Guasabito Miranda siempre ha sido mi ecobio, en Cuba criábamos palomas y gallinas para surtir a todos los santeros del barrio. Nunca me dio la mala en los negocios y en el momento que decidí pirarme me llevó en su almendrón hasta el Mariel, le estoy agradecido por eso y por otras cuestiones que harían largo este cuento.
El problema es que ahora Guasabito Miranda, cincuentón y aburrido, se ha empatado con Cliteria Fresnillo, intelectual de izquierdas, ferviente radio escucha del programa de Edmundo García. A Guasabito nunca le había interesado la política y yo me temo que tan rápido cambio se debe a la profesora Fresnillo, su nueva compañera.



La Habana un crucero. Los cruceros son atractivos barcos cuya finalidad consiste en ofrecer viajes que tienen la mágica virtud de infundir en sus pasajeros sensaciones paradisíacas.
Dice que es demasiado maricona para leer poesía, y que 30 años casada con un ruso, poeta imitador de Pushkin, la han incapacitado. “Hace un tiempo quise revelarme y leerle algo diferente; tomé Tres tristes tigres, pero su lenguaje me recordó cuando este hijo de la gran soviet --lo dice mirando, sin expresar amor, al viejo sentado sobre la silla de ruedas--, este machito de lengua inmetible, su pendejera debajo del brazo y su aliento a Vodka, llegó por Bayamo. Yo era entonces una adolescente que me preparaba para vivir en cualquier otro mundo, y este rubio de barba picada debió parecerme un rebelde que en vez de la Sierra Maestra venía de alguna galaxia
No bien el ruido del teléfono me despertó, lo primero que me vino a la mente fue una soga capaz de soportar todo el peso de mi cuerpo. Vi la hora, serían pasadas las cinco, pero no entendí, así de pronto, el tiempo.
De este hombre no se sabe mucho pero te puedo decir la verdad sobre él. Era transparente como un hueco. Y todo lo que vaciaras sobre él ya no estaba. No estaba para contar nada. Eso me dijo Menelao, un viejo residente del pueblo que había escuchado de sus andanzas por allí.
Érase que los amantes fogosos, en pos de placer de hijares y escapes de humores en continente, con luz de luna y andar rumboso encaminabanse a la casa de desfogue amoroso de la comarca, famosa por sus esforzados lechos, aguas fluyentes y magro candil. Molidos de tanto mal transporte público, faena compulsada a voluntariedades y poco numerario y condumio, ilusionaban de pasar las nocturnales aunque fuere un poco mejor, dando mucha linga y roce a sus partes pudendas.
Cuando Mauricio Samsa despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso escritor publicado. Estaba tumbado sobre su espalda sudada, extrañamente pegajosa y, al levantar un poco la quijada, descubrió una incipiente barba en forma de arco, cuyo perfil le recordaba indefectiblemente la de aquel poeta petulante, insoportablemente creído, que en el pasado le hiciera la vida un yogurt. Sí, era aquel tipo, Troloberto el Indignante, ridículamente de vuelta en medio de la noche como una aparición imposible, desdoblándose en él, volviéndose –horriblemente, implacablemente— él.
—¿Estarías dispuesto a que te cortaran los güevos por nuestro comandante?
Muy bonito y gracioso. Era un perrito chihuahua que había extraviado su casa. Llevaba más de un año de vagabundo, con aspecto desacostumbrado, pero se le veía contento, alegre. Tan dichoso que su cara reflejaba la evidencia de que se había olvidado de sus dueños. Siquiera los recordaba por los exóticos baños y peinados que una vez recibiera.
Me levanto temprano. Son las cinco de la mañana. Voy al baño. En la demora, mi mujer entra al cuarto de estudio y me sirve una taza de café. Me siento frente al escritorio y tomo sus manos. Le beso la frente. Le miro a los ojos. ¡Lágrimas! No entiendo nada. Pincho el “Start” de la computadora. A mi lado, un voluminoso libro que ayer finalicé de leer. Lo aparto. Estiro la mano y agarro otro en el librero. Lo abro al medio y en la página 253 leo: “El hombre y sus relatos”.
En los predios del departamento ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Carlos Aldana, en su condición de jefe menor, había convocado a todos los miembros a una reunión de parte del Gran Jefe. Robertico Robaina, el canciller interino, que había regresado hacía un par de días de un viaje a Naciones Unidas, fue preguntado.
