Osmiel había faltado al honor en contra de su voluntad y no le importaba un carajo por qué destripar el ridículo y amanecer en la elocuencia de la excelsitud. Su melodiosa voz, unida a la habitual maña que como Hércules braseaba con fuerza mayor, coloreaba el paisaje sin sacar nada de nada, como cuando un pescador lanza la tarraya al mar inútilmente. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que el paisaje no era paisaje sino las delicias encumbradas de su propia sombra, de su propio asombro, de su propia angustia que lo impregnaba de delirio, a veces de acoso, cantinfladas a las mil maravillas. Osmiel había tenido que ceder y traspasar el límite de su honor. Se había presentado en ese lugar con una nueva y bella indumentaria por la que nadie podía reconocerlo, tan amenudeado, frágil y elocuente parecía.
Como él mismo contaba, en aquel ambiente respiraba la delicia, pero más delicioso fue el poder inyectar su llama de oro en los músculos de una ninfa y complacer un viejo hábito que lo calcinaba por dentro. Décadas enteras Osmiel había dedicado a un encuentro que ya se hacía impostergable. Había reunido la esperanza en un corredor de bolsa, en un apasionado carpintero, en el marchante de obras de arte, en un fabulo editor, en un arqueólogo de navíos, en un alquimista sustrayendo lingotes de oro, y ahora, por donde menos lo esperaba, alcanzaba la plenitud: había dictaminado un certamen. Pero la belleza de todo lo experimentado hasta entonces lo sorprendió, porque en sus manos la miel había desaparecido, dejando la huella de la excelsitud. Así fue como se levantó de pronto de su cama, aturdido, desesperado, buscando en sus manos cómo encontrar la forma resplandeciente, el deseo nuevamente, de seguir soñando.
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