Zoé Valdés nació en La Habana y recibió asilo en París en 1995, donde vive desde entonces. Opositora destacada del régimen de los hermanos Castro, ha publicado decenas de libros, recibido numerosos reconocimientos internacionales, ejercido como jurado de prestigiosos concursos y su blog es uno de los más populares del exilio cubano.
Recientemente, Valdés recibió de manos del alcalde de París, Bertrand Delanoë, la Gran Medalla de Vermeil --por su papel en la defensa de los Derechos Humanos en todo el mundo--, la más alta condecoración que otorga la capital de Francia.Kiko Arocha. ¿Qué libro estás leyendo ahora?
Zoé Valdés. Nunca leo un solo libro, leo varios al mismo tiempo. Así que estoy releyendo Lo bello y lo siniestro, de Eugenio Trías; Les Salons, de Bernard Minoret y Claude Arnaud. Y leyendo Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano y Una isla que cubrieron de sangre, de Enrique Cazade.
KA. ¿Dónde y cuándo acostumbras a leer?
ZV. Leo preferiblemente por las mañanas y por la noche, pero puedo leer en cualquier parte. Mi sitio preferido durante el día es un butacón forrado de tela suave, junto a un ventanal que da al Boulevard Bourdon y al Sena, allí donde “hacía un calor de 37º” y se encontraron Bouvard y Pécuchet en la novela de Gustave Flaubert. Por la noche leo en la cama, o en mi despacho. Leo también en el metro, y en la guagua o bus. Soy muy parquera, me agrada sentarme en un parque a leer, sobre todo en verano, claro, y oír las exclamaciones de los niños. Lo hacía mucho en la Place de Vosges, donde llevaba a mi hija a jugar, o en El Jardín de Luxembourg. Detesto leer en los cafés, es un ruido que no me va. Aunque me gustan algunos ruidos, pero prefiero el silencio. En Cuba iba a la playa a leer.
KA. ¿Cómo lees? ¿Subrayas y haces notas en los márgenes?
ZV. Depende de los libros, pero sí, subrayo y hago notas, tengo varios cuadernos en los que hago anotaciones de lectura, aparte. Los cuadernos se han multiplicado ad infinitum.
KA. ¿Cuánto lees?
ZV. Leo mucho, pero no todo lo que quisiera o pudiera.
KA. ¿Cuál fue el último libro extraordinario que has leído?
ZV. Lo pone usted difícil. Han sido varios. Le diré uno: El Cronista de Cine, en su versión íntegra, de Guillermo Cabrera Infante, que acaba de salir publicado en el primer tomo de sus Obras Completas. Para un amante de la literatura y del cine es impactante, porque es crítica de cine y es literatura.
KA. ¿Cuáles son los libros que han tenido mayor impacto en tu vida?
ZV. También han sido muchos. Diré algunos con miedo de quedarme corta, y por favor, no haga caso del orden, los cito de memoria, mientras le respondo: Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais; Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert; Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca; Los juegos del agua, de Dulce María Loynaz; Versos infantiles, de Juana Borrero, Sab, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust; El golpe de gracia, de Marguerite Yourcenar; El problema de la raza negra en Cuba, de Emilia Bernal; Ensayos martianos de José Martí y su poesía; La isla misteriosa, de Julio Verne; Yo acuso y Nana, de Émile Zola, Los trabajadores del mar, de Víctor Hugo; El Grand Meaulnes, de Alain Fournier; El Gaspard de la Nuit, de Aloysius Bertrand; El Aleph de Jorge Luis Borges; La Habana para un Infante Difunto, de Guillermo Cabrera Infante; Otra vez el mar, de Reinaldo Arenas, Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro, A sangre fría, de Truman Capote; Las flores del mal, de Baudelaire; Cementerio Marino, de Paul Valéry; Los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont; Carminas de Safo, y las de Cátulo; El Libro del Desasosiego, de Fernando Pessoa; El barón rampante, de Italo Calvino; El Monte, de Lydia Cabrera; El azul del cielo, de Georges Bataille, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, de Fernando Ortíz; Cuba, economía y sociedad, de Leví Marrero; Las aventuras de Sandokán, de Emilio Salgari; Tender is the night, de F. Scott Fitzgerald; Luz de agosto, de William Faulkner; El corazón es un cazador solitario, de Carson Mc Cullers; Delta de Venus, de Anaïs Nin; Poesía, de Sor Juana Inés de la Cruz; Poesía, de Rosalía de Castro; Poesía, de Arthur Rimbaud; Cartas al padre muerto, de Jorge Manrique; Lluvias, de Saint John Perse; Poesía, de Rainier María Rilke; De la carne al éxtasis, que es un clásico de la literatura erótica china, cuyo autor es Li Yu, el Moliére de China; El enfermo imaginario de Moliére, El atormentador de sí mismo, de Terencio, Fedra, de Jean Racine, Querelle de Brest, de Jean Genet, El Pabellón de Oro, de Yukio Mishima; El Palacio de las Bellas Durmientes, de Yasunari Kawabata; La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares; Bomarzo, de Manuel Mugica Láinez; La Casa Verde, de Mario Vargas Llosa; La mujer justa, de Sándor Márai, Tierras Bajas, de Herta Müller; La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe; Cuentos, de Antón Chéjov; Lolita, de Vladimir Nabokov; La montaña mágica, de Tomas Mann; Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll; Peter Pan, de J. M. Barrie; Ulises, de Joyce; El maestro y la margarita, de Mijáil Bulgákov; El seductor, de la novelista cubanofrancesa Marie de Regnier, que firmaba como Gérard d’Houville y era la hija del poeta cubano José María de Heredia; La muerte de Virgilio, de Hermann Broch; El hombre que se llamaba Jueves, de G. K. Chesterton; El hombre sin atributos y Las tribulaciones del joven Torless, de Robert Musil; Grande Sertão, de João Guimarães Rosa; Diarios de Adán y Eva, de Mark Twain; Dafnis y Cloé de Longo; El Satiricón, de Petronio; El banquete, de Platón; Los Pensamientos, de Pascal; El rey de la máscara de oro, de Marcel Schwob; Los acantilados de mármol, de Ernest Jünger; Voyage au bout de la nuit, de Louis-Ferdinand Céline; Venezia, de Paul Morand; Poesía, de Stéphane Mallarmé; Poesía, de Max Jacob; El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Dürrell… y los que me queda todavía por mencionar… De esos autores he leído todo, y me gusta casi todo. O todo. Prefiero La Eneida a La Odisea, aunque me gustan ambas.
KA. ¿Lees ficción o realidad? ¿Cuáles son tus géneros favoritos y tus autores favoritos?
ZV. Leo poesía, ficción, ensayo, teatro, en ese orden, y luego la prensa a diario, que es a lo que seguramente ha llamado usted realidad. Mis géneros favoritos son la poesía y la novela para escribir; para leer la poesía y el ensayo. Mis autores favoritos son los que he puesto arriba, en la respuesta anterior, aunque me faltan algunos que olvido --que me perdonen--, y otros constituyen mis fetiches secretos. Mire, me faltaron, qué memoria la mía: Elsa Triolet y sus Rosas a crédito; La bella romana y El conformista, de Alberto Moravia, Jaime Gil de Biedma y Constantino Cavafis , Jean Cocteau, Roland Barthes, Claude Lévi-Strauss, Patrick Modiano, Jean-Marie G. Le Clézió, y le repito, además de los autores de la pregunta anterior.
