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El pueblo yanqui y los agentes teatrales

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jinetera

Que el castrismo infiltra delatores y agentes de la Seguridad del Estado entre los disidentes y, en general, en el seno de la embrionaria sociedad civil cubana, no es noticia. Lo ha hecho, lo hace y lo seguirá haciendo hasta que pierda el poder, y tal vez más allá.

Por supuesto, ahora mismo el régimen cuenta con miserables adicionales, además de los recientemente quemados Carlos Serpa y Moisés Rodríguez, entre las filas de la oposición y la disidencia interna.

Los más renombrados seguramente todavía no han visto la luz. Nos los tienen reservados para momentos más “sublimes”. A estos infelices ---que otra cosa no son-- les encanta deslizarse por la canalita que va de lo sublime a lo ridículo, hasta alcanzar el éxtasis del revolcón en el fango.

Lo curioso en toda esta historia vendría a ser, para aquellos no familiarizados con el chacalismo castrista, que quienes ostentan el poder se vanaglorien de semejantes chapucerías cuando en realidad deberían meter la cabeza en un cubo, avergonzarse de incurrir una y otra vez en el mismo despropósito: poner a sus hombres a hacer el ridículo “infiltrando” estamentos civiles que, como la disidencia interna, el periodismo independiente o el movimiento blogger, realizan una labor absolutamente pública, y por tanto no tienen nada que esconder.

Evidentemente, no estamos hablando de que el castrismo espía en Cuba a militares, terroristas, funcionarios de alto rango... Terroristas, militares y funcionarios de alto rango son ellos mismos. Hablamos de un Estado que, en medio de la profunda miseria en la que ha sumido a casi once millones de cubanos, se dedica a invertir los recursos que esquilma en ponerse a escuchar lo que declara un médico independiente o mirar por el ojo de la cerradura lo que teclea un comunicador en su laptop. Cuando con leerlos al día siguiente en Internet basta y sobra. Es que hasta las convocatorias a marchas y homenajes son, lógicamente, publicadas y difundidas con antelación por la oposición cubana.

En un país donde la disidencia es pública, pacífica y, como el mismo término sugiere, carece de poder; donde todos los recursos están en manos del Estado y en cada cuadra acecha un Comité, ¿a qué viene este aburrido show de delatores, infiltrados y agentes de a tres por medio?

Viene, ya se sabe, a expandir la división y, sobre todo, la desconfianza. Porque de lo que se trata es de que el cubano de a pie desconfíe de los disidentes y no olvide que en cualquier circunstancia, donde quiera que se meta, “siempre hay un ojo que lo ve”.  El miedo y la desconfianza constituyen piezas de disuasión vitales en la estrategia de supervivencia del castrismo. Y la dramaturgia. De ahí la insoportable indignidad de estos agentes teatrales, contratados para montar, cada seis meses, sus patéticos aquelarres en las mismas narices del pueblo yanqui. Porque, íntimamente, para el castrismo el pueblo cubano es yanqui. Y lo tiene que derrotar.

 

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