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De Oswaldo Payá y el Proyecto Varela

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Hace cerca de diez años Oswaldo Payá se disponía a viajar a Estrasburgo para recoger su Premio Sajarov cuando fue amenazado de muerte en Cuba. El castrismo recurrió  a una forma de presión particularmente estrambótica, pegando en las afueras de la vivienda del opositor pancartas en las que las amenazas corrían a nombre de Alfa 66. Claro que semejante autoría, en un país en el que los órganos de la Seguridad del Estado controlan hasta el color de la lencería disidente, no se la tragaba ni el gato.

El episodio mostró la particular ansiedad con que el régimen de los hermanos Castro observaba el Proyecto Varela, probablemente la iniciativa de más calado en la historia de la oposición pacífica al totalitarismo. Inteligente como pocos, y sustentado en la tenacidad de cientos de voluntariosos activistas, el proyecto logró colarse por los intersticios de la “legalidad” castrista, dándole la vuelta a la tortilla de su Constitución.

En respuesta, el régimen movilizó en bloque a cientos de miles de cubanos durante un número indeterminado de días, con las consecuentes pérdidas para una economía al borde del colapso, tachó de “irrevocable” al socialismo y apeló a mecanismos de distracción y envilecimiento para trasladar hacia afuera un problema de adentro (algo conceptualmente grotesco habida cuenta del nacionalismo –artificial– del que siempre se ha servido el castrismo), identificando a la iniciativa con una maniobra “imperial”. Más tarde recurrió a la dilación, porque según el propio Fidel Castro “la Asamblea Nacional [organismo absolutamente dependiente del poder central, como todo en Cuba] es una institución seria, y me imagino que esté dando todos los pasos pertinentes porque todo eso va a comisiones, como en Estados Unidos”. Pasos que todavía los miles de firmantes del Proyecto Varela –las rúbricas que lo avalaban fueron entregadas en junio de 2002 a las instituciones pertinentes– están esperando.

La Primavera Negra de 2003 (asesinato de tres jóvenes negros que escapaban por mar y encarcelamiento de 75 disidentes) fue en buena medida una respuesta al Proyecto Varela. Con éste, cada vez se diluían más las fronteras que separaban a los núcleos duros disidentes, que arriesgaban su condición ciudadana, de la nación en su conjunto. Aguijoneados ante la dimensión alcanzada por una iniciativa que minaba los cimientos del régimen —algunos continuaron, y continúan, echándole miradas ideológicas cuando, más que un fin en sí mismo, constituía una herramienta de transición—, ciertos sectores de la oposición pacífica, opuestos o al margen del movimiento encabezado por Payá, se habían “puesto las pilas”. Ellos también tenían algo que decir. La situación comenzaba a írsele de las manos al castrismo, sobrecogido por la madurez de una disidencia que no daba ni pedía tregua.

La muerte de Oswaldo Payá, provocada o no, viene a recordarnos a todos, particularmente a los opositores dentro de Cuba,  que enfrentar pacíficamente al totalitarismo puede costar la vida. Ya el vehículo del líder del Movimiento Cristiano Liberación había sido volcado en La Habana, a principios de este mes, en otro supuesto accidente de tránsito. Porque no se trata de lo que gana o no el castrismo con la muerte puntual de Payá, como ingenuamente ha argumentado algún que otro periodista rosa, sino de la supervivencia del poder a través del terror generalizado. Tal vez no se pretendía matarlo, sino atemorizarlos a él y a sus acompañantes. Raúl Castro, no lo olvidemos, es tan chacalista y delincuente como su hermano, solo que menos ruidoso.

El Proyecto Varela

El Proyecto Varela buscaba aprobar un proyecto de ley a favor de reformas políticas y mayores libertades individuales en la Isla. Se basaba, o basa, en el artículo 88 (g) de la Constitución de 1976, que permitía a los ciudadanos proponer leyes si más de 10,000 electores registrados presentaban sus firmas a favor de la propuesta.

El hecho de que en 2002 Payá presentara personalmente 11,020 firmas ante la llamada “Asamblea Nacional del Poder Popular”, y en 2004 otras 14,000, constituyó una demostración inédita de la oposición pacífica y una prueba de su contacto e interacción con el pueblo, con el ciudadano de a pie. En esas miles de firmas recogidas radica la trascendencia del Proyecto Varela y el temor que inspiró a los hermanos Castro, al punto de obligarlos a movilizar al régimen y alterar su propia Constitución.

Comentarios (2)
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Comentario:
  • Esperanza E Serrano  - Gracias por este artíc**o
    Añel
    Muy bueno y muy esclarecedor es este artic**o que acabo de leer.Te enlazo con el post que publiqué con las declaraciones de la viuda de O Payá sobre las versiones que está emitiendo Elizardo Sanchez sobre el accidente.
    Un abrazo
    Espe
  • Armando Añel
    Gracias a ti, muy esclarecedor tu post en Anhelos y Esperanzas! Un abrazo
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