KA. ¿Prefieres reír o llorar cuando lees?
ZV. Prefiero emocionarme y pensar al mismo tiempo. Emocionarme poéticamente y un poco más fríamente analizar el propósito del autor, lo que yo llamo armarme de su soledad. Acompañar mi soledad con la suya. Me río y lloro casi siempre. Y a veces lloro de la risa. Me fascina erotizarme con la lectura.
KA. ¿Prefieres un libro que te entretenga o uno que te enseñe?
ZV. Ambos. Creo que la enseñanza puede ser muy entretenida, y que en el entretenimiento también hay elementos que se aprenden con un válido afán de profundización del conocimiento. No me molesta la literatura que pretende entretener con franqueza, si es a lo que se refiere. En francés, entretenir significa además cuidar, mantener.
KA. ¿Solamente lees libros de editoriales consagradas o te arriesgas a leer libros autopublicados?
ZV. Generalmente elijo los libros por el título y el nombre del autor. He descubierto libros extraordinarios editados por una pequeña casa editorial o autoeditados. También he descubierto títulos solamente, y luego me he hecho fanática del autor.
KA. ¿Cómo escoges el próximo libro que leerás? ¿Vagando por las librerías? ¿Leyendo reseñas? ¿Oyendo recomendaciones de los amigos? ¿Atendiendo a las promociones?
ZV. Me gusta el acto social de visitar una librería, de saludar a ese médico de cabecera del alma que es el librero, de oírle sus recomendaciones. Los libreros, sin embargo, como todo lo bueno de este mundo, están en franca minoría y en extinción, me refiero a los verdaderos. Ahora nos podemos encontrar con ideólogos y con promotores de la literatura de izquierdas en las librerías, y lo peor es cuando promueven a las editoriales que promueven a esos autores, sean buenos o mediocres. Hoy en día se trata de todo menos de verdadera lectura y verdadero arte, o sea, cultura.
He descubierto casi todo lo que he leído, que es vasto aunque caótico (por la manera en la que se leía en Cuba durante mi infancia y juventud), en las librerías, en las librerías de viejos, y los basureros. Aquí se botan muchos libros nuevos. Aprecio las opiniones de mis amigos lectores, y leo las reseñas también. Tuve la suerte de vivir con tres mujeres muy lectoras: mi abuela, mi madre y mi tía. Sus lecturas eran muy variadas, eso me enriqueció mucho. Mi abuela materna, irlandesa de origen, leía a Baudelaire, ella era declamadora de poesía, actriz de teatro. Mi madre leía lo que podríamos considerar raro para una camarera como lo era ella, Don Quijote, Las mil y una noches, El mastín de los Baskerville… y así de suite en esos tonos. Mi tía leía las novelitas de Corín Tellado. Las tres, después, me pasaban lo que leían. Y yo lo devoraba.
KA. ¿Cómo compras los libros, en las librerías o a través de la Red?
ZV. Prefiero ver el libro, acariciarlo entre mis manos, leer la primera y la última página, antes de adquirirlo, por suerte tengo tres librerías cerca de casa, de las antiguas, donde soy cliente desde hace ya 18 años, y además varios centros comerciales donde venden libros, también éstos relativamente próximos. Pero es cierto que en la actualidad algunos libros solamente se pueden adquirir a través de internet. Y también me los procuro de esa forma. Nunca he tenido una decepción.
KA. ¿Qué títulos para leer están en tu horizonte?
ZV. La Gaviota, de Sándor Márai; La Piel del Zorro, de Herta Müller; y Ayer de camino, de Peter Handke, que se me olvidó citar en la respuesta sobre los autores o libros que me impactaron. Estoy algo atrasada en lecturas, también tengo en lista el último de Philip Roth. Y varios libros sobre historia de Cuba.
KA. ¿Lees libros electrónicos en la pantalla de tu computadora? ¿Compraste un lector de libros electrónico o lo tienes en la mirilla?
ZV. Sí, sí puedo leer en la pantalla de la computadora, pero no es lo que hago habitualmente. Yo leo en el libro. Tengo un iPad y no he descargado nada todavía. Pero lo haré, es cómodo, pero sólo eso. Soy coleccionista de dedicatorias, y me gusta poseer el objeto que es el libro, hacérmelo dedicar, y entregarle mis pulsaciones íntimas.
KA. En caso que tengas un lector de libros electrónico como Kindle, Nook o iPad, ¿puedes compartir tu experiencia?
ZV. Mi experiencia hasta ahora con el iPad es fantástica, pero no en relación a la lectura, todavía no. Es sólo una manera de estar comunicados con los demás. Y para leer se necesita estar comunicado consigo mismo, y con el autor, en solitario. El libro no te permite desplazarte de una página de un libro a una mensajería o a una búsqueda en internet como lo permite el iPad. Eso es lo que tiene de único el libro, que es sólo eso, un libro, en toda su pureza. Como el cante jondo, o un aria de Lully o de Verdi, que son de una pureza irresistible.
Comentarios (20)
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2012-05-28 12:11:47 | Zoé Valdés - AclaracionesMe tomo el trabajo de mi hermoso tiempo para aclarar algunas cosas. Esta entrevista la respondí lo más rápido que pude porque estoy inmersa en varios trabajos que no puedo abandonar, es la razón por la que, como digo en ella misma, no están todos los autores que he leído y que me impactaron, como es el caso de José Lezama Lima, que forma parte de mis lecturas secretas. Toda la obra de Lezama Lima me impactó, y de hecho, tuve la suerte de leer los libros del Curso Délfico recomendados por Lezama a sus discípulos, dado que fui esposa de Manuel Pereira, muy amigo de Lezama Lima, y conocí personalmente a María Luisa, su viuda. La visité y fuimos amigas.
Claro, a este señor de nombre Zacarías que no da la cara -como suele ocurrir en internet, nido de mediocres y cobardes- le molesta que yo sea culta, que haya leído lo que sí es seguro que él no ha leído. No sólo he leído todo eso y más, los he estudiado, para mi provecho personal.
Que en su rabia se ensuelva.
De García Márquez destaco El otoño del patriarca, de Alejo Carpentier, a quien he mencionado en otras entrevistas, destacaría Los pasos perdidos y Viaje a la semilla, de Julio Cortázar, Rayuela, y Salvo el Crepúsc**o, donde me dedica un poema titulado Después de las fiestas. He leído por supuesto a Neruda, y a Vallejo, Vallejo me impactó más que Neruda. Pero éstos no fueron libros que me impactaron como lectora, como escritora es otra cosa. Pero creo entender que esta es una entrevista a la lectora que soy y que fui.
Del Marqués de Sade, por supuesto, Justine y los valores de la virtud.
