Nueve años son muchos años. Los que le llevó al excomandante Eloy Gutiérrez Menoyo descubrir sobre el terreno, en Cuba, que “con hampones como los Castro no se puede negociar” (Huber Matos en declaraciones a EFE, tras conocer la muerte del creador de Cambio Cubano).
Menoyo, excomandante de la revolución y expreso del castrismo (22 años en las cárceles de Fidel Castro), arribó a La Habana en 2003, tras largos años de exilio, con el objetivo de encontrar una fisura en la pared del totalitarismo a la cubana. Una fisura que le permitiera colarse en el escenario político insular por la puerta de la cocina, desarrollando una disidencia de baja intensidad, prácticamente más concentrada en “denunciar” el embargo norteamericano que en atacar el mal castrista de raíz. Por supuesto, la fisura nunca la encontró. Más bien chocó una y otra vez con la pared, hasta terminar clavado en ella.En cualquier caso Menoyo, hombre débil y temerario al mismo tiempo –pocas veces características aparentemente tan antagónicas habrán casado tan bien--, nos deja un bello y aleccionador texto de despedida. En su testamento, entregado por su hija al periódico español El País, el fallecido nos revela cómo fue manejada en Cuba su “disidencia cordial”:
“Durante años, desde el exilio en visitas puntuales a Cuba, habíamos dialogado con este gobierno con vista a una apertura política. Con el país hecho añicos, sin el socorro de la desaparecida esfera comunista, no le quedaba a Cuba otra salida que no fuera el cambio. Así se lo manifesté a Fidel Castro en nuestros encuentros que consideré breves pero sustantivos. Sin embargo, desde mi llegada sorpresiva, no se me ha extendido el carnet de identidad ni se me ha otorgado el espacio político que se discutió en un tiempo. Es cierto que se ha tolerado mi presencia, pero ello ha ocurrido bajo el ojo orwelliano del Estado que se ha preocupado por observar de cerca a nuestra militancia”.
Ni siquiera el carnet de identidad. Sin embargo el testamento de Menoyo, aun signado por la amargura del fracaso, se proyecta con optimismo hacia el futuro:
“Cuando sanen las heridas y desaparezca el dolor habrá un pueblo que tendrá cautela de celebrar su nueva dicha y de cuidarse de magos iluminados y de proyectos mesiánicos. Porque, no importa cómo, la suerte llegará: delgada, silenciosa y frágil como una mariposa llena de júbilo, como una señal para este pobre pueblo que merece algo mejor. Yo sé que habrá una mariposa que se posará en la sombra”.
El caso de Menoyo constituye otro ejemplo, el enésimo concluyente, de que con un régimen fundado y dirigido por hampones, asentado en la mentira, la envidia y la manipulación, es imposible dialogar. La mariposa terminó clavada en la pared. La sombra es la de una pared que habrá que derribar a martillazos.
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