A la breve vida sexual de Lady Gaga también podemos acceder a través de la imaginación. Porque, de hecho, no es demasiado difícil concebir las motivaciones y contextos que la hicieron romper, y volver, con “el hombre de su vida”, el baterista Luc Carl, y romper y volver, y romper y volver, y romper definitivamente.
Una imagen vale más que mil palabras, ciertamente, pero a falta de imágenes, palabras, palabras. Oscurece y Luc se asoma a la ventana. Cae la noche sobre Nueva York. “Judas”, le dice Gaga.―¿Judas? ―Luc se vuelve hacia ella extrañado― ¿Judas?
―Escribí la canción pensando en ti ―suelta Gaga.
―No te creo ni una palabra.
―Pues créeme…
―Ni una palabra… Y Judas es tan mal parecido…
Lady Gaga sonríe y ataca de nuevo:
―Pues está inspirado en ti. En tus traiciones. En tus ridículas aventuras con esa chica… ¿cómo se llama?
―No recuerdo cómo se llama ―responde irónicamente Luc. Un Luc en calzoncillos que contempla la luna sobre Nueva York, ardiente y muy alta en el cielo.
―Se llama Alex. Alex Stebbins ―subraya ella.
―No me digas…
Luc se desliza en la cama, como una lancha rápida en pos del embarcadero que es Gaga, quien lo recibe con los brazos abiertos. Ella le pide que le toque “la batería”. “Tuc, Tuc”, dice. “¡Tócamela, Luc!”.
Él tamborilea sobre los glúteos de ella, todavía firmes y pronunciados. La carne de Gaga, bronceada por el sol, no se asemeja en nada a la carne de su famoso vestido, y él sabe apreciar esta circunstancia. Soba sus nalgas, su espalda y proyecta su cuerpo sobre el de ella. Tiene una erección. Arroja el calzoncillo. La luna brilla por la ventana. Gaga abre ligeramente las piernas cuando el pene de Luc es ya una baqueta golpeando sus labios entreabiertos. Labios mayores y menores. Ella abre la boca:
―Eres el baterista de mi vida ―le dice.
Él se mueve ahora acompasadamente, friccionando sobre las partes íntimas de ella, y enseguida, con un movimiento compulsivo, intenta introducirle el miembro enhiesto. A todo dar contra el pubis rasurado y ligeramente esquivo en la habitación en penumbras. Pero Gaga se deshace de su abrazo.
―Eres el baterista de mi vida… ―repite― ¡Se me ocurre un tema que hará época!
―Olvídate de eso ahora… ―reacciona Luc un tanto molesto.
―¡Ya no serás más Judas! ―se agita ella― ¡Ya vas a pasar a la historia como Luc Carl!
―Por Dios Stefani…
―¡Luc Carl, el baterista de mis noches de amor!
―¡Diablos! ―la erección de él comienza a ceder― ¡Estoy esperando pasar a tu vagina al menos, amorcito!
Pero Lady Gaga no lo escucha. Se sienta frente al enorme piano de cola que preside la habitación y sus dedos atacan ya las teclas. Al principio tenuemente. Luego afirmándose a medida que el estribillo principal de “la canción de Luc” estremece su imaginación.
“Eso eres, pura imaginación”, dice él sin levantarse de la cama. “De carne era tu vestido”.
La luna brilla y la pareja se separa.
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