El Diario de Adán y Eva lo compré en una edición especial, en forma de libro aparte, en forma de noveleta, que se hizo en Francia, y que se vendió también en español en forma de libro, así como en inglés en la librería Shakespeare and Company en París. Me faltó José Donoso, mira tú, una de mis lecturas secretas, como escritora, y también muchos mal hablados de la literatura, como Miguel de Cervantes y Saavedra, Don Quijote lo leí con doce años, gracias a mi madre.
En Cuba todos los que trabajaron de manera estatal que es como único se trabaja en Cuba son considerados funcionarios. La lista de escritores cubanos que fueron funcionarios es larga. Yo no lo fui, porque trabajé cinco años en la UNESCO, por contrata, y cuatro años para el ICAIC, por contrata. Nunca trabajé de manera fija ni con puesto de funcionaria en Cuba.
Funcionarios han sido muchos escritores cubanos que viven en Miami, que no voy a mencionar aquí, pero que en el medio que se mueve el tal Zacarías, les babean las chancletas y le lamen hasta las sombras.
En cuanto al lenguaje de mis libros, bueno, se nota que este señor que me llama soez, que me insulta, ha leído solamente lo que le ha convenido. No ha leído Café Nostalgia, no ha leído Querido primer novio, no ha leído Lobas de mar, no ha leído, en fin. No ha leído, y se permite entrar aquí a dar clases y a corregir la plana. Es lo que tienen los maestricos de escuelas, que tienen las entendederas polvorientas y el corazón teñido de negro, de la envidia y el odio. Que en él se ensuelva. ¡Pobre cobarde!
El error es mío en tirarle margaritas a los puercos.
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2012-05-28 12:15:38 | a Zacarias el policiaZacarías, no sabes ni donde estás parado. El diario de Adan y Eva, ignorante, es una colección de relatos bajo ese nombre. El relato da título al libro y es a su vez un relato independiente. Informate antes de hablar.
Muy cuidadosamente omites lo que te conviene omitir o eres tonto de remate.
¿En cuál de los autores mencionados encuentra ella el lenguaje “soez” y “vulgar” que emplea en sus obras? Olvidas “Zacarías” que el realismo sucio es un estilo de escritura tan viejo como la literatura. Lo que pasa que es más fácil ofender que leer. A ver si pasas un curso intensivo de lectura, hombre. ¿O será que únicamente leías en Cuba?
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2012-05-28 12:16:30 | Zoé Valdés - Autores que me faltaronT.S Elliot, Edgar Allan Poe, William Carlos William. Entre otros...
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2012-05-28 12:26:17 | cultura para ZacariasAcerca del libro "El diario de Adan y Eva"
Los temas bíblicos de la creación del mundo y del hombre obsesionaron a Mark Twain (1835-1910) durante toda su vida de escritor. Es constante la referencia en sus relatos, cartas y anotaciones a trabajos que estaba desarrollando, o proyectos que planeaba, con la intención de reunirlos en una magna obra dedicada a los escritos bíblicos. Mark Twain conocía muy bien la Biblia, como lo demuestra la gran influencia que tuvo en toda su obra, pero en estos relatos sobre el Antiguo Testamento encontramos también las huellas de su propia vida: El diario de Adán y Eva se convierte en un tierno y emocionado recuerdo de su mujer, Olivia Langdon, que había muerto un año antes de su redacción. En todos estos relatos está presente, como factor unificador, el vigoroso humor de Mark Twain, con su estilo sencillo, directo, ácido e irreverente, y la misma actitud franca y vital en defensa del ser humano cuyas debilidades y pretensiones ridiculiza.
Se han hecho varias ediciones de la coleccion de relatos "El diario de Adan y Eva", con mas o menos paginas.
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2012-05-28 12:45:23 | pregunta para ZacariasDonde fueron publicados los "Cuentos Completos" Zacarias? En la Editorial Gente Nueva?
jojojojo, Zacarias nada mas leia en Cuba y eso porque lo obligaba la maestra
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2012-05-28 13:09:33 | ninno es lo mismo un relato que un cuento. Pero en Cuba todo lo metian en el mismo saco
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2012-05-28 13:13:59 | Neo Club PressGracias a Zoe por ofrecernos sus inteligentes respuestas, y gracias a Kiko por su excelente idea.
Saludos!
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2012-05-28 15:12:38 | Teresa Cruz - ZacaríasZacarías, me reiría si no fuera que hay mala intención. Lo menos que puede hacer es escribir con respeto.
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2012-05-28 15:59:16 | Frida Masdeu - Excelente entrevista.Me encantó la entrevista de Kiko Arocha, a quien agradezco.Para nosotros, los atentos lectores de la gran novelista cubana Zoé Valdés es un lujo conocer sus rituales con la lectura y todo lo que nos pueda decir sobre la literatura en general. Es aprender de una de las mejores y no creo que la estimada escritora tenga que responderle a disparateros. Gracias también a Neoclubpress. Envio la entrevista a amigos y conocidos.
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2012-05-28 19:37:28 | joseluis sitoEs una excelente entrevista con una excelente entrevistada. Y Neoclub press con estas excelentes iniciativas anda por el camino de la excelencia.
Un saludo a todos los del club! y un abrazo a Armando...
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2013-02-25 10:57:20 | Proezas literarias - Proezas literarias de Zoe ValdésEstoy de acuerdo con Zacarías en que resulta cuando menos extraño que una persona tan leída y tan cultivada como Zoe Valdés nos deleite con perlas como las siguientes en sus "novelas":
Novela Lobas de Mar:
Un gazapo histórico ocurre en la p. 38, cuando se dice: “Margaret Jane le informó de que el chico no salía de una enfermedad para entrar en otra, contagiado en permanencia de cualquier virus imprevisible”. Voy a pasar por alto la pésima redacción de la frase, pero no puedo dejar de señalar que en 1690 nadie tenía la menor idea de lo que eran los virus. Ni siquiera existía la palabra, que se inventó dos siglos después, en 1895.
En la p. 62, un personaje se refiere al pirata Calico, diciendo: “En La Habana, las solteras, casadas, viudas, y prostitutas se derriten ante su presencia, su celebridad se ha extendido hasta Cienfuegos, y a otras provincias y a otras islas: las Bahamas, isla de los Vientos, isla de Pinos, La Tortuga, Santo Domingo, La Española…”
Estas líneas ya parecen resumir la desastrosa elaboración del texto. En primer lugar, se menciona la existencia de Cienfuegos. Recordemos que la novela se desarrolla entre 1690 y 1720. Lamentablemente, la fundación de la villa de Cienfuegos no ocurre hasta el 22 de abril de 1819, cuando colonos franceses se asientan en la futura urbanización, nombrándola Fernandina de Jagua. Y no es hasta 1880 que obtiene el título de ciudad, a la entonces se denomina Cienfuegos en homenaje al gobernador de la Isla. Pero, ignorante del gazapo, la autora insiste en mencionarla numerosas veces a lo largo de esta novela “histórica”.
En la página 127 escribe “en una playa idílica, no exenta de cosquilleantes jubos de Santa María, serpientes de mortal veneno, cocodrilos y tortugas”. Señora Valdés, como todo niño cubano sabe —y hasta los extranjeros que sólo hemos vivido unos pocos años en la isla—, en Cuba no existen ni han existido nunca las serpientes venenosas.
