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Gastón Baquero: Cuba y los requisitos de la OEA

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Ya sabemos a lo que los Castro llaman reformas y cambios. Llevan años quejándose de la  baja productividad, de los descuidos en el trabajo, de todo y de todo el mundo, porque al no poder negar la evidencia de la cadena de fracasos que su gobierno  presenta como balance, se entregan a su arte  o artimañas de siempre: alguien, no ellos, no el sistema periclitado y absurdo que se empeñan en mantener: alguien es el culpable del desastre.   

¿Cuáles son las reformas que está dispuesta a hacer la tiranía en Cuba? Aquellos cambios superficiales, de apariencia, que concedan cierta permisividad al pueblo en materia de conducta pública y privada. Cierta  libertad, bien vigilada, para el trabajo particular, para la iniciativa privada.    Quizás conceda reducir en parte, nunca del todo, el abominable régimen carcelario, el encarcelamiento por los motivos más fútiles (adquirir algo en bolsa negra para paliar el hambre, ocultarle al Estado la producción agrícola, la aviar y la ganadera), mejoramiento de las condiciones  terribles de las cárceles y centros de detención y retención de los ciudadanos, y alguna otra concesión más que toque a la cadena, pero no al mono.

¿Libertades políticas? Las menos posibles. Ahí está el centro de la permanencia eterna de los Castro en el poder. Pueden ofrecer un referéndum para ampliar la Asamblea Popular, permitiendo a algún partido opositor presentar candidaturas. Así, no se podrá hablar más de partido único ni de grotescas parodias de elecciones libres.  Piensa posiblemente Castro que con ese referéndum quedarán contentos y tranquilos los países latinoamericanos y los Estados Unidos.  Algo de eso se  estaba cociendo entre Bush padre y Gorbachov cuando se produjeron dos hechos que estropearon  la combinación: la caída fulminante de este último y la Guerra del Golfo. ¿Adoptaba Castro el plan? No tenía más salida, porque la URSS necesitaba a toda costa librarse del gasto anual que le producían la inepcia interna y el aventurerismo internacional de Fidel Castro. Era un “lo toma o lo deja”, un cinchete, que decían  popularmente.

Que ese referéndum, paso previo para más adelante pasar a reformas más amplias, hubiera significado libertad de opinión, libertad de prensa y de los medios de comunicación, es cosa más  peliaguda, porque el mono puede permitirse aflojar o eliminar ciertos eslabones de la cadena, pero  nunca abrir las puertas para que entren la Libertad y la Verdad y se le arrojen al cuello hasta estrangularlo.

¿Conceder elecciones controladas, como las que hacían Trujillo, Somoza y Stroessner o el PRI mexicano? Es dudoso que los hermanos Castro se permitan soltar la silla por un tiempo. Títeres no les faltarían, pero los dictadores saben que en esto de perder el poder, como decía Quevedo, del bailar y del comer, “todo es empezar”.

Es urgente que el exilio engavete las discrepancias y las aspiraciones individuales o de grupo, y  confeccione un Pliego de Exigencias Mínimas para la aceptación de las condiciones que la OEA pueda presentarle a los Castro. Ese pliego debe servir también como norma para la aceptación  norteamericana de los planteamientos de la OEA. Si se puede conseguir que el monstruo, acosado  por su situación, acepte un alto por ciento de las exigencias del Pliego, podemos darnos por  satisfechos.  No porque con eso termine la lucha contra el régimen, sino porque el pueblo de Cuba habrá ganado un paso importante hacia la libertad.

Que no salgan los maximalistas diciendo airadamente: con los Castro no hay nada que tratar, ni por medio de la OEA ni por ningún otro mediador: ¡a Castro lo que hay  que hacer es matarlo! Sí, muy bien, ¿pero quién y cómo se le mata?

Una versión más amplia de este artículo apareció en 1994. Cortesía de El blog de Montaner

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