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Ángel Velázquez Callejas: Una metáfora del aprendizaje

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Si desde dos magnitudes temporales se abordase un sistema, físico o social, y se buscara la correlación correspondiente entre ambas longitudes, la  reciprocidad sería, según la filosofía política,  el concepto subyacente con que el pragmatismo sistémico se llevaría a cabo. Pero no siempre sucede así. En este sentido pudiera, por una parte, aportar cierto contrapunto en el cual se separarían, obviamente en apariencia, ambas magnitudes en posiciones contrarias (y por qué no, en el sustrato oculto pudieran atraerse mediante el lenguaje del mutuo entendimiento). En esta última analogía pudiéramos estar bajo la presencia de una metáfora del aprendizaje, cuyo modelo de colaboración estaría incidiendo muy paradójicamente en la elaboración de una imagen, pragmática desde luego, sobre determinadas relaciones e intercambios sociales que no se ven a simple vista.

Si como afirma Louis Pérez en su libro On Becoming Cuban, en la década del 50 del siglo XX la cultura cubana estaba supeditada de modo inevitable a relaciones de “dependencia” de la cultura  estadounidense, no deja de ser cierto, y sería bueno destacarlo, que la imagen “del niño que comienza a montar en bicicleta” no sólo fue una metáfora creada por Estados Unidos hacia Cuba, sino también en la relación de Cuba hacia Estados Unidos. En las relaciones Cuba-Estados Unidos el intercambio cultural funcionaba también mediante la necesidad de corroborar un conocimiento no adquirido en el orden político y cultural. Por eso muchos intelectuales que han estudiado esa época afirman que en el pueblo cubano no corría la seguridad  de un sentimiento nacional en el orden político.  

Los cambios producidos según las metáforas que dieron lugar a la construcción de una imagen imperial por parte de Estados Unidos sobre Cuba se tradujeron en un asombro  histórico y empírico corroborado como la forma imaginaria de pensar la política norteamericana. Esto pudiera ser verdad, pero la llamada “subordinación” acarrea un problema de fondo aún por estudiar. Para mí depende de Cuba y se debe a la otra imagen oculta que está por desentrañarse: el aprendizaje con el cual estuvo dispuesta Cuba a colaborar.

En Cuba in the America imagination: metaphor and the imperial ethos, estudio sobre las relaciones Cuba/ Estados Unidos también del historiador Louis Pérez, el aprendizaje como metáfora queda fuera de la investigación. Y esto recalca una vez más que el pensamiento historiográfico cubano sobre el tema de las relaciones Cuba/Estados Unidos trabaja con categorías ya establecidas de antemano.

Al no ver esta relación metafórica bajo los designios del aprendizaje (Cuba para Estados Unidos es la imagen de una mujer, de un vecino, de la fruta madura, del niño que comienza gatear), me surge la siguiente duda (a partir de las conclusiones del excelente texto de Darsi Ferrer Hacia la verdadera independencia de Cuba):

¿Está o estará preparada la nación cubana para asumir una verdadera independencia en todos los órdenes de la vida social y económica, y hacer olvidar a Estados Unidos sus pretendidas metáforas?  La duda me surge porque ese apadrinamiento extendido a que se refiere Darsi muy acertadamente en varios momentos del texto pudiera estar constituyendo, al mismo tiempo, el valladar fundamental por el cual se ejerce la dependencia, lo cual para mí constituye un arquetipo  ya establecido en el inconsciente de la mentalidad colectiva cubana. En este caso, según veo, la lucha no es por la independencia, sino por la dependencia al mejor postor en función del desarrollo objetivo y democrático del país, si es que estas categorías tienen valor funcional en lo político: la “dependencia” es una mentira para justificar el aprendizaje, la correlación de intercambios necesarios a la que estuvo abocada subrepticiamente la nación durante más de 50 años.

Y esta no es una idea anexionista o que pudiera visualizarse como tal, sino más bien un aprendizaje al cual habíamos acudido ya desde principios del siglo XX. Debido a nuestra ignorancia política, nacionalista, nos apartamos del rol esencial en función de levantar una nación próspera y democrática. O sea, seguir imaginando una nación en los términos de independencia no será en lo efectivo un concepto social que se avenga adecuadamente a estos momentos políticos y sociales. En este mundo de globalización mediática no cabe ya el concepto de independencia. ¿De qué seremos independientes?

En fin, creer que Cuba está preparada para la independencia  –lo ideal, por supuesto, en términos utópicos-- en los tiempos que corren deja un vacío existencial de fondo. Tendríamos mucho que aprender porque la identificación, en una larga duración ya corroborada, con el concepto “independencia” ha desembocado, paradójicamente, en la dependencia al peor postor. Y no se trata de una cultura, sino de los postulados pragmáticos de la vida, de economía y política. Hemos estado conceptualizando algo en cuya base no hay pragmatismo. Los tiempos han cambiado, y los conceptos también. Para mí el cambio sería del concepto independencia al concepto aprendizaje. Entonces la metáfora del diferendo concluirá.

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