Terminaremos con unas estrofas, cantadas por una cotorra a la que un marinero ha enseñado la siguiente tonadilla: “Si me pides el pesca’o te lo doy, si me pides el pesca’o te lo doy, te lo doy, te lo doy, te lo doy…” (p. 172). El problema de esta escenita, que se desarrolla antes de 1720, es que la canción citada pertenece a Eliseo Grenet, un ilustre compositor cubano que vivió entre 1893 y 1950.
Pese a estos gravísimos errores históricos y de localización, Valdés se vanagloria de para escribir Lobas de mar, realizó una extensa investigación. De hecho afirmó: “Llevo muchos años con esta idea, una verdadera obsesión, es mi novela más estudiada, más investigada, y más viajada”.
Esperemos que sus ensayos y artíc**os periodísticos estén mucho mejor documentados, porque si ni siquiera es capaz de evitar estos errores en una novela que le lleva un año de trabajo, ¿qué credibilidad deben tener los artíc**os que esta autora escribe en un par de horas?
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2013-02-25 11:10:34 | Proezas literarias - Proezas literarias de Zoe ValdésPero los desaciertos de época y lugar no son nada comparados con otro asunto más grave en un escritor: el manejo del lenguaje. Confieso que jamás había leído libro alguno en el que se produjera tamaño destrozo del idioma castellano. Me he visto en la obligación de separar el asunto por bloques para intentar poner un poco de orden en el caos.
Mal uso de los signos de puntuación:
La mala puntuación es una constante en la novela, pero ni el redactor, ni el jurado se dieron por enterado; y eso que apenas existe un párrafo donde no surjan. Como no podemos rescribir toda la obra, citaremos un par de ejemplos:
En la p. 78, se lee: “Cesó la música, los aplausos y los vivas a los artistas invadieron la escena…” Obviamente, después de la palabra música se necesita un punto, o al menos un punto y coma. Como están aquí, los sustantivos “aplausos” y “vivas” parecen corresponder al verbo inicial, lo cual crea una confusión innecesaria que sólo se aclara cuando el lector terminar de leer toda la idea y comprende el error.
Tal vez el signo de puntuación peor empleado en la novela sea el punto y coma. Basten dos ejemplos:
“—Querida, todas ansiamos el tesoro, para eso invité al capitán; es viejo ardid; con tal de sacarle donde ha enterrado el bendito cofre; pero, tranquilícese…” (p. 77).
“… Después de larga deliberación, estuvieron de acuerdo en aceptar a una fémina entre tantos valientes, ella también lo era de sobra; pese a que estaban prohibidas las mujeres y los homosexuales; su existencia en la trinchera…” (p. 94).
En general, los signos de puntuación se usan sin ninguna coherencia.
Ignorancia en el uso de los artíc**os:
Una breve consulta al clásico Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel Seco, hubiera aclarado o recordado que “el artíc**o femenino singular toma la forma el cuando va inmediatamente delante de nombre femenino que empieza por el fonema /a/ tónico: el alma, el agua, el ave, el hacha, el hambre, el águila, el África. Se exceptúan:
1. Los nombres propios de mujer: la Ángela, la Águeda.
2. El de la ciudad de La Haya.
3. El de la letra hache: la hache.
Lo mismo se aplica el uso de “un” o “una”. Pero en la novela aparece repetida 9 veces la frase “la aya”, en lugar de “el aya”. Ni siquiera porque su autora es cubana, pudo recordar el famoso verso del poema “Los zapaticos de rosa”, de José Martí, que recitan todos los niños en las escuelas: “el aya de la francesa se quitó los espejuelos”.
De todos modos, hay que reconocer que Valdés es consistente en su ignorancia. Por eso escribe “la aura tiñosa” (p. 23), en vez de “el aura tiñosa”, “una arpa” (p. 77 y p. 188), en vez de “un arpa”, y “una alma” (p. 231), en vez de “un alma”.
Es curioso que ni siquiera los detalles más elementales del castellano, como las partículas adverbiales cuyo uso debería ser casi inconsciente, escapan del cataclismo.
Vea el lector lo que ocurre en estos ejemplos. Valdés escribe: “como toda respuesta”, en vez de “como respuesta” o “por toda respuesta” (p. 11); “la hice mi***a como una rata que amenaza de hundir el barco”, en vez de “amenaza con hundir el barco” (p. 21); “encuera a la pelota”, en vez de “en pelota” (p. 25); “cargando bultos a la cabeza”, en vez de “sobre la cabeza” (p. 25); “perfumada a la colonia de rosas”, en vez de “con colonia” (p. 28); “a juego con sus ojos”, en vez de “que hacía juego con sus ojos” (p. 58); “gozaba la fama de puerco”, en vez de “gozaba de” o “tenía fama de puerco” (p. 72); “zapatillas a juego con la chaqueta”, en vez de “que hacían juego con” (p. 73); “escrutó para ahí”, en vez de “escrutó” o “miró hacia ahí” (p. 79); “la orden venía del exterior y los aplacó la embriaguez”, en vez de “y aplacó” o “les aplacó” (p. 90); “seré tu fiel esposa, a una sola condición”, en vez de “con una sola condición” (p. 95); “unos zapatos a juego”, en vez de “que hacen juego” (p. 99); “se despidió de una a una de sus amistades”, sobra la partícula de enlace de (p. 108); “humedecidos en agua de colonia, a la lavanda y a la rosa”, en vez de “de lavanda y de rosa” (p. 115); “en su inefable acento por bulerías”, en vez de “acento de bulerías” (p. 154)…
Hay otros muchos ejemplos, pero basten estos por ahora.
Ausencia del pronombre personal “se”:
Muchas veces falta este pronombre personal delante de los verbos correspondientes. Estos son algunos casos, en los que me he limitado a colocar la partícula entre corchetes en el sitio donde debió aparecer. Sugiero al lector que lea la frase sin incluir el “se” del corchete, pues así es como aparece en la novela: “el marino [se] deprimió y se marchó” (p. 36); “ella [se] frotó los dedos” (p. 56); “el dedo gordo [se] trabó en el hueco abierto” (p. 89); “en cubierta, Read dispuesta [se] impacientaba” (p. 164); “el capitán [se] deprimía de minuto en minuto” (p. 205)…
Facilismo o uso atroz del gerundio:
El exceso de gerundios siempre es síntoma de pobreza narrativa. En las clases de estilo literario, el gerundio se considera un facilismo y se previene sobre su utilización porque su abuso puede derivar en una prosa de pésimo gusto, como ésta: “… le hizo estallar la Silla Turca ejecutando un balazo [¿¡ejecutando un balazo!?] a través de un agujero del ondeante Jolly Roger. Read socorrió a Bonn, extendiéndole la mano tiró en peso de ella, ayudándola a que se irguiera. Colocada junto a su amiga en el maderamen, hicieron equilibrio rehuyendo el tiroteo…” (p. 183).
