No obstante, como demuestra el referente europeo, la integración de marras no se producirá de un día para el otro y, si se le mira objetivamente, ni siquiera hay que contar con que ocurra. Las divisiones y rencillas comunitarias en torno a guerras como la de Irak y su interpretación de la relación transatlántica, la crisis del euro y la negativa de países como Suecia o Alemania a socorrer a los más irresponsables, demuestran que el proceso de integración al modo europeo no ha anclado en puerto seguro.
En términos generales, América Latina no tendría que sortear uno de los más serios obstáculos con que tropieza el proceso de integración en el viejo continente: la inmigración descontrolada. La apertura de las fronteras nacionales al espacio Schengen, con la consecuente permeabilidad social y laboral en naciones como Francia, Alemania, Holanda e incluso España, unida al fenómeno del terrorismo islámico de segunda generación, ha acrecentado el espíritu nacionalista y/o aislacionista de los europeos, cosa que no ocurre en Latinoamérica. Sin embargo, esta última región carece de una cultura institucional suficientemente asentada, que permita llevar adelante el proyecto de integración en su vertiente política. Con la pobreza, la corrupción, el estatismo, el autoritarismo y la demagogia ganando terreno, en América Latina se yuxtaponen y combinan numerosos males endémicos: étnicos, fronterizos, políticos, sociales, de infraestructura, de caducidad estructural.
En cualquier caso, la integración energética impulsada por Caracas resulta la vía más probable para que la nave integracionista despegue finalmente --tal y como sucedió en la propia Europa tras el Tratado de París de 1951, por medio del que se constituiría la Comunidad del Carbón y del Acero que más tarde dio lugar a la Comunidad Económica Europea—, aunque a la larga naufrague sin penas ni glorias.
Eventualmente, Latinoamérica deberá escoger entre dos modelos de unificación. Uno de corte capitalista –en la acepción más elemental de la palabra--, en el que la integración energética engendre, por su propia dinámica natural, la integración económica; y otro más expedito, que combine los factores económico y político en la tarea de construir una suerte de Unión Sudamericana al estilo UE. Esta segunda variante resulta problemática, dada la inestabilidad institucional del continente y su subdesarrollo cultural. Queda por ver si la primera conduce a alguna parte más allá de a la firma de acuerdos coyunturales o políticamente interesados, a la inquietante manera castrochavista.
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