Sea o no cierta la anécdota, cien años después los monstruosos niños de mi generación continuábamos sufriendo el fuetazo lírico de don José María, sin comprender del todo su inquietante urgencia de que le templaran la lira para acometer el poema: “Templad mi lira, dádmela, que siento en mi alma estremecida y agitada arder la inspiración…”. Y así seguía, interminable, su catarata poética, a lo largo de un rumoroso laberinto que llevó a la poesía romántica a su más alta cima y a mí a la dolorosa convicción de que la poesía romántica era inaguantable.
Ciertamente, después de un ciclón, pero a tiempo para ver la asombrosa destrucción provocada, viendo las casas destruidas, las cosechas anegadas, los animales sueltos; viendo a miles de hombres y mujeres tiritando, hacinados en refugios improvisados, alimentándose de la caridad y la abnegación, uno se pone contrito y a punto de perpetrar una oda. A punto, sólo a punto, porque hace años que uno renunció a la tentación de escribir poesía, tener pelo y leer a Alejo Carpentier. No teman: no hay poema. Pero tendrán que soportar la atropellada reflexión, bien prosaica, o sea, en prosa, de que la organización de la sociedad, basada en nuestras minúsculas disputas, es absurda.
Lo razonable es organizarse en función de darle la batalla a la naturaleza, nuestra enconada enemiga, que nos ataca y mata con plagas y epidemias, con infecciones, con agua o con sequías, con derrumbes, terremotos, deshielos y congelaciones, con virus v microbios mutantes, tenazmente resistentes a nuestros intentos homicidas. Frente al ciclón nuestro reñidero ideológico pierde todo relieve. Las novelas de Marx y las de Keynes, el tururú retórico de las “filosofías” antagónicas, no guardan la menor proporción frente al inmenso reto de la naturaleza (iba a escribir inconmensurable, pero ya eso es pasarse de arrebato lírico.) Pese a todos los síntomas de civilización, pese a nuestra insolencia cultural, el enemigo, el único enemigo, sigue siendo esa ciega y sorda fuerza que mueve mares y tira montañas sin ningún propósito discernible. Esa extraña fuerza “rellenaría un valle con el cadáver de la humanidad para ver transitar a una hormiga”, como escribió el colérico González Prada en un arranque de desesperación existencial.
Miles de años, millones de años después de haber domado la palabra hasta el prodigio de la conceptualización, apenas estamos donde empezamos. Un simple manotazo de agua o aire, un volcán que revienta, la falla tectónica que se asienta, ponen en peligro el apenas implantado universo de los hombres. Si la sensatez fuera una característica de la especie, toda la organización social estaría concebida para dar la única batalla trascendente, la vieja batalla, contra una naturaleza que nos acosa, y que algún día acabará por liquidarnos.
Una versión más amplia de este artículo apareció en “De la literatura considerada como una forma de urticaria” (1980). Cortesía http://www.elblogdemontaner.com/
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