Y --como reza una vieja canción-- por una de esas cosas raras de la vida, en el Caribe también se contaba con una deidad análoga a la del Mediterráneo: Huracán, quien en la mitología maya era el dios del fuego, del viento y de las tormentas. Era representado con aspecto de reptil y cola de serpiente, además de portar una especie de antorcha. Entre los taínos el nombre del supradicho significaba "centro del viento".
Con todos estos antecedentes, por supuesto que no deberíamos de esperar nada bueno de los ciclones tropicales, huracanes o tifones (en el Pacífico) o como se les quiera llamar.
Aunque la temporada ciclónica del Atlántico Norte comienza el primero de junio y se extiende hasta el 30 de noviembre, desde mucho antes comenzamos a ser azotados por las ráfagas de los pronósticos, que a diferencia de las del fenómeno meteorológico, sí giran en el mismo sentido de las manecillas del reloj.
Los modernos augures cuentan con los adelantos de la ciencia contemporánea, pero no por eso hay que exigir que sus predicciones sean más precisas que las de las pitonisas del Oráculo de Delfos. No hay que ser tan extremistas: reconozcamos sus aciertos y no sus errores, que el arte de la adivinación es un pájaro que vuela muy alto.
Ahora bien, como hemos visto, los presuntos responsables de las catástrofes meteorológicas eran del sexo masculino, al igual que Eolo, el señor de los vientos, y los dioses que el dominaba: Boreas, Noto, Cefiro y Euro, por sólo mencionar los principales. Entonces, ¿por qué desde los años cincuenta y aproximadamente durante tres décadas, el listado de las tormentas tropicales (en sentido genérico) por orden alfabético, que se repite cíclicamente cada seis años, sólo incluía nombres femeninos? Esta injusticia fue reparada en 1979, cuando ante los reclamos de una organización defensora de los derechos de la mujer --que llegó a proponer que para tal propósito se utilizaran los nombres de los miembros del Senado federal-- el Centro Nacional de Huracanes de los Estados Unidos acordó utilizar también apelativos masculinos en la lista correspondiente al Atlántico Norte y el Golfo de México.
Empero, a pesar de que aparentemente la Meteorología y los asuntos de género no tienen nada que ver entre sí, de nuevo vuelven a relacionarse. Resulta que para la próxima temporada ciclónica, que ya toca a las puertas, la Universidad de Colorado, especializada en este tema, emitió un pronóstico contrario a la tendencia que en los últimos tiempos y en consonancia con las teorías apocalípticas y escatológicas en boga, cada vez nos predecía más y más fuertes y mortíferos eventos meteorológicos. Para el 2012 se espera una temporada menos activa.
La noticia es muy buena, y las causas se le atribuyen a El Niño (una corriente de agua de temperatura más alta que la que le rodea y que se mueve desde la parte occidental del Pacífico hasta las costas de América del Sur). Este evento provoca fenómenos atmosféricos en diversas zonas del planeta. Pero no resulta agradable pensar que si en lugar de El Niño se presentara La Niña (una corriente de agua de temperatura más baja), ocurriera lo contrario. ¿No sería mejor rebautizar estos eventos con otros nombres? Quizás así, cuando oigamos silbar el viento, no tengamos que remitirnos a lo políticamente correcto. Recordemos que ninguna deidad femenina está involucrada.
¡Ah!, esos insondables enigmas de la existencia...
Salve.
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