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Adiós al sueño

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Habría de ser un siglo, a un lado de la ribera del río Cauto, cuando  y donde Fernandino de Alba se adjudicó para siempre el descanso. Desde entonces, nadie más hubo de ver en su rostro la infame desgracia del tormento. Tenía treinta y dos años cuando aquel día lluvioso, de paisaje inerte, el Cauto estuvo más transparente que nunca. Silencio, silencio, aturdido, desorientado, cuando una voz todopoderosa le susurró al oído: “Pare señor, deje de correr; ha llevado mucho tiempo en esa desenfrenada carrera y ha llegado el momento de detenerse; ha llegado la hora de morir”.

Fernandino, despistado por completo, a la deriva, no entendió lo que sucedía, pero en la medida que el silencio se estacionaba y hacía presencia en su quehacer inmediato, las cosas comenzaron a correr por su mismo cause. Un poderoso imán atraía el amor al mundo. Y Fernandino se ahuyentaba minimizándose bajo la estela de la soledad. Nunca más volvió a ser el mismo. Más nunca volvió a soñar.

Los días se hicieron interminables para que Fernandino entrara en razón. Su padre, desde aquel día, había divisado en su presencia la inutilidad de la vida, el desasosiego. O el mundo a merced de la relatividad de los otros, o el mundo entregado al absoluto de Fernandino. Fue cuando por vez primera aquellos guajiros cautenses vieron un inmenso huracán de flores llover  sobre la cabeza de Fernandino. Las flores llovieron y la existencia lloró. Pero hubo de esperar largo tiempo, años quizás, para que el trabajo de la tierra y la crianza del ganado resultaran en una mirada, en una imagen por la cual las cosas marcharían sin interés. Había de cuajar una guerra sin ningún aditamento temporal. Y Fernandino había trazado la medida, el mapa, de cuánto imaginario se necesitaba para operar desinteresadamente. Pero el tiempo cayó y todo aquel luminoso Cauto menguó.

Había tres familias que siempre iban a la orilla del Cauto a ritualizar la espera, porque Fernandino llegó a arraigar una leyenda, mágica, sobre la permanencia o no del tiempo. Fernandino había cultivado el tiempo fuera del tiempo, en aquel descanso que lo llevó a cuajar algún porvenir. Todos allí se reunían apropósito de haber llegado al momento de la espera, de ese tiempo, de esa mirada fugaz,  para apropiarse un pedazo del descanso. Ya para entonces todo era una leyenda, un mito para sostener la vida, para dar un sentido de identidad y para cultivar la tierra y criar el ganado bajo ese encanto. Hubo quien por esos tiempos hizo de Fernandino un anzuelo, un cebo, para garrapatear un trozo de esa medida. El olor y la brisa  del descanso hubieron de quedar entre las manos de aquellos guajiros. El amor del mundo esfumado, escamoteado, a la espera de un tiempo en descanso. Así fue como Fernandino exclamó un instante antes de morir: ¡Adiós los sueños!

Fragmento de una novela en preparación

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