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Muerte y resurrección de Harold Camping

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Harold Camping ha muerto, anunciaba yo en el pasado. Es decir, me refería a que había muerto su credibilidad. Uno hubiera esperado que Family Radio, su negocio, se viniera abajo como un castillo de naipes tras la profecía fallida del fin del mundo el 21 de mayo. ¿Cómo puede sostenerse algo que apela a la fe de las personas y demuestra, en dos ocasiones distintas, que no puede tenérsele fe?

Y sin embargo, a pesar de que las arcas del falso profeta han bajado de nivel, el negocio sigue ahí. La gente sigue participando. En un país repleto de iglesias, como Estados Unidos; repleto de predicadores --evangelistas, mormones, pentecostales, católicos, adventistas, etcétera, etcétera--, ¿qué necesidad hay de aferrarse al guía o al ministerio que han demostrado su incapacidad?

Es que cuando hablamos de Camping no hablamos de Camping: Hablamos de lo inconmensurable y lo sobrenatural, de lo morboso. Hablamos de nuestros miedos e inseguridades, que nos empujan a la desesperación de la dependencia. 21 de octubre. El sufrimiento nos acompaña y pretendemos que alguien o algo nos eleven por encima de ese sufrimiento para contemplar, desde lo alto, el sufrimiento ajeno como una pócima. Y justificar así nuestro vacío interior.

Harold Camping es una justificación. De eso hablamos cuando hablamos de él, cuando sigue siendo noticia: nos justificamos a nosotros mismos. Justificación de una vida inútil prendida de lo alto, a la espera de una señal que nunca llega, que nunca llegará porque está en nosotros y no la podemos ver. Sólo quien se ha liberado está en condiciones de verse por dentro.

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