En esta autora, el exceso de gerundios también da lugar a verbos inexistentes que convierten la frase en una expresión carente de sentido, como ocurre en estos tres ejemplos: “estallando brazos” (p. 181); “… sonrió socarrón y, zorreando de súbito, silbó…” (p. 65); “la piel erizada en sucesivos escalofríos daba la impresión de existir ajena a ella, dilatando a un fantasma cadencioso y aletargado” (p. 69); etc.
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2013-02-25 11:15:07 | Proezas literarias - Proezas literarias de Zoe ValdésPalabras mal usadas, sin sentido o inexistentes:
Pero Valdés no se limita a emplear mal los verbos, utilizándolos sin ton ni son en sitios donde no significan nada. En muchos casos, también los inventa. Esta imaginación lexical no se limita a las acciones. También hay adjetivos y sustantivos que son, como diría algún presentador anticuado, “de su propia inspiración”.
Las palabras marcadas que leerán a continuación no existen. En el mejor de los casos, su significado no concuerda con la acción que describe. Veamos: “pensaba en lo certero y rápido que se repandían las noticias” (p. 25); “el pueblo se había atragantado el cuento” [¿tragado el cuento?] (p. 30); “gracias también a ciertas frecuentaciones” (p. 40); “envolvió el cuerpo esmorecido” (p. 41. Nota: la palabra esmorecer se aplica a una persona que “desfallece o pierde el aliento”, pero aquí se está hablando de un muerto. Quizás quiso decir “amoratado”); “diluida en el embeleco” (p. 64) y también “añoró la mar, y el embeleco de deleitarse junto a las embarcaciones” (p. 93. Nota: embeleco significa embuste o engaño; en ambos casos parece que quiso decir embeleso); “acompañado de un soñoliento obeso, adjunto del gobernador” (adjunto es adjetivo, no título ni sustantivo. La Real Academia de la Lengua lo califica como “nombre adjetivo” que debe ir acompañando a un sustantivo: “profesor adjunto de la universidad”); “James Bonny pacientó el resto del mediodía” (p. 82); “astuciosa desamarraba” (p. 111); “atipladas voces infantiles montaron en dirección de la escalera principal” (p. 138, ¿se remontaron?); “de caminado y modales refinados”, en vez de “de andar y modales refinados” (p. 173); “añoró devenir el hombre más poderoso”, en vez de “soñó con convertirse” (p. 186); “en los vaciados ojos de Matt Sinclair”, en vez de “vacíos” (p. 201); “al hombre le vidriaban las pupilas” (p. 214).
Infantilismos, cursilerías y demás atrocidades
En todo idioma existen frases gastadas y grandilocuentes que ridiculizan el lenguaje. Una buena corrección de estilo debería cuidar ese detalle, pero lamentablemente en Lobas de mar abundan cursilerías que parecen más propias de una mala radionovela que de un premio literario dotado de 120.000 euros. Estas son algunas: “que su fresco cuerpo se marchitara hambriento de caricias, ansioso de pasiones” (p. 13); “las chicas ricas maquillan el descaro morboso de la juventud” (p. 28); “tenía más que ver con su apetito de hembra, estrenada y entrenada en la perfidia” (p. 61); “él selló los pulposos labios con un beso con amargo sabor a opio de burdel” (p. 61); “gemía desmayada en el placer, entonada en lo más ascendente de la excitación” (p. 77); “su destino hacía equilibrio en el hilo aciago del olvido o en la cuerda feliz del reencuentro” (p. 89); “besando a su prima en una vena cual riachuelo verdoso descendiendo del cuello hacia el seno izquierdo, el más abultado” (p. 140); “el arroyuelo ardoroso de sus sentimientos” (p. 143); “sus brazos vibraron de ansias de abrazarla” (p. 209); “no le convenía que su prestigio rodara en el lodo de la bajeza” (p. 216); “se sostenía por el peso ineluctable de la verdad” (p. 217); etc.
Por otra parte, hay un exceso indiscriminado de adjetivos con los que tal vez se pretende “elevar” el nivel de las descripciones, aunque la autora no tiene la menor idea de cómo lograrlo. He subrayado cada binomio, formado por el sustantivo y su adjetivo correspondiente, para marcar ese exceso de adjetivación con el que Valdés sólo logra frases gastadas y poco felices: “era del tipo de gente maquinadora, de muy mala fe, chantajista y aprovechadora: sagaz conocedora de las leyes de una turbulenta sociedad en la cual reinaba el torbellino del entusiasmo novedoso…” (p. 14); “cuyas miradas reviradas dieron rienda suelta a frases rencorosas lanzadas como puñales oxidados” (p. 16); “extrañó el agrio olor de los mineros, y el vivo sahumerio de la floresta mezclado con los groseros efluvios de la brea y el ensoñador aroma del salitre, lo cual todo reunido apestaba a podrido” (p. 93).
Además de la desafortunada adjetivación, abundan las cacofonías y repeticiones: “se libró al libertinaje” (p.61); “baranda de balaustrada dorada” (p. 73); “neblina opalina” (p. 81); “recomponer su compostura” (p. 152); “en estimación cuantitativa sobrepasaba las expectativas” (p. 185); “un gesto a uno de los guardias—, guardarán prisión…” (p. 212); “antes de que se metiera el mameyazo que se metió contra las losas” (p. 231); etc.
En Lobas de mar aparecen también otra clase de frases francamente atroces que escapan a toda clasificación: “el oído ensordeció bruscamente y al rato recobró la audición” (p. 86); “de un malabarismo cayó esparrancada en brazos de su futuro esposo” (p. 95); “trajinó la frase en un canturreo” (p. 97); “entre tanta testosterona revuelta, incluso una escuálida ración de progesterona representaba una bendición celestial” (p. 101); “la celebridad de los valientes soldados era muy conocida” (p. 104); “Flemind se sembró en la cama cual amapola de campo colombiano” (p. 106. Nota: además del infeliz símil, la amapola no llegó a América hasta 1850, es decir, 153 años después de esta descripción); “el llanto surcó sus cachetes” (p. 109); “las piernas chapoteando dentro del enigma del peligro” (p. 111); “palmoteó mostrando alacridad puntillosa” (p. 140); “frases sinceras, aunque despavoridas en su resonancia” (p. 143); “pasó su mano por la frente hasta el cráneo” (p. 173); “amor mío, por un tris me salvé de guindar el piojo” (p. 183); “Mary, desguabinada ante el encanto de Calico” (p. 191)…
Llegados a este punto, podríamos suponer que es imposible superar el infortunio de esta obra, pero si el lector tiene paciencia y continúa leyendo, podrá comprobar que lo anterior aún no es nada.
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2013-02-25 11:17:47 | Proezas literarias - Proezas literarias de Zoé ValdésLenguaje de comics:
Una variante de esa clase de redacción cursi, al estilo Valdés, es el infantilismo grotesco con que suele describir las acciones de un combate. La incultura literaria de la autora —y el descuido de una editorial— ha puesto a circular por el mercado escenas como éstas, dignas del peor teveo: “De un trompón la tiró al suelo, desde el piso ella estiró la pierna y le zumbó una patada en la boca, con el filo del tacón del botín logró partirle un diente. Un espasmo de ira ensanchó el cuello celta del hombre” (p. 59-60); “podía afirmar que se sintió cómoda a campo traviesa, blandiendo la afilada espada en una mano y la pistola en la otra, el puñal entre los dientes, remolineando los brazos delante de la cara del pavoroso adversario. Desde su magnífico estreno, en que se vio inmersa en medio de tramposas ciénagas y de desamparadas trincheras, fue consciente de que se divertía haciéndole perder la paciencia y la vida a los cochinos contrincantes” (p. 87).
