Es verdad que estas deficiencias son minuciosamente abonadas por el totalitarismo vigente, pero de lo que se trata aquí es de ir a la raíz del asunto (a los antecedentes, a la semilla). Como estableciera la ya célebre frase del general dominicano Máximo Gómez, el cubano o no llega o se pasa. Precisamente, en lo referido a la autocrítica de fondo que desde hace décadas precisa Cuba para revitalizarse y/o renovarse, el cubano no acaba de llegar.
En un sentido sociológico, el castrismo es el altoparlante a través del cual se ha expresado lo peor de la cubanidad. Lo peor pero también lo más estridente: ese nacionalismo histriónico, despistado, pretencioso como pocos, que durante más de un siglo ha sido incapaz de fraguar la nación y/o civilizar el país en cualquiera de sus variantes --ya sea como aliado u opositor de Estados Unidos--, y que asombrosamente continúa dándose golpes de pecho. Cuando en 1959 la revista Bohemia publicaba en gran tirada la imagen de un Fidel Castro al que comparaba con Cristo, no retrataba más que los delirios de grandeza de un pueblo entre cuyos principales lastres figuran el engreimiento y la altisonancia. Además de otros déficits no menos influyentes.
Incluso la tradicional dependencia económica cubana constituye un resultado de algunas de las deficiencias culturales anteriormente relacionadas. De ahí que la visión martiana de una nación económica y políticamente independiente no cuajara tras el fin de la ocupación estadounidense. Según Jaime Suchlicki en “Breve historia de Cuba”, otro de los factores que contribuiría a abotonar el corsé de la dependencia económica fue el de “la vieja actitud española que favorecía el trabajo intelectual sobre el manual. Muchos cubanos, particularmente los pertenecientes a las clases altas, extendieron un estigma social sobre el comercio y los negocios y dejaron estos esfuerzos en manos de grupos de inmigrantes, especialmente españoles, chinos y judíos”. Ojo: hace ya más de cien años que “el cubano se las sabe todas”.
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Un saludo.
E M