Todas las sociedades se mueven al son de unas relaciones de poder que se entrecruzan y fluyen de abajo hacia arriba, de manera que resulta muy difícil sacar en claro cuál es la tendencia constante, y la predominante. A falta de una mirada profunda, ante el ojo humano el poder del Estado constituye una abstracción. El Estado no existe a no ser como creación mental. Así es como surgen por añadidura los conceptos de nación y nacionalismo. Debido a que el hombre no puede captar la constante, la regularidad oculta del proceso de la relación de los distintos poderes, solo le queda ver lo que no es. Y eso que no es existe sin embargo en la semántica, en el significado de las palabras interesadas, en la mente colectiva, no en el individuo.
Según se desprende de la propuesta gnoseológica de Alfred Korzybski, fundador de la Semántica General en Science and sanity: an introduction to non-aristotelian systems and general semantics, “nación” y “nacionalismo” son productos semánticos que no significan nada frente a lo que ocurre en los niveles del silencio, en los procesos no verbales. Y el individuo no es un ente semántico. Está oculto en esas millonésimas relaciones de poder, desde el más bajo al más alto estrato de la sociedad. La semántica es solo un recurso para llegar a lo esencial, a lo individual, a la conciencia no verbal. El propio Foucault en Las palabras y las cosas hace hincapié en la semántica porque de ella depende el proceso de lo que conocemos como historia, del devenir de las palabras. La historia en un juego semántico, como el positivismo, es una observación a través de las cosas y los hechos dentro de un discurso determinado.
¿Qué posibilita establecer un discurso determinado? Reducir la voluntad de poder del individuo a la acción del verbo, a la semántica, a un discurso colectivo que no trasciende lo social. Cuando hablamos de discurso, por ejemplo, del metarrelato sobre la nación o el nacionalismo de cualquier país, estamos estableciendo la semántica sobre el Estado que proviene de un proceso no verbal oculto. Estamos entregando la conciencia, el acto individual, al poder gubernamental. Por eso es tan atractivo para el sociólogo y el historiador trabajar con la semántica, con el discurso, porque a través de ellos el individuo se ha hecho adicto a lo que no es. Y toda la historia del nacionalismo es la historia del absurdo poder de la semántica.
El hombre piensa en algo y reconoce en ello un objeto determinado; lo define con un concepto y lo hace mediante su capacidad de abstracción. Refleja en ese algo lo que no es. Abstracción quiere decir separar la conciencia del proceso de la realidad. De modo que “nación” no es lo que se quiere ver con la nación; “nacionalismo” no es lo que se quiere distinguir con el nacionalismo. La semántica, el significado verbal, nos engañan. De ahí que el hombre sienta aversión por el Estado, por su poder, porque en el fondo está sustituyendo la existencia misma del poder individual. El hombre toma estos significados como un concepto, pero no los siente como realidad. Y, sin embargo, el concepto sigue predominando.
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