El debate y los rumores sobre la muerte de Fidel Castro, desarrollados a lo largo de este mes, han sido útiles en varios sentidos. Uno de ellos, creo que el más importante, ha consistido en hacer más evidente que nunca una realidad inimaginable tan sólo diez años atrás: la dirección de la información la canalizan ya las redes sociales y el nuevo periodismo, no se fabrica más en las oficinas del G2 (en el caso cubano), como los tradicionalistas quisieran que fuera e insisten en pretender que creamos.
Por supuesto, el gobierno de Raúl Castro se vio obligado a mover ficha y mostrar fotos del cadáver gracias a la presión de las redes sociales y el nuevo periodismo –emparentado, ciertamente, con el de los años sesenta en Estados Unidos--, que no se dejó amilanar por el habitual desprecio con que la elite castrista observa a la opinión pública. Así, se impuso finalmente y consiguió lo que pretendía: informar al respetable y poner a correr a la dictadura. La dictadura se vio obligada a reaccionar, y no al revés.¿Y qué es el nuevo periodismo? Uno que no se limita a reproducir la noticia ya muerta, a repetir robóticamente lo que anuncian gobiernos y partidos, movimientos e instituciones, sino que actúa él mismo para extraer la información real a como dé lugar, casi para forzarla, allí donde se pretende que permanezca oculta. Claro, esto es difícil de entender para el gremio acartonado cuya mansedumbre y resignación nos han llevado a donde nos han llevado. No se le puede pedir mucho más.
Los gobiernos están para informar a la ciudadanía, para rendir cuentas, y si no lo hacen se les obliga. Es lo que hicieron las redes sociales y el periodismo ciudadano, el nuevo periodismo –al que este sitio, Neo Club Press, se siente orgulloso de pertenecer--, con el régimen de La Habana en octubre de 2012: le patearon el trasero hasta que no le quedó más remedio que moverse. Y se lo seguirán pateando para beneficio de todos.
| < Anterior | Siguiente > |
|---|


