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Por qué Estados Unidos no libera a Cuba

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Es cierto: en el último medio siglo, Estados Unidos podía haber hecho más por la libertad de Cuba (y no me refiero, para que no se malinterprete, a una invasión militar). Indudablemente, debemos estarle agradecidos a uno de los países que más ha denunciado a escala internacional al régimen cubano, si no el que más. Norteamérica ha dicho no allí donde casi todos los otros le han hecho el juego a La Habana. Pero Washington no ha querido –porque por supuesto, sí hubiera podido— desarbolar el castrismo. ¿Por qué?

No hay que entrar en disquisiciones geoestratégicas o teorías conspirativas para responder a esta pregunta. Tampoco éste pretende ser un ensayo de fondo sobre el tema sino, más bien, una nota a propósito de lo que podríamos llamar “la razón sentimental” que explicaría dicho retraimiento. Una nota al margen centrada no ya en “la razón oficial” estadounidense, sino en el sentimiento que la impulsaría, inconscientemente quizá.

En pocas palabras: Estados Unidos no ha liberado a Cuba porque ya lo hizo una vez y, en lugar de agradecérselo, los cubanos convirtieron a la mayor de las Antillas en el faro del antiamericanismo continental, si no mundial. ¿Qué sentido tiene librar a la mujer de la paliza que le propina su marido si ésta poco después, en “pago”, nos denuncia a la policía? Los “americanos” son prácticos y, claro está, como cualquier hijo de vecino le huyen a la gente problemática y malagradecida. Nada más desestimulante que una cultura ingrata y acomplejada.

Dígase lo que se diga, cuando en 1898 Estados Unidos intervino en la guerra hispano-cubana libró a los independentistas, a todos los cubanos, de un desangramiento interminable. De hecho, ya habían solicitado su intervención, por activa o por pasiva, numerosas figuras históricas –esas a las que el nacionalismo insular suele llamar patriotas o fundadores de la nación--, desde el mismísimo “Padre de la Patria”, Carlos Manuel de Céspedes, pasando por Ignacio Agramonte, hasta el generalísimo Máximo Gómez (omito decenas de nombres de independentistas ilustres para no perdernos en enumeraciones caóticas), circunstancia que la historiografía oficial cubana esconde ladinamente. Pero no sólo intervino, sino que además puso a funcionar a un país devastado por la guerra. Construyó escuelas y carreteras, distribuyó becas, erradicó enfermedades (el Plan de Saneamiento de la Isla), otorgó rebajas arancelarias a los productos cubanos, montó el sistema de drenaje y alcantarillado, garantizó la paz... En “agradecimiento”, Cuba desarrolló a continuación una de las culturas más antiamericanas del continente (más “antiimperialistas”, dirían sus sostenedores), si no la que más, cuyo colofón, la llamada “revolución cubana”, se define a sí misma en oposición al vecino del Norte. Muchos de nuestros compatriotas sólo se acuerdan del episodio para culpar a los estadounidenses de haberle querido robar a Finlay el descubrimiento del mosquito que provocaba la fiebre amarilla.

Basta con verlo aquí mismo, en Miami, donde cada vez más cubanos despotrican contra Estados Unidos, el generoso país que los ha acogido. Que ponga el muerto otro, pensarán –o más posiblemente: sentirán— los “americanos”. Sobre todo porque pusieron el muerto una vez y ya sabemos lo que recibieron a cambio.

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