escala ascendente. Soren Kierkegaard asevera que debido a este “cambio fenomenológico de la vida”, del tiempo experimentado como “mañana”, el hombre llega a sentir el origen de la angustia existencial, de la levedad y el sufrimiento vital. Soñar, pensar, imaginar, es sufrir. Y el hombre siempre está desando ser otra cosa por encima de lo que es realmente.
El hombre imagina hasta lo imposible, rara vez se pregunta “quién soy yo”. Por eso, según la clasificación de Kierkegaard, es “temblor absoluto”, siente la desesperación; por eso un gigante intelectual como Lezama Lima imagina incluso hasta el paraíso para salvarse de esa angustia. El paraíso (Paradiso) es un soñar, un deseo del sueño.
Ahora bien, lo que no puede ser otra cosa (lo eterno) ni hoy ni mañana ni nunca, es la realidad del Ser. Es más, decir “la realidad del Ser” es una tautología. Ser y realidad son la misma cosa, una entidad sin sueño. Por tanto, realidad del Ser es un término que equivale a no soñar y a no desear más. Y sin embargo, hay deseo de esa realidad del Ser. Ya dijimos que Paradiso, la novela de Lezama Lima, clasifica dentro de esta dimensión de los sueños. Lo que prueba que el hombre, aun cuando su inteligencia imaginativa sea voraz, se halla en una trampa, en el callejón sin salida de la lógica de la mente. Incluso el hombre sueña con lo que no es un sueño. Sueña con la muerte. La muerte nunca sucede, ni el mañana, ni el pasado mañana… la muerte sucede ¡ahora! ¿Y cómo soñar con el “ahora”? De ahí la confusión sobre cómo se desenvuelve el proceso del soñar.
Al soñar la muerte, al imaginarla como algo fantástico, como se muestra en la gran obra de Heidegger Ser y tiempo, el hombre llega a creer –no sabe-- por analogía haber alcanzado cierto conocimiento sobre la realidad, pero no toma en cuenta que es sobre el otro, no sobre sí mismo. Lo cual de cierta forma acaba dándole objetividad “al miedo a la muerte”, que equivale a decir “al miedo a realidad”. Esta experiencia muestra claramente que entre el “soñar” y la “realidad” está el miedo, que constituye la fuerza mediadora y disociadora del saber. Todas las filosofías, géneros literarios, religiones, ideologías, constituyen analogías sobre el miedo. En la medida que el miedo va desapareciendo de la percepción sensitiva del hombre, el soñar y la realidad se aproximan, y en un instante sin tiempo se funden. Por ejemplo, la ideología comunista es sobre el miedo, sobre la esperanza, sobre un delicado proceso del soñar. Por eso aparece con mayor claridad el temblor en las sociedades de ideología comunista, de ideología paternalista.
No existe mayor proceso del soñar que el paternalismo. Pertenece a la dimensión de la hipnosis. Una fuerza paternal inducida en el subconsciente del hombre, lo cual lo ha condenado a la esclavitud. El hombre, debido a esta hipnosis, pide a gritos ser asistido, mantenido y, por qué no, manipulado. Tal situación paternalista, que termina en una profunda angustia y el fracaso de la existencia, recaerá siempre en el otro, en el Estado, en el Padre, en el patriarca, en Dios, meno en él; recaerá en quien haya depositado la responsabilidad. Esta situación de paternalismo es una categoría fenomenológica del miedo a dejar de soñar, a dejar de esperar. En el momento en que la mente desea incluso al Ser (mi realidad), al espíritu santo, el sueño ya no es un sueño verdadero, sino un fracaso sobre lo que trata de entenderse, acerca de cuál es el verdadero sentido de la vida.
¿Espera o suicidio? Virgilio Piñera escribió una obra teatral tremenda, Aire frío, la cual refleja esa “gran espera” ante el inaudito sentido del suicidio, una manera absurda de cómo se vivía en la Cuba pre-revolucionaria, pero que nos alcanza en nuestros días. La espera es la categoría esencial del sueño en Cuba.
