Los checos, los húngaros, los polacos, los búlgaros, y por delante de todos la Alemania del Este, venían arrancándole a Moscú, año tras año, parcelas de independencia económica. Lo que se popularizó con el nombre de perestroika era practicado años antes en Checoslovaquia con el nombre de Prestavba. Y basta con echar una ojeada a una información eficiente sobre la política monetaria y comercial de Hungría, por ejemplo, para comprender que algo muy serio venía cambiando en toda aquella zona del mundo desde antes de la aparición de Gorbachov.
Él lo que hizo fue dinamizar, activar, acelerar el proceso. No se advertía en el mundo lo que ocurría, por la supervivencia de la mentalidad estalinista, enemiga radical de la información y de la exposición clara de los hechos y de los propósitos. Existía una perestroika, pero faltaba información precisa, faltaba claridad, transparencia en las noticias, lo que llaman los rusos “glasnost”. Es muy probable que Gorbachov actuara por temor a que los satélites se le fuesen de la mano a Moscú. De todos modos inauguró valientemente el propósito de no seguir ocultándolo todo, al reconocer ante el mundo que los soviéticos habían tardado más de veinticinco días en informar de un suceso de interés mundial, un suceso grave, como fue el accidente de Chernobyl. Esa actitud aperturista del nuevo jefe era una reprimenda y una desautorización al viejo aparato tenebroso, siniestro y amenazador que regía al Estado desde los tiempos de Lenin.
La claridad en la información, la glasnost, fue aplicada de veras en los medios de comunicación. En Pravda y en Izvestia hubo una verdadera revolución, y no faltó el forcejeo entre los partidarios de abrir las ventanas y los partidarios de mantener cerrada la fortaleza a cal y canto.
La Rusia arcaica, que fue continuada y hasta aumentada en sus misterios y sombras por la revolución del 17, se resistía a morir. Mientras la perestroika era un proceso casi anónimo, llevado lentamente en silencio y casi en secreto, al extremo de que hechos de tanta significación como la solicitud húngara de ingresar en el Fondo Monetario Internacional fueron silenciados, los reacios a cambiar se mantenían más o menos tranquilos. Pero ante la glasnost comprendieron que les resultaría imposible detener la perestroika, que avanzaría hasta sus últimas consecuencias económicas y políticas. Rasputín, como Drácula, huía de la luz. Ambos intentaron la inútil maniobra de retrasar la salida del sol.
Una primera versión ampliada de este artículo apareció en 1990. Cortesía El Blog de Montaner
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