Quien no acepte ser salvado no tiene derecho a vivir. Eliminarlo no es un asesinato, es una medida revolucionaria que quita del camino un obstáculo para la construcción del "mundo humano y feliz de mañana". A esa revolución hay que consolidarla y llevarla adelante al precio que sea, porque es tanto el beneficio que dar a los hombres de mañana que sería ridículo detenerse por consideraciones sentimentales de ningún género. Ni la edad, ni el parentesco, ni la tabla de derechos humanos, tienen por qué ser tomados en cuenta. El Che Guevara, en Cuba, hace fusilar a un muchacho de 16 años en presencia de su madre, o hace desnudar en público a una mujer de setenta años que quiere visitar a un hijo preso, convencido de que con medidas como estas, y como otras aún más crueles y terribles, los muchachos de mañana van a ser modelos, van a dar el Hombre Nuevo, y las madres de mañana admitir que no tienen derecho alguno sobre sus hijos, ni aun el derecho de amarlos, porque los hijos pertenecen a la Revolución y el Estado.
De esta manera de pensar hay ejemplos innumerables en la Historia. Es decir, de gobernantes o jefes que hallándose convencidos de que tienen por misión en la vida salvar a los demás incorporándolos a la visión del mundo que impone la idea de Misión, incorporan, a las buenas o a las malas a todo el que cae entre sus manos. Felipe II estaba convencido de que Dios le había encargado salvar a todo el género humano mediante la propagación e imposición del catolicismo. En privado, como hombre, no era cruel ni se deleitaba quemando viva a la gente. La intención de don Felipe, como la de Nerón, como la de Hitler, como la de Lenin, como la del Che, era purísima y altruista: salvar al otro, al equivocado, al que no ve la luz. Y salvarlo contra su voluntad, quiera o no quiera ser salvado en esa forma, es el deber del revolucionario, del que se siente autorizado a hacer lo que le parezca necesario para el triunfo del Bien de la Verdad, y del Regreso al Paraíso.
Según Andrés Bello, Nerón era un poeta muy bueno, como dicen que era Mao un gran poeta, del mismo modo que Lenin, a quien no le temblaba la mano para ordenar la eliminación de millones de campesinos que obstaculizaran la reforma agraria, lo conmovía hasta las lágrimas una sonata de Beethoven.
En el hombre fanatizado con una idea, con una "misión", no hay incompatibilidad ninguna entre los sentimientos de humanidad y de piedad, y la aplicación rígida y estricta de unas normas, por crueles que sean, si están dictadas por el ideario o ideología de la "misión". Y mientras más alto y difícil es el fin perseguido --ganarse el cielo o establecer la justicia en la tierra-- más terrible puede ser la conducta del revolucionario. Si lo convencen de que tirando una bomba contra un colegio lleno de niños va a adelantar "el proceso revolucionario", tira la bomba y se queda tan tranquilo. Su "intención" no era mala, y por lo tanto hay que perdonarla, como se les ha perdonado a los comunistas el espantoso genocidio de Afganistán, los crímenes de Vietnam, de Cambodia, de Cuba y de cien lugares más. Dondequiera que toman el poder, la cifra de asesinatos sólo puede compararse con el nivel del terror y de la miseria que producen.
Una primera versión ampliada de este artículo apareció en 1989. Cortesía El Blog de Montaner
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