Semejante lenguaje desemboca muchas veces en lugares comunes que ya no se usan ni en los peores culebrones de TV. Así, en la novela se habla de “los desalmados bribones” (p. 185); “los abusos y chantajes a que fueron sometidos” (p. 186); “las cadenas opresoras” (p. 187); “el noble espíritu camaraderil del entorno” (p. 188); “compareció ante el lugar de los hechos” (p. 199), y otras linduras por el estilo.
Sería bueno aclarar que algunos comics, aunque tremebundos en sus descripciones, al menos tienen la gracia de una descripción con cierto sentido de la épica; algo que no se encontrará en Lobas de mar. A manera de ejemplo, baste el siguiente fragmento —una de las escenas más ridículas de la novela—, donde un pirata le dice a un subalterno:
“—Juanito, te dije que no estás obligado a luchar, puedes regresar a la cocina. ¡Son tus compatriotas! […]
“—¡Coterráneos, mi capitán, son sólo mis coterráneos! –aclaró el joven—. ¡Yo soy pirata, mi patria es la mar!
“—¿Has visto a Read y a Bonn? […]
“—¡Allá arriba, hace un rato, las vi colgadas de los mástiles, fajadas como dos monas, a las que los cazadores irán a arrebatar la prole!”
No satisfecha con este diálogo de circo y con la ridícula imagen simiesca con que se describe a las piratas, el hombre mira hacia lo alto para ver que Ann Bonny, “enganchada de una mano solamente, guindada al vacío, continuaba batiéndose…” (p. 182).
Un ejemplo donde la ridiculez desemboca en incoherencia psicológica se lee en la p. 27, con el siguiente diálogo entre Ann y un pirata al que acaba de conocer en un prostíbulo. Comienza hablando ella:
“—… Creo que contigo lo haré, más que por puro placer, por cariño. Has ganado, porque esta noche ansío ternura. Para una mujer como yo, resulta esencial cada cierto tiempo que me den amor.
“—¿Una mujer? No, mi cielo, todavía no te han hecho sentir como mujer, te prometo que de eso me encargaré yo… Dentro de nada, ya verás. Debo ducharme, pues tuve un altercado antes de venir, y el otro no quedó muy bien parado…”
Después que este pirata del siglo XVIII anuncia su necesidad de ducharse (¡en el siglo XVIII!), se nos dice que los personajes “templaron la noche entera” (p. 28), y al final el pirata le regala a la mujer “un anillo de oro coronado de diamantes y esmeraldas”, con lo cual ella empieza a saltar, diciendo:
“—¡Oh, es mío, es mío! ¡Miren lo que por fin he ganado! —Ann saltaba eufórica, olvidando sus elevados orígenes paternos y haciendo gala de los burdos maternos, revolcándose ellos.
“Las demás bailotearon a su alrededor, celebrando el acontecimiento, ¡un anillo, un anillo, habrá boda!”
En esta muestra de absurda tontería, el pirata regala el costoso anillo a una mujer con la que acaba de acostarse en un prostíbulo, y ya hay algazara de boda. Nótese de paso el lastimoso infantilismo con que se describe el anillo, algo que se repite con el resto de las joyas en la novela.
Otra escena, esta vez hilarante, es la captura de los piratas, que son llevados en fila india y amarrados. Al final del grupo, “Pirata, el perro del contramaestre Corner, y Lucrecia Borgia, la cotorra de Juanito Jiménez, desfilaron cabizbajos detrás de la comitiva hasta el final del trayecto” (p. 210).
No se equivoque el lector. No existe intención alguna de hacernos reír. El tono de la escena pretende ser tétrico y deprimente. En mi caso, confieso que la imagen de este perro y esta cotorra, caminando cabizbajos detrás de los apresados, provocó que la señora que viajaba a mi lado en el metro se separara un poco más de mí, debido al súbito ataque de risa que me dio.
Pero los pobres animales vuelven a hacer el ridíc**o en otra escena más. Durante el juicio, “Pirata, el perro, lloriqueó a sus pies cuando mencionaron el nombre de su amo con la inseparable cotorra encima del hombro lanudo” (p. 213).
Apartándonos de la payasada que significa poner a llorar a un perro en un juicio, ¿alguien puede decirme desde cuándo los canes tienen hombros? Que yo sepa —y según el diccionario— este detalle anatómico es privativo del ser humano y de los cuadrumanos.
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2013-02-25 11:22:28 | Proezas literarias - Proezas literarias de Zoé ValdésRetórica enrevesada:
Muchas frases de la novela combinan la retórica más enrevesada con una redacción francamente lastimosa; otras, carecen de sentido o su redacción es tan confusa que es imposible saber qué quiso decir su autora.
Yo animo a la editorial Planeta a que instituya un premio, dotado —por supuesto— de unos generosos miles de euros, para el lector que logre explicar lo que quiere decir una sola de las siguientes frases: “se diluyeron vagas miradas de tibios óvulos oculares” (p. 10); “el espumoso oleaje disolvió lo onírico en el sexto sentido” (p. 10); “era cierto que le había visto enfermar de miedo, en fin, prefería eliminar el tema, quería olvidar al cobarde, además, recordó que con el mosquete apuntaba de modo vulgar, y con el sable no existía peor calamidad que la suya, destacó ella” (p. 56-57); “pactaron reconciliarse mesurando la importancia de las frases interrumpidas” (p. 60); “no distinguía ningún gesto poético en la demora perversa del regodeo teórico de lo sensual masculino, pero tampoco apreciaba la aceleración del abusador, ni la súbita hipocresía del caballero (p. 70); “atisbó encaracolados regodeos” (p. 138); “en absurda fanfarronería de congregación de nobles reinventados” (p. 139)…
En casos aún peores —esta autora siempre puede superarse—, la redacción es tan primitiva que el sentido final resulta un disparate o un contrasentido. He aquí algunos ejemplos: “rodaba la comidilla por todo el archipiélago que por esa razón decidió desaparecer sin dejar rastro” (p.56); “Charles Vane tintineó un par de pendientes en combinación con el collar que acababa de regalarle” (p. 63); “presintió el peligro, rodeada por una escaramuza” (p. 100); “cambiando supersticiosa de sitio la mirada” (p. 106); “se aprestaba sosegado para el ataque” (p. 172); “las rodillas no conseguían la lubricidad, se negaban a acuclillarse” (p. 181); “el alguacil, hombre menudo, uniformado y envuelto en una capa de paño negro que le arrastraba por el suelo” (p. 212)…
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2013-02-25 11:23:05 | Proezas literarias - Proezas literarias de Zoé ValdésIncoherencias en la trama y los personajes
Las inconsistencias en Lobas de mar no sólo se relacionan con el lenguaje y la falta de conocimientos; también tienen mucho que ver con el pésimo manejo de la psicología de los personajes, ya que el modo facilista o ridíc**o en que actúan provoca incongruencias en la lógica de los acontecimientos. Por ejemplo, en muchas ocasiones algo que se dijo anteriormente es negado después por los hechos, un personaje o la propia narración. En otros casos, las escenas no sólo se vuelven absurdas por lo que acontece en ellas, sino por la reacción del personaje que la protagoniza. Pero vayamos por partes porque el embrollo es grande.
