Todo el mundo usa la mente subconsciente. Sirve de mucha ayuda en el mundo de la competición, del poder y el ego, pero arruina el crecimiento espiritual, el “reino de Dios”. De estar consciente el mundo entero, la mentalidad no trabajaría bajo el “poder del subconsciente”.
El subconsciente solo ocupa un reducido espacio dentro del enorme que constituye el inconsciente, otra falsa idea. El subconsciente resulta una categoría social, lo crea la sociedad y el objetivo, entre otros, es la publicidad, la propaganda, la atracción por lo mundano e incluso por el “reino de Dios”, cosa natural y válida en estos tiempos. Por eso sus poderes se limitan a la acción cotidiana, a la práctica objetiva del diario vivir. Esos poderes, como la mimetización de ideas, resuelven un montón de problemas sobre la sociedad, pero al mismo tiempo crean otros mucho más insolubles.El subconsciente viene a ser una forma de ayuda a la política. Por ejemplo, una palabra repetida incesantemente –“socialismo o muerte”-- crea el subconsciente socialista, dado a la penuria y a la muerte. La frase arraiga en una parte del inconsciente creando una imagen. Es como una esponja con ribetes de acumulación y absorción. No existe el subconsciente, pero se crea a imagen y semejanza de una idea ficticia. Y funciona más para esclavizar que para liberar.
Debido a este subconsciente, a esa creencia, la humanidad ha sido esclavizada por una ficción a una magia. Puede que consigamos prosperidad, como asegura Joseph Murphy, en proporción a los pensamientos deseados (dinero, casa, poder, carácter, paz, espiritualidad, Dios) pero será en forma posesiva, agresiva. Medios para expresar poderes. ¿Y a quién no le gusta el poder? ¿A quién no le gusta sentirse poderoso exhibiendo sus conquistas? ¿A quién no le gusta llegar a donde no llega nadie? Esa es la naturaleza mágica del ser humano, la misma naturaleza explicada en Cien años de soledad. El subconsciente despliega al final una soledad absoluta; un espacio desértico, vacío, convirtiéndose en una prueba más que delata las ansiedades de poder del ser humano sobre los otros. Al final, a través del subconsciente, se busca el poder mediante cosas.
Quien venda esta categoría social como una sanación espiritual es un artífice del maquiavelismo moderno. Ha sido de esta manera que la realidad ha aparecido como mágica, ficticia, inicua, miserable y rutinaria. Es así como también ha surgido la idea de que “la vida humana es una derrota”. El Quijote lo dice: “Muchas mentes son creadas; muchas mentes son esclavizadas”.
La mente subconsciente no tiene poder, pero aun así es muy poderosa. No tiene poder para dar alas, para crear un jardín, para devolverle al hombre lo natural, pero sí para forjar la derrota humana que todos conocemos. El subconsciente nos sustituye a menudo, nos usa corrientemente, como si fuera un titiritero. Pero la mente subconsciente no es intrínseca a la naturaleza humana, sino una invención incorporada para ganar poder y astucia. Es lo que se ve en todas partes: tan refinada, culta y sutil, ella oculta al hombre entre letreros y pantallas. Si queremos saber algo sobre la mentalidad del hombre moderno no hay que ir muy lejos: nada más revisemos minuciosamente un anuncio de cualquier cosa y allí encontraremos sus propiedades subconscientes.
El subconsciente contiene una idea falsa sobre la vida. Pero esa falsedad ha servido de alguna ayuda. Demuestra algo muy simple: que el hombre todavía no puede andar por raíles propios. El hombre tiene que ser ayudado; y en esa idea de la ayuda (forma de paternalismo), de la cooperación, aparecen el poder y la política. Aparece el ansia loca por el uso y abuso del poder. El subconsciente es una mentira que se vuelve real y mágica. Todo en cuanto al subconsciente es una forma de magia más. A no ser que el hombre supere el estado mágico de su realidad, el subconsciente seguirá constituyendo un soporte social, pero no espiritual. Un soporte, por supuesto, para que el hombre se mueva entre penumbras y escombros.
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