Ya no se puede confiar en este castrocatolicismo, pero bastaba con leer el libro del comunista-hedonista Manuel Vázquez Montalbán, Y Dios entró en La Habana, para no caer en desilusiones. Allí Montalbán nos explica risueño que se puede ser muy confortablemente revolucionario y creyente. O mejor dicho, castrista y católico.
El postcastrismo, o neocastrismo, ya muda su piel de serpiente anticlerical, era fácil de suponer. Pero nunca hay que olvidar eso de “dentro de la dictadura castrista [revolución] todo, fuera de la dictadura castrista nada”. Un mandamiento inamovible, inapelable, imperativo, obligatorio. Al olvidarlo la Iglesia Cubana se volvió inevitablemente colaboracionista y cómplice del régimen totalitario, ya que en este régimen sólo se permite aquello que sirve al régimen.
Por vía de consecuencia, la Iglesia Católica cubana se transformó en la Iglesia Castrocatólica cubana, es decir, en sirviente de la dictadura. Esto confirma el axioma fundamental de toda resistencia al castrismo: si no quieres terminar convertido en castrista, no metas ni una uña ahí.
La Iglesia Castrocatólica metió la uña, la mano, el brazo y se prepara para meter la cabeza. Ya veremos dentro de poco el resultado. Veremos hasta curas “revolucionarios”, como ya tenemos homosexuales revolucionados.
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