En la p. 20, mientras el aya es asesinada, ésta se pone a gritar: “¡Señora, venga a mí, ayúdeme, mírelo usted misma, es el diablo, su hija es el diablo! ¡Auxilio, Ann es el diablo, fíjese, hasta se masturbaba cuando entré aquí: sí, así, espernancada. ¡Auxilio…!”
Resulta una caricatura alucinante la inserción de estas explicaciones y comentarios en los gritos de quien está siendo asesinada a puñaladas.
Poco después, al describir el cambio que se produce en esta muchacha que acaba de asesinar a su aya, se lee: “Ann vivió lo más normal posible, comía con apetito desmedido, bebía cerveza, ron y licores, salía a callejear y regresaba a observar el cadáver pudrirse tirado en el enlosado de ladrillos rojos…” (p. 21). ¿Alguien puede explicar cómo puede ser normal este comportamiento en una jovencita que creció al cuidado de unos padres y su aya?
Otro desatino psicológico aparece en boca de una modistilla que le prueba un vestido a la pirata Mary.
“… ¡Qué divinidad —exclamó admirada—, ya de hombre le iba todo de lo mejor, pero así de hembra, cualquiera diría una aparición de Anfítrite, la reina de los océanos, si tuviese el pelo rubio y los ojos avellanados! Perdone, hablo como una cotorra, es que estudio la mar, me fascinaría hacer un vestido bordado en cangrejos… Ya sé, estamos en guerra y yo fantaseando con los mariscos y la moda, qué caray, la vida sigue… ¡Pero, mírese, soldado, digo soldada, disfrútese en el espejo! ¡Oh, cual un ave de encendido plumaje, presta a emprender vuelo, y muy lejos!” (p. 98-99).
Para colmar la incoherencia verbal de este personaje —que habla con una mezcla de catedrático de barbería, de cubano del siglo XX y de protagonista de Corín Tellado (perdone, doña Corín)—, la escena culmina con que la señora le regala, sin ninguna razón, “el vestido de terciopelo rojo bordado en canutillos de oro y perlas de Malasia” a la pirata que venía a comprarlo. La generosidad de esta señora que trabaja para ganarse la vida deja pequeña a la Madre Teresa de Calcuta.
Algunas páginas después, cuando vuelven a reencontrarse, la misma tendera del siglo XVIII vuelve a la carga. Esta vez, parece haber ingresado en las filas de algún sindicato o partido político del siglo XX:
“La guerra ha sido lo peor, mientras hubo guerra, los que tuvimos la suerte de sobrevivir lo hacíamos enarbolando el entusiasmo del patriotismo, y soñar con el futuro nos daba otra perspectiva” (p. 104).
En la pág. 79, Ann comenta a Augustine, una señora a la que nunca antes había visto:
“—Es increíble el parecido suyo a una mujer con la que sueño desde que soy niña… Ella está en un barco, con sus hijos, en fin, creo que son sus hijos…
“—Ah, sí, desciendo de ella, la vieja zorra, Jeanne de Bellevilell, uno de esos chicos fue nuestro tatarabuelo, de Thibault y mío... Es probable que le hayan contado de ella, una de las más bellas aristócratas de Francia. A lord Oliver de Clisson, su esposo, le rebanaron la chola con una espada en…”
Y así sigue. ¿De dónde puede deducir Augustine que la mujer con la que Ann dice haber soñado es, con toda seguridad, la madre de su propio tatarabuelo? ¿Dónde está la lógica de esa conclusión descabellada? Ni siquiera si Ann hubiera oído hablar de ella alguna vez, como insinúa Augustine, se justifica que sea precisamente una antepasada suya el personaje con quien sueña la extraña a la que acaba de conocer.
Cuando un soldado holandés, muy amigo de Mary, descubre que ésta es una mujer, al desvestirla junto al médico que la atiende de una herida, Mary y el soldado idean un duelo para revelar su verdadero sexo. ¿Por qué? ¿No era acaso igual darlo a conocer en ese momento, sobre todo teniendo en cuenta la debilidad física de ella? Así se explica el episodio:
“Fingieron un duelo tomando como testigo al escuadrón. Nadie entendía aquella insólita disp**a entre dos camaradas, y más, recién acabado uno de ellos de padecer peligrosa convalecencia. Al final, el cadete Billy Carlton rodó por tierra burdamente, al tropezar con una piedra invisible, ante los atónitos soldados. Flemind Van der Helst, arrodillado ante ella y de una andanada, confesó el secreto” (p. 93).
No hay ninguna justificación para ese duelo inventado. Todo lo contrario, se trata de una escena completamente tonta e inútil.
Nuevos desaciertos se producen cada vez que los personajes se juzgan a sí mismos, como ocurre en esta reflexión del pirata Calico. Nótese que el discurso sigue el estilo de incoherencia narrativa que ya hemos visto antes: “Otra vez, susurró histriónico que enfrentaría a la sonsacadora Atropos, quien cortando el hilo de la infinitud, le juzgaría miserable, vil en su pulquérrimo y angosto egoísmo. Dedujo que quizás ésta sería la última vez que él ordenaría una matanza, oh, sí, qué miserable, oh, Dios, no podía continuar haciendo de las suyas, manicheando y bravuconeando a diestra y siniestra” (p. 179).
Así, el propio pirata Calico se juzga miserable y egoísta porque hace “de las suyas, manicheando [no he podido averiguar qué significa esa palabra] y bravuconeando a diestra y siniestra”.
Y aquí llegamos a otro lamentable aspecto: la pésima construcción de los protagonistas. En efecto, dos de los personajes menos consistentes de la novela son Ann y Jack Calico.
En la p. 126, ella se refiere a los negros que van a ser vendidos como esclavos, calificándolos de “malditos ruines”. De inmediato Calico Jack reprende “a su mujer por usar semejante expresión humillante” (por demás, algo sin sentido en un bandido de semejante calaña, pero dejémoslo ahí). Pocas páginas después, el propio Calico decide que si los negros padecen de alguna enfermedad, “lo más coherente sería entregarlos de cena a los perros salvajes” (p. 133). Inesperadamente, Ann declara: “No es justo […]. No lo admitiré. Por encima de mi cadáver”. Pero más tarde, cuando la tripulación se pregunta qué hacer con los negros, Ann —olvidando su anterior promesa de morir por ellos—, replica tranquilamente: “arrojadlos al agua” (p. 204).
