Labrador tenía una obra más intensa que extensa: 12 libros publicados y media docena inéditos. Era, sin duda, uno de los más importantes escritores cubanos. Y probablemente el más cubano --en su literatura-- de todos ellos. Por la literatura cubana contemporánea pasa una raya misteriosa que divide a los autores en vitales y cerebrales. Si pudiera probarlo --no puedo-- me gustaría decir que unos son escritores y otros son literatos. Novás Calvo, Montenegro, Labrador Ruiz, serían los escritores vitales. Lezama, Carpentier o Sarduy serían los literatos cerebrales. Cabrera Infante se bambolea en medio de la cuerda. Esa raya pasa también por la prosa suelta: los escritores tienen un largo oficio de periodismo y en consecuencia una lengua ágil y transparente. Los literatos se encandilan con la estética barroca y escriben, fundamentalmente, en revistas de élite. Pero, insisto, soy incapaz de ahondar en esa observación: hay mil matices y excepciones que acabarán por embarullarlo todo.
Y bien: iba a entrevistar a Labrador. Y no podía hacerlo de un modo lineal. Labrador hablaba inconteniblemente. Contaba anécdotas, decía cosas ingeniosas, se abismaba en temas difíciles. Todo esto lo hacía a la vez, como un mago de la palabra. Yo lo he visto en una librería madrileña deslumbrar a una peña de indeslumbrables literósofos. He visto el raro espectáculo de un mano a mano entre Labrador y Gastón Baquero, otro hablista colosal, en medio de un restaurant madrileño, y he notado cómo se apagaban las voces en las mesas circundantes con el evidente propósito de oírlos. A los postres, increíblemente, hubo aplausos en el restaurant. Esto, en un país de “palabreros y memoriosos”, como decía Baroja, era insólito. Lo que ocurre es que el insólito era Labrador Ruiz. Por eso resultaba tan difícil entrevistarle.
Una versión más amplia de este artículo apareció en “De la literatura considerada como una forma de urticaria” (1980). Cortesía http://www.elblogdemontaner.com/
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