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Ángel Velázquez Callejas: Violencia y nacionalismo en Cuba

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Uno de los aspectos más sutiles de los nacionalismos es el uso de la violencia. Hoy por hoy, la violencia constituye un aspecto conspicuo de la psicología del nacionalismo. Subyace en ella, en la estructura oculta de la sociedad, la violencia y el voluntarismo. Primero la violencia de las guerras y, en segundo lugar, el voluntarismo. Ambos forman parte del inconsciente colectivo.

Para Cuba es muy importante destacar que la violencia se arraiga desde el propio origen del  nacionalismo. Y me parece destacable la idea de cómo se violentan las estructuras sociales a través de las guerras y después del voluntarismo del poder en Cuba. Joel James ha escrito una novela histórica reveladora, El caballo bermejo (Editorial Oriente, 1999), en cuya descripción los hechos demuestran que para Cuba la “violencia” es un factor importantísimo en la formación de la nación. Lamentablemente, tal y como apunta el autor, la violencia aparece como una dimensión necesaria del inconsciente cubano cuando la patria, la independencia, la nacionalidad, corren peligro. Una guerra que se gana y no se gana, pero que trae una victoria sangrienta.

Cuando el cubano se ve en peligro de sucumbir acude a la violencia y ésta lo traslada inevitablemente al voluntarismo. La violencia ha sido la base del nacionalismo cubano. Quizás por esta vía se pueda entender por qué un pueblo como el cubano defiende por encima de cualquier cosa a sus héroes. Martí, Maceo, Gómez, Camilo, el Che, constituyen la tradición de la violencia en Cuba. Y este aspecto ha sido manejado muy sutilmente, dentro y fuera de la Isla, por el poder. Paradójicamente, la violencia que hoy se registra en Cuba desde la fuerza del poder no es más que la puesta en marcha del “inconsciente cubano”, del caballo bermejo reprimido en el fondo de su ser. Es como el cubano se identifica con la violencia, y entonces la guerra interna y la sangre aparecen en la visión colectiva como una fuerza de protección y defensa a favor de la independencia, la nación y la nacionalidad.

No importa el riesgo: importa el hecho porque en  ese “llamado” el individuo desaparece y se vuelve colectivo.

Por eso el nacionalismo es resultado de un largo proceso de evolución de la mente humana. En lo particular, la mente humana se ha expresado en su totalidad buscando cómo instaurar la idea del nacionalismo, que no es más que la idea de la violencia y las guerras. La creación de las naciones, de los estados modernos y de los respectivos discursos que los legitiman, son, por así decirlo, la última ficción de la mente violentada por el caballo bermejo del inconsciente humano. Creo es la última ficción porque, desde su origen, el nacionalismo ha recorrido más de doscientos años, y tal parece que se le reservan doscientos más. El nacionalismo ha llegado a ser la condición por naturaleza de la defensa del hombre. Lo ha protegido y el hombre parece estar satisfecho de su protección. ¿Por qué?

Entremos en esa dimensión oculta de la violencia y entonces…

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