El juicio que se le hace a los piratas peca también de errático. En la p. 223, el presidente de la corte, después de enterarse de que las mujeres están encinta, determina concederles el indulto. Pero en el párrafo siguiente, dicta “la momentánea culpabilidad de Ann Bonny y de Mary Read, quienes deberían guardar prisión hasta que pariesen sus criaturas y, para esas fechas, entonces podrían reanudar el juicio”. A menos que la palabra indulto tenga otra acepción que no sea “remisión de una condena”, “gracia por la cual se remite o se conmuta una pena”, o cualquier otro significado diferente, el dictamen anterior no tiene ningún sentido.
Después de narrar los sufrimientos en prisión y la muerte de Read, ocurre un desplazamiento súbito e inexplicable. De pronto, Ann está libre sin que haya ocurrido transición ni juicio alguno. Es así como ocurre. Mientras acompañaba a Mary, que agonizaba en la prisión:
“Ann no quiso despegar la mejilla de la de su amiga. Recordó, cobijando la yerta mano de Read entre las suyas, que ese día ella cumplía veintidós años.
“Mary Read podría haber cumplido treinta ese mismo invierno. Ann depositó un mazo de gajos de framboyán en la tumba. Cargaba una hermosa recién nacida en brazos, su segunda hija. Dio la espalda y se dirigió a la playa…” (p. 224).
¿Cómo es posible que ni la autora, ni el jurado, ni la editorial, se hayan percatado —y consecuentemente corregido— esta inexplicable traslación desde una celda, donde se espera un juicio, a una tumba cercana a la playa?
Imposibilidades físicas y meteorológicas en alta mar:
Cuando una escena ocurre en medio de un huracán que se acerca, del cual leemos descripciones como ésta: “empezó a caer una tupida llovizna que levantó del suelo mucho polvo y vapor achicharrante, arreció al punto una lluvia torrencial con ventolera; en la distancia, los nubarrones se tornaron de grises a oscuros. La cortina del aguacero cubría el horizonte. ¡Ciclón, viene el ciclón!, vocearon los lugareños” (p. 80-81), y a continuación se nos describe cómo alguien intenta alcanzar un barco pirata en medio de la “ventolera huracanada” y del “encrespado oleaje” (p. 81) para de pronto sorprendernos con la frase “el sol desapareció detrás de un nubarrón” (p. 82), uno se pregunta si la autora de estas líneas es esquimal y no tiene idea de lo que es un huracán o si simplemente ha perdido el más elemental sentido de la lógica.
Por otra parte, no creo que haya que ser un experimentado marino para saber que, si hoy resulta complejo el cálc**o de los desplazamientos en alta mar, debido a factores como las mareas, el viento o los fenómenos meteorológicos, mucho más difícil, por no decir imposible, debió ser calcular las distancias o la duración de un viaje a bordo de un velero pirata del siglo XVIII. Pero veamos cómo un pirata pronostica, con lujo de detalles, en qué momento preciso avistarán a un buque al que planean abordar. Días atrás, habían recibido el aviso de “un allegado del gobernador de La Tortuga”, quien afirmaba que un galeón español, procedente del Perú,
había pasado por México y se dirigía hacia aquellas aguas. Este es el diálogo entre Ann, quien hace la primera pregunta, y el capitán pirata:
“—¿Para cuándo el galeón?
“—Saqué mis cuentas según los días, las horas, las leguas, el trayecto… Exacto, lo que se dice exacto, mañana al amanecer.
“—¿Temprano, más o menos?
“—Al alba, aclarando.” (p. 116)
Casi me quedé esperando que el pirata añadiera la cantidad de segundos que faltaban para el encuentro.
Otro dislate, esta vez provocado por el mal manejo del lenguaje, ocurre en la p. 118, cuando se dice: “Por fin, gigantesco en la lechosa y cegadora luz de media mañana, irrumpió el galeón, portando el estandarte español”. Me siento un poco necio por tener que aclarar al lector que un galeón no puede “irrumpir” en medio del océano, porque “irrumpir” es “entrar violentamente en un lugar”.
Una violación absoluta de las leyes físicas del universo se produce en la p. 157, cuando un barco choca contra una roca que flota. Literalmente, el texto dice: “el galeón trastabilló, fallando en su rielar monótono; chocó con un fragmento flotante desprendido de una roca…”
Como colofón de esta innovadora historia, se narra que los piratas suelen comer su barco como si estuvieran en el Ritz Carlton de París, cuando ya se sabe que la ausencia de refrigeración no sólo imposibilitaba la abundancia y variedad de carnes, sino de frutas o legumbres frescas: “cenaron chicharrones de jabalí salvaje, bistecs de tortuga adobados con limón verde, ajos y cebollas en curtido; pepinos también en curtido, papas horneadas, y bebieron buen vino francés…” (p. 115); “como postre degustaron coquito rallado a la habanera y requesón” (p. 116); “recortó en rebanadas el salmigondi o salpicón, un cilindro compacto de res cocido en caldo de cebollas y ajos. Sirvió en los platos ribeteados en oro, añadió la guarnición de aguacate, tomate, pepino y pasta de frijoles colorados, aliñados con aceite de oliva y vinagre de sida. También preparó un tercer plato destinado a Read. Brindaron en copas espumosas de Mumme, la cerveza alemana…” (p. 168).
Me pregunto dónde se guardaría tan exquisita vajilla durante las tormentas, los asaltos y las batallas a cañonazos.
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2013-02-25 11:24:04 | Proezas literarias - Proezas literarias de Zoé ValdésMe apena pensar en los cientos de escritores (o aspirantes a escritor) que ingenuamente preparan y revisan sus manuscritos antes de enviarlos a premios como el Fernando Lara. Ya había aclarado que no estoy en contra de esos premios acordados de antemano para promover a un autor que pertenece a la editorial que los convoca, pero uno esperaría que, al menos, la obra premiada valiera la pena. Sin embargo, cuando el resultado es un producto como Lobas de mar no puedo menos que indignarme ante esa tomadura de pelo hacia los escritores, que presentaron sus obras, y hacia los lectores, que van a comprar un libro creyendo que se trata de una obra merecedora de un galardón.
No en balde tantas personas se quejan de la creciente pobreza de nuestras letras. Y aunque no me gusta pensar que la gran literatura se halla en vías de extinción, cada vez que una editorial tolera y promociona desastres literarios como éste, me siento tentado a creer que las letras hispanoamericanas están condenadas a un naufragio sin remedio.
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Muy cuidadosamente no incluye en su lista a Gabriel García Márquez, a Alejo Carpentier, a Lezama Lima o a Julio Cortázar. Y siendo --según dice ella misma-- pintora y poeta, tampoco a Neruda, Guillén, Benedetti, etc. ¡Lee a Platón, a Virgilio, Petronio y Homero! ¡Guao! Le faltó incluir "El Caballero de la Boina Roja" del Marqué de Sade.
El Diario de Adán y Eva no es un libro de Mark Twain, sino uno de sus cuentos cortos (Mark Twain, el genio de la literatura humorística y crítico de políticos y burócratas). Ella debía saberlo, ya que en Cuba fueron publicados sus Cuentos Completos cuando ella era funcionaria de los organismos de la cultura oficial.
¿En cual de los autores mencionados encuentra ella el lenguaje soez y vulgar que emplea en sus "obras."? En ninguno. Ella posee el don de la originalidad. Al mismo nivel que Borges, o quizá más alto.
Zacarías