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Cuba, el falso orden institucional

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“Orden institucional”. A cada rato veo por ahí la frase hecha. “Pretendían subvertir el orden institucional que se ha dado Cuba”. “Decididos a atentar contra el orden institucional de nuestra sociedad socialista”. Un verdadero circo.

Vamos a ponerle adjetivos al “orden institucional” porque, en honor a la verdad, ¿merecen ser llamadas instituciones las diversas oficinas de la policía política castrista a lo largo y ancho de la pobre isla de Cuba? El “orden institucional” no es más que una indecente dictadura macabra, barco que se hunde en cámara lenta secuestrado por un clan familiar a punta de pistola. A eso se reduce el famoso “orden institucional”, por sobre todas las cosas ilegítimo y anticubano. Porque no hay nada más anticubano que mantener a 11 millones de cubanos mendigando remesas y limosnas de extranjeros, ciudadanos de tercera en su propio país.

Ese “orden institucional” impuesto a la fuerza en un país donde la oposición está prohibida de facto y no se celebran elecciones plurales desde hace más de 53 años no es más que un eufemismo.  Invocar el falso “orden institucional” cubano para prohibir las actividades opositoras o perseguirlas –criminalizando de paso la solidaridad internacional con ellas--, hablar de “soberanía” e “independencia” cuando Cuba es un país esclavo, una nación de zombis involuntarios que desde hace medio siglo no eligen presidente ni pueden pisar o dejar el territorio nacional sin permiso ni existe prensa pública independiente ni conexión libre a Internet y sólo se permite y postula un partido, el comunista, constituye una ofensa a la inteligencia y al sentido común más elementales.

Territorio libre de transparencia, horizonte y futuro. Claro que en un Isla desinformada donde la censura y la prohibición apuntalan el terror institucionalizado, y en un mundo que responde a sus intereses comerciales antes que al respeto a los derechos individuales, el nacionalismo retórico hace y deshace a su antojo. Ese es el gran mal de las sociedades modernas –tan arcaico y absurdo que debería ser material de comedia--, la demagogia nacionalista tras la cual los pícaros y los criminales manipulan las mentes débiles.

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