La miel corría entre sus dedos: la mirada inquietante y avispada, con el brillo fulgurando llamas de oro. ¿Cuánto tiempo esperar? A Osmiel de Alboreada y Arismendi le pasaba lo que tanto había anhelado, el lujo del renacimiento una vez más inyectando sus venas, a la vista un colorido paisaje humano, delicias enfrentándolo al delirio de la posesión. Hacía casi una década que no se veía a Osmiel tan resplandeciente, tan lleno de vida. Largo tiempo llevaba escamoteando su vida, fingiendo ser uno de esos relojes raros que absurdamente se complacen en mover sus manecillas en sentido contrario:
¡Excelente! ¡Genial! ¡Fantástico! ¡Exquisito!... exclamaron todos, casi al mismo tiempo, frente al sabroso trago de Pinilla, en medio de un quórum donde la corte hacía reverencia a su majestad. Alguien tocaba una guitarra y ponía cantos, otros escuchaban en silencio y su majestad deleitaba a todos con su verbo. La corte bajo el humo del encantamiento, pero el pinilleo, la sabrosura del alcohol, los envolvía a todos. De no mediar el pinilleo, la corte y su majestad no serían corte ni majestad. Era una atmósfera alucinante, encubridora. Y esos momentos, esos espacios de arrebato, eran para nunca olvidarse. Insuflaban vida.
Mis colegas arqueólogos y yo estamos perplejos ante las últimas pesquisas realizadas en el estrato que corresponde a la época más enigmática de la historia de la humanidad, el llamado siglo XXI. Los objetos que pertenecen a una época siempre han servido para describir el modo de vida de los moradores de una región en un momento dado. Se sabe hoy en día que la humanidad atravesó periodos muy variados en los cuales tiempos de oscurantismo y de poca creatividad fueron seguidos por otros más fecundos en todos los ámbitos del arte y de las ciencias.
Recuerdo perfectamente aquel año en que los canales de televisión, los brujos, los gurús del new age y los periódicos vaticinaban el fin del mundo. De repente, el tiempo pareció más fugaz y cada ser humano se preocupó por hacer lo que siempre había querido antes de precipitarse hacia la meta ineluctable. Algunos prefirieron la muerte a la angustia. Otros se volcaron a la contemplación y la autoinspección. Otros se dedicaron a vivir, a gozar o a consumir alcohol y drogas. Pero nadie sabía cómo sería el fin del mundo.
Como decía a menudo mi padre, "el que juega por necesidad pierde por obligación". Hace mucho tiempo que hubiéramos debido darnos cuenta de que nuestra sociedad estaba infiltrada por el vicio del juego a pesar de que ya no existían los establecimientos especializados que en alguna época remota se llamaban casinos y a los cuales la gente acudía alucinada por el espejismo del dinero fácil, ni tampoco la fatídica lotería. El juego sin embargo estaba de nuevo presente en todas las facetas de la vida cotidiana, llegando a nosotros por caminos insospechados.
Como todo habitante de la gran ciudad tengo que adaptar mi empleo del tiempo a los caprichos de la administración pública y también de las empresas de servicios públicos. No he podido escapar a ninguno y he terminado por comprender por qué mis compatriotas lo dejan todo para el último momento. No es nada agradable ir a sacar la cédula de identidad, la licencia de manejar o pagar los impuestos. Todos estos trámites que en otros países más desarrollados están optimizados para reducir la pérdida de tiempo y el consecuente gasto para la nación en horas de trabajo perdidas, en nuestro país pareciera que adrede se han diseñado para ser complicados y tortuosos.
Hugo Chávez suplicó con lágrimas en los ojos, en 2002, que lo enviaran a Cuba. En su interior, donde no se puede ver, no es tan macho como parece en la televisión. Ahora, con la parca tocándole al oído una flauta andina, suplica con lágrimas en los ojos a Dios que no se lo lleve, pero no pide en la iglesia o privadamente, como hacen los cristianos, sino en la tribuna.
Tras el fracaso del Plan A, enfocado en la fundación de la primera sucursal de la Unión de Escritores de Cuba en el exilio, el Agente Torofijo había caído en desgracia. No sólo era ya motivo de burla en los conciliábulos de los más recalcitrantes y verticales narradores de Cumberland, sino incluso entre los bardos indecisos, cuya dependencia provincial y/o pasado puntoCON facilitara sus intrigas. Hasta el poetante de la flecha de oro, vergüenza mayúscula, se daba el lujo de dedicarle poemetas, como si no bastara el rechazo general con que su presencia era recibida en los salones de Playa Hedónica.
Aún le quedaban residuos de aquel talento juvenil. Encorvado y decrépito a sus 39 años, se le había ocurrido la idea sentado en la acera de la calle Tejadillo, en una de sus “atseis”, que era como llamaba a los cortos períodos de tiempo en que despertaba del letargo obligado por la ley: "El que no come, huelga".
El diario acontecer de la República de Venecia me hace rememorar futuros recuerdos; tal vez sea otra manifestación de los misterios que encierra la mecánica cuántica, que discretamente teje nuestra realidad y hace que el camino de regreso parezca más corto que el de ida, que algunas veces tengamos la impresión de ya haber vivido el momento presente o de ya haber visto algún lugar nuevo para nosotros. En el caso de Venecia, tal vez sea la repetición de los hechos y situaciones lo que haga fácil esta conexión cuántica.
