Llegó y se fue lleno de pánico. Miraba de perfil, como con miedo. Confesó que se había drogado para el “encuentro”, más o menos como los boxeadores. El caso era ganar la pelea, triunfar en el combate contra el micrófono, el público, los anfitriones y, por encima de todo, contra su implacable timidez. La liturgia del conferenciante se le negaba. A poco derrama el agua; se tragaba las palabras; trastrocaba las páginas. En un rincón, yo me acordaba del orador de “Las sillas”, de Ionesco.
¿Por qué invitan a hablar a los escritores? Tal vez sería mejor invitarlos a escribir (los gringos lo hacen: “writer in residence” se llama la bendita sinecura). Una especie de pecera, y adentro el plumífero emborronando cuartillas. A ciertas horas, el público pudiera observar cómo el héroe se rasca o se mete los dedos en la nariz mientras escribe. O tal vez, abuchearlo cuando rasga una hoja lamentable, o aplaudirlo cuando concluye otra, entusiasmado. Pero eso de hablar-en-público es, a veces, una innecesaria crueldad.
El peruano González Prada, que escribió los más fogosos discursos del siglo XIX, tenía un secretario que los leía en voz alta. Don Manuel había llegado a la conclusión de que su timidez y su voz de pito no congeniaban con el estruendo ideológico del anarquismo, y alquiló unas cuerdas vocales para burlar la contradicción. “El medio es el mensaje”, pudo adelantar el patricio, arruinándole el hallazgo a McLuhan...
Pero a pesar de sus terrores, el experimento de (con) Onetti salió bien: su humildad, su desamparo frente al micrófono y su sentido del humor salvaron la situación. Lo que contó de su vida resultó interesante. El público sintió una corriente de invencible simpatía hacia el novelista uruguayo. Estuvo presente el mismo fenómeno que induce a aplaudir al tenor cuando se le escapa un gallo, o a la soprano cuando vuelve a intentar la estratosférica nota. El respetable se hizo solidario.
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