“¡Me importa un carajo!”. Al decirlo aumentó varios tonos la inflexión de la voz en la última palabra y, al parecer no satisfecho aún con el efecto, lo repitió sonoramente ante la mirada atónita de los allí reunidos: “¡Sí! ¡Para que me entiendan bien, en castellano castizo: Un carajo!” Súbitamente no pudo dejar de pensar que entre los congregados no faltaban algunos que presumían de ser peritos en el uso del lenguaje. No sin cierta sorna se le ocurrió que quizás --para darle fuerza a su exposición-- debió enumerar términos más o menos equivalentes, como “un comino”, “tres pepinos” o el de más rancio linaje “un bledo”.
Pero rápidamente abandonó la idea: ¡carajo!, esa era la palabra precisa, completamente aplatanada, con innegable carta de ciudadanía tropical, huracanada, bautizada desde el palo mayor de un navío pirata, con perfume de doncellas y aroma de aguardiente salitroso.
Miró alrededor: ¿Eran los circundantes los mismos sujetos de siempre? ¿Era esa reunión distinta de aquellas infinitas en las que había participado? ¿Era ese el perenne y agobiante discurso de todas las ocasiones? Como no encontró una respuesta inmediata, lo invadió la confusión; pero lo que más le molestaba era su falta de originalidad: sí, ciertamente, cuando percibió una ligera sacudida en el hombro y en medio del sopor se sintió increpado --“¡Por favor! ¿Está usted durmiendo?”--, no dudo en contestar, más bien de manera automática, aún sin plena conciencia de lo que acontecía: “¡No! No estoy durmiendo: ¡estoy dormido!”.
Las risas que se desataron a continuación acabaron de despertarlo, aunque dudaba de que el matiz de diferencia entre una frase y otra hubiera sido captado por los asociados de esa organización de intelectuales diz que autónoma. Dudaba aún más de que se pudieran remitir a un episodio similar acaecido entre miembros de la Real Academia de la Lengua Española. Entonces decidió acudir a una fraseología que, aunque tampoco original, sí resultaba más criolla y trepidante.
Ya más tarde, rodeado de “socios” y ante la presencia de varias botellas de ron, comenzó a sentirse en su ambiente. ¡Este es el medio propicio para la creación! ¡Que le pregunten a Bretón y a todos los bohemios parisinos! Cuando el tercer trago de licor resbaló por su garganta como un torrente de lava, se sintió transportado al mástil de un velero. Oteaba el horizonte: la Luna llena derivaba hacia el oeste mientras una estela luminosa seguía su rumbo. Solo despiertos él y el timonel. El balanceo y la peligrosidad de la altura le impedían dormir, amén de la responsabilidad de su misión. Pero allá, en ese reducto cerrado, donde todo es predecible, Morfeo no encuentra obstáculos. Abre los ojos y prosigue el sueño en vigilia. Ahora lo rodean los colegas, no los tripulantes. Habla y no habla, dice y no dice: no lo puede precisar. Otro “palo” de ron y de nuevo al palo mayor. La mirada hacia el oeste para seguir ampliando el mundo: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Carajo!
| < Anterior | Siguiente > |
|---|


