Por cierto que el arte de la dialéctica proviene de épocas muy antiguas. Remitámonos a los griegos: Los sofistas --no en la acepción primigenia de la palabra sino en la peyorativa-- pretendían embaucar con falsos argumentos, aparentemente bien formulados.
Sócrates desarrolló un método irónico --vinculado a la mayéutica-- en la creencia de que el conocimiento del dialogante se basaba en prejuicios y de que formulándole las preguntas adecuadas éste pudiera encontrar respuestas por sí mismo. Dicho de otra manera: la búsqueda de la verdad mediante el interrogatorio directo al interlocutor. Método más que probado, pues bien sabido es que quien pregunta está al ataque, y el que responde, a la defensiva.
Con el respeto debido a Aristóteles y a Ortega y Gasset, yo diría que el hombre, además de ser un animal político, puede ser también un animal discursivo; y que no solo es él y su circunstancia, sino también su discurso.
Es preciso tener en cuenta que la palabra discusión, que proviene del latín, significaba agitación compleja, convulsión, empuje y golpe. Por fortuna, hay otras formas más “dulces” y no todas terminan así.
Veamos: ¿Qué utilidad tiene tratar de convencer a alguien con argumentos más o menos fundamentados? Siempre habrá un resquicio mental para aferrarse a lo contrario, por irracional que pueda parecer.
Ya sabemos que en cuestiones de política y de religión ni modo: no hay manera de ponerse de acuerdo. Yo añadiría el deporte.
¿Los debates políticos? Allí no se busca convencer a los rivales u oponentes, sino a los votantes. La verdad es algo que a no dudarlo cae de lleno en el terreno de la relatividad. ¿Quiere una fórmula infalible para saber cuándo un político es sincero y dice la verdad, o al menos cree decirla? Pues bien: cuando hable mal de sí mismo y bien de su contrincante. No faltará quien piense que habrá que esperar hasta las calendas griegas, y no dejan de tener razón, aunque quizás valga la pena.
Pero no crea que propugnamos la inutilidad de un ejercicio que indudablemente permite la catarsis y la liberación de demonios interiores, aunque no se convenza a nadie. Hablar, dialogar, exponer, y si quiere, discutir --con moderación--, puede ser una vía que proporcione la sensación de una liberación existencial.
Olvídese de los Siete sabios de Grecia, de Leibniz, de Nietzsche, de Ortega y Gasset, de los ultraperspectivistas y de tantos otros. Usted sentirá que un debate no tiene sentido sólo si considera que su objetivo es convencer a su interlocutor de la justicia de sus razonamientos (de usted). Si lo toma como un ejercicio de catarsis, de expulsión de demonios interiores (considerados como mediadores entre la Divinidad y la Humanidad), entonces todo cobra sentido, experimenta una liberación existencial. A dormir a pie suelto, en contubernio con la felicidad.
¡Ah, esas discusiones bizantinas...!
Salve.
| < Anterior | Siguiente > |
|---|


