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Ángel Lago V: Discusiones bizantinas

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ANGEL LAGO

En el Bizancio medieval (antigua Constantinopla y hoy Estambul) los teólogos pasaban interminables jornadas en discusiones, que a veces se prolongaban por años, sobre cuestiones tan etéreas como el número de ángeles que cabía en la cabeza de un alfiler. Doy por descontado que aun hoy no se habrían puesto de acuerdo.

Por cierto que el arte de la dialéctica proviene de épocas muy antiguas. Remitámonos a los griegos: Los sofistas --no en la acepción primigenia de la palabra sino en la peyorativa-- pretendían embaucar con falsos argumentos, aparentemente bien formulados.

Sócrates desarrolló un método irónico --vinculado a  la mayéutica-- en la creencia de que el conocimiento del dialogante se basaba en prejuicios y de que formulándole las preguntas adecuadas  éste pudiera encontrar respuestas por sí mismo. Dicho de otra manera: la búsqueda de la verdad mediante el interrogatorio directo al interlocutor. Método más que probado, pues bien sabido es que quien pregunta está al ataque, y el que responde, a la defensiva.

Con el respeto debido a Aristóteles y a Ortega y Gasset, yo diría que el hombre, además de ser un animal político, puede ser también un animal discursivo; y que no solo es él y su circunstancia, sino también su discurso.

Es preciso tener en cuenta que la palabra discusión, que proviene del latín, significaba agitación compleja, convulsión, empuje y golpe. Por fortuna, hay otras formas más “dulces” y no todas terminan así.

Veamos: ¿Qué utilidad tiene tratar de convencer a alguien con argumentos más o menos fundamentados? Siempre habrá un resquicio mental para aferrarse a lo contrario, por irracional que pueda parecer.

Ya sabemos que en cuestiones de política y de religión ni modo: no hay manera de ponerse de acuerdo. Yo añadiría el deporte.

¿Los debates políticos?  Allí no se busca convencer a los rivales u oponentes, sino a los votantes. La verdad es algo que a no dudarlo cae de lleno en el terreno de  la relatividad. ¿Quiere una fórmula infalible para saber cuándo un político es sincero y dice la verdad, o al menos cree decirla? Pues bien: cuando hable mal de sí mismo y bien de su contrincante. No faltará quien piense que habrá que esperar hasta las calendas griegas, y no dejan de tener razón, aunque quizás valga la pena.

Pero no crea que propugnamos la inutilidad de un ejercicio que indudablemente permite la catarsis y la liberación de demonios interiores, aunque no se convenza a nadie. Hablar, dialogar, exponer, y si quiere, discutir --con moderación--, puede ser una vía  que proporcione la sensación de una liberación existencial.

Olvídese de los Siete sabios de Grecia, de Leibniz, de Nietzsche, de Ortega y Gasset, de los ultraperspectivistas  y de tantos otros. Usted sentirá que un debate no tiene sentido sólo si considera que su objetivo es convencer a su interlocutor de la justicia de sus razonamientos  (de usted). Si lo toma como un ejercicio de catarsis, de expulsión de demonios interiores (considerados como mediadores entre la Divinidad y la Humanidad), entonces todo cobra sentido, experimenta una liberación existencial. A dormir a pie suelto, en contubernio con la felicidad.

¡Ah, esas discusiones bizantinas...!

Salve.

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