Cuando el hombre deja de soñar, de desear, de imaginar, cuestión casi improbable, entonces por primera vez se topa con la Realidad, se quita la máscara. Para decirlo de algún modo, la realidad se percibe como un fenómeno de la no-mente, porque la máscara es la mente del ego y al retirar todas estas cosas queda aquello que está más allá del deseo del ego, del proceso de soñar. Pero para llegar a saber sobre esta “realidad”, sobre el no soñar, el hombre debe conocer y recorrer por sí mismo todas la dimensiones de los sueños. Debe despertar a todas esas dimensiones. De hacerlo comprenderá todo lo que arriba se ha especulado.
¿Cuáles son esas dimensiones? Para conocerlas hay que primero inquirir: ¿Para qué sirve soñar? ¿Cuándo un sueño se vuelve realidad? ¿Existen sueños reales? Las preguntas son significativas siempre y cuando nos coloquen, nos impulsen, en el camino de la búsqueda espiritual. El soñar sucede como un impulso, como una señal. Por eso el soñar la realidad constituye un mensaje simbólico de la poesía en actos, es el origen de la poética del impulso. La poética del espacio y la ensoñación, tal y como se conocen en los tratados de Gastón Bachelard, constituyen formas fenomenológicas de soñar la irrealidad. Solo un poeta en actos puede darse el lujo de soñar la realidad.
De hecho, afirmar que existe una cantidad determinada de dimensiones de sueños es una perogrullada. Sueño no solo significa soñar, dormir, sino también imaginar, pensar, abstraerse del mundo. El sueño en general es una amplia categoría que proviene de la proyección de la mente, de la capacidad de mentalizar y racionalizar la vida, pero también tiene substratos sutiles sedimentados en otros lugares más allá de la mente. El soñar puede provenir de la estructura del cuerpo físico y biológico. Esta es una dimensión. Puede provenir de lo que constituye la estructura emocional del cuerpo humano; esa es otra dimensión. Puede el hombre soñar desde las estructuras de los pensamientos (mentalidad, subjetividad) y puede hacerlo también a partir de la psiquis. La hipnosis, que es una inducción del sueño como hemos visto más arriba, es un soñar desde la psiquis. Y así el hombre sueña en varios planos, desde su constitución física y lo sutil.
En este sentido, existe una muy aguda confusión respecto a los sueños. Creemos que los sueños son solo producto de la mente, pero no. Incluso hay “sueños” (porque no existe otro término que el soñar) de la no-mente, del mundo espiritual.
Hay dos grandes dimensiones del soñar que el hombre conoce muy bien: el sexo y el poder. Estos constituyen la estructura misma de toda la sociedad. A través del cuerpo físico y biológico el hombre provoca sueños sexuales, y por vía de la subjetividad, de la imaginación, crea la dimensión del poder. Pero todavía existen otras dimensiones del sueño con las que el hombre no ha tenido contacto objetivamente.
Como el hombre contemporáneo cree en el sexo y el dinero, todos sus sueños se limitan a estas dimensiones. Por eso la literatura está preñada de ellas, de estas voluntades que naufragan en la angustia existencial. Para los que estudian literatura, ciencia y religión, conocer el desarrollo de las diferentes dimensiones de los sueños es de una utilidad tremenda, insoslayable. Los sueños en el plano de la mente, de la psiquis, son tan irreales como los del cuerpo biológico. Siente y piensa en el plano de la mente, del ego, pero no piensa que son irrealidades soñadas. Hay un ritmo trascendental del sueño, dimensiones desconocidas, pero es inútil por ahora hablar de ellos. Solo diré que de experimentarse un acto de detención del proceso de soñar, habremos saltado a la realidad, a la dimensión de la libertad.
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