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José Luis Borja: Arroz con frijoles y sombra de bistec

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La fábrica de nubes no cesa de emitir espesas columnas de humo. Son tantos los escándalos y los problemas que agobian a nuestra República que los especialistas en desinformación no se dan abasto. Algunos temas deben obligadamente pasar por debajo del tapete. Es necesario esconder lo que es tan obviamente real, como la terrible crisis energética que afecta al Véneto desde algún tiempo ya. En vez de gastar nuestros maravedíes en resolver el problema, el gobierno del caudillo ha optado por el racionamiento, mientras ha resuelto el problema en Cerdeña y en San Marino con nuevas plantas de generación.

Detrás de esta aparente ineficiencia se esconde una estrategia muy bien pensada. El racionamiento es la herramienta ideal para someter a un pueblo. Nos estamos acostumbrando a que la luz se vaya con una frecuencia cada vez mayor. Nuestras vetustas plantas eléctricas no pueden funcionar a plena capacidad ya que no se les ha dado el adecuado mantenimiento y siempre hay algo que se rompe o explota. Hemos regresado a la época de las velas. El hombre es un animal de costumbres. Pronto los venecianos dejarán de protestar y preguntar por qué la luz vacila en visitar a la Serenísima.

En lo que se refiere a la comida ocurre algo similar. El Duce se ha encargado de expropiar las tierras más fértiles y las haciendas ganaderas más prósperas. Ahora son terrenos baldíos que no producen nada. Sin embargo, vemos al Duce entregándole a los agricultores tractores y maquinarias nuevas que después del espectáculo son devueltos para ser entregados a otros campesinos en el próximo programa del caudillo. Las vacas que vemos pastando o deambulando detrás del líder de la revolución en realidad son alquiladas porque la mayoría del ganado pasó a mejor vida. La producción  agrícola ya es insuficiente para el sustento de la población y el gobierno debe realizar importaciones masivas de carne y hortalizas que favorecen a los aliados del Duce en San Marino y Sicilia. Aún cuando tengamos dinero para comprar nuestros alimentos, no podemos decidir qué vamos a comer. Algún día tendremos la misma dieta que el viejo tirano implantó en Cerdeña: arroz con frijoles y sombra de bistec.

El Duce también se ha esforzado en destrozar a la industria privada dificultándole la compra de insumos y materia prima, complicando el acceso a los ducados del execrado Imperio, expropiando las empresas y negocios más prósperos esgrimiendo el falaz argumento de la seguridad del estado.  Ahora reina el desempleo a pesar de que los negocios con Lusitania están floreciendo y los jugosos contratos de obras de ingeniería civil son otorgados a dedo a empresas lusitanas, mientras los ingenieros venecianos tienen que buscar trabajo de meseros.

Para paliar esta situación, el Duce, cual gran benefactor, distribuye becas para no estudiar y pensiones para no trabajar. Poco a poco nos tendrá a todos comiendo en su mano. Pronto llegarán las libretas de racionamiento. Los asesores sardos son muy expertos en ese rubro. Conocen las raciones exactas que se deben suministrar para que la población se mantenga viva pero no demasiado fuerte como para protestar o tratar de derrocar al régimen. El quehacer nacional en Cerdeña consiste en buscar la comida diaria, matar el tiempo participando en largas colas y en los ratos libres construir en secreto una balsa para algún día afrontar el mar y tratar de llegar al litoral del Imperio.  El tiempo en Cerdeña ya está muerto, de tanta gente que lo ha apuñalado en medio siglo de tiranía. El Duce pretende que ocurra lo mismo en Venecia, si su tiempo no se acaba primero.

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