Miércoles 19 de Junio

Actualizado 06:53:30 AM EST

Usted está aquí: OPINIÓN Neo Blogs Carlos Alberto Montaner: Los bordes de nuestro tiempo


Carlos Alberto Montaner: Los bordes de nuestro tiempo

  • PDF

1_MONTANER

Pitigrilli (Dino Segre) murió en 1975. Increíble, puesto que se debió haber muerto veinte años antes, con su mundo. Pitigrilli desertó de su generación. Siguió vivo contra las estadísticas. Meses antes, Kerensky, el socialdemócrata que perdió el poder frente a los bolcheviques en el año remoto de 1917, decidió, al fin, morirse. Hacía ochenta años su nombre era pasto de las polillas en las bibliotecas, pero regateó con los gusanos casi un siglo.

Hay algo patético en las vidas extraordinariamente largas. El novelista Alberto Zamacois, en una entrevista concedida poco antes de su muerte, con casi cien años de edad, se quejaba de no conocer a nadie. Azorín pedía la muerte a gritos. Baroja, que se pasó la vida aburrido, y que como contraste escribió unas novelas llenas de aventuras, confesó que sus últimos años fueron especialmente tediosos; lo mismo: su mundo se le había muerto. A Ortega hay que añadirle que la circunstancia a veces se le muere a uno, y entonces nos quedamos en el aire. “Yo soy sólo yo, puesto que mi circunstancia, la pobre, murió de vieja”, pudo decir Pitigrilli, que tenía suficiente sentido del humor para decir estas cosas. Pero en el fondo de su alma arrugada habría sentido cierto escalofrío. Envejecer no sólo es una humillación, como dijera Borges con su inevitable gusto por la metafísica, sino una lata, como dice mi portera, y envejecer más de la cuenta una verdadera tragedia.

Ocurre que uno sólo es capaz de vivir, o influir, dentro de cierto perímetro vital, más allá de cuyos límites no se nos toma en serio. Le ocurrió a Bertrand Russell, a Sartre y, por supuesto, a Pitigrilli. Es muy sencillo: los hombres egregios, o simplemente temidos, para ser estas cosas necesitan la colaboración de sus contemporáneos. Necesitan la complicidad de sus circunstantes --qué buen neologismo para avalar la mitología. Luego el coro se les muere, y aquellos rasgos indiscutibles se emborronan, y sus ideas, antes claras, se desdibujan o sencillamente se ignoran. Es obvio: sólo se es importante en el propio tiempo de uno. Después se puede ser famoso --como Russell-- pero no importante. Esto tal vez sea brutal e injusto, pero es exacto.

La ancianidad de Odria en Perú, o de Rojas Pinillas, en Colombia, tratando inútilmente de hacerse oír, era un espectáculo penoso. Uno y otro eran supervivientes de épocas biológicamente superadas. Sus mundillos particulares habían muerto. La gesticulación de ambos acabó siendo grotesca. Exactamente igual que la de Tito, con sus partisanos octogenarios, totalmente incapaces de comunicarse con las jóvenes generaciones de croatas, servios, montenegrinos, que nada sabían ni querían saber de la guerra y no tenían enfrente al salvador de la patria y mantenedor de la unidad, sino a un extraño generacional inevitablemente anacrónico.

Esta fatalidad biológica se ha adueñado del destino de las ciencias a un ritmo más vertiginoso que en literatura o política. A las primeras generaciones de computadoras nadie que se respete les mira la cara. Los inventos, como las moscas de laboratorios, viven veinticuatro horas, de mutante en mutante. Es la locura de la “obsolescencia”, horrorosa palabra definitivamente enquistada en el idioma. La “obsolescencia” cuando llega al arte y al artista es dolorosa, porque a fin de cuentas las computadoras no aspiran a la inmortalidad, y los artistas, aunque lo nieguen, no buscan otra cosa. Hay libros de Ortega que mantienen intacto su valor, sólo que Ortega, en su circunstancia, tenía un vozarrón poderoso, y fuera de ella apenas susurra, aunque recite el mismo texto.

El tema es muy espinoso. Nadie sabe exactamente cuáles son los bordes de su tiempo, pero en poder precisarlos radica también la prudencia. Pitigrilli --que, claro, es el objeto de estas reflexiones-- no debió culpar de ingratitud a las jóvenes generaciones que lo ignoraron. Debió contentarse con el aprecio de la suya, y luego desvanecerse.

Una versión más amplia de este artículo apareció en “De la literatura considerada como una forma de urticaria” (1980). Cortesía http://www.elblogdemontaner.com/

Comentarios (2)
+/- Escribir comentario
Tus detalles de contacto:
Comentario:
  • Dunga
    genial!
  • Manuel
    Muy bien escrito ! siempre que leo algo de Montaner me quedo con sabor a poco , ademas una idea que desarrolla que jamas me habia pasado por la mente y creo que esta en lo cierto.
More articles :

» Carlos Alberto Montaner: El espíritu social de los cubanos

» Otra vez adiós, la mejor novela de Carlos Alberto Montaner

» Carlos Alberto Montaner: Literaturas latinoamericanas

» Carlos Alberto Montaner: Anatomía de un intento de asesinato de mi reputación

» Carlos Alberto Montaner: ¿Por qué invitan a hablar a los escritores?