Con el “poeta en actos” comienza una nueva era. Por supuesto, no termina la era de la imagen, pero sí concluyen las “eras imaginarias”, las eras de los sueños. Con el “poeta en actos” un nuevo espacio de la imagen ha de tomar cuerpo, concebirse pero más allá de la dimensión mental –de la creación-- del poeta.
El “poeta” crea en una dimensión específica; el “poeta en actos” ha de sucederse a sí mismo, en otra dimensión donde nada será específico. El “poeta” crea la imagen para otro; el “poeta en actos” sucede como imagen para sí mismo. El “poeta en actos” es un suceso, no una creación. Por eso ambas imágenes difieren y no pertenecen a la misma dimensión. El “poeta” lo hace en el plano mental; el “poeta en actos” se desvela en el plano espiritual. Esta es la diferencia: crear y realizarse no son las mismas cosas. La primera presupone el engaño y la segunda la realidad.Lezama Lima habla desde el plano mental, crea la imagen. Puede que nos diga muchas cosas sobre lo espiritual, la muerte y la resurrección a través de Cemí y Oppiano Licario, pero lo hace confinado en la dimensión mental. Ni lo espiritual ni la muerte ni la resurrección suceden en el plano mental, pero se puede desde allí hablar y conceptualizar sobre ellos; han de crearse – no hay otra forma-- desde la mente y el lenguaje unos hechos que son pura imaginación. Esta última, que es una modificación artística de la mente, constituye un intento sutil de violentar la naturaleza de la verdad. Todos los poetas, los creadores artísticos, incurren en ese error. Por fuerza están violando a diestra y siniestra la belleza de la verdad.
Es la imagen –la de lo espiritual, la muerte y la resurrección-- que Lezama ha creído real, pero desde ese plano no es verdad. Es sólo un sustituto percibido como realidad. Se cae, de hecho, en la creencia de que algo existe. Y este mundo existe ante los ojos del creador. Lezama, que era un creador de imágenes, de “realidades”, tampoco escapó a la creencia del catolicismo. ¡Qué extraña práctica! ¿Por qué si por una parte eres un creador de imágenes por otra quedas enganchado a una creencia? Esta es la prueba del engaño a la que está abocada la creación: en el fondo continúan circulando creencias sobre algo que no pertenece al creador. Éste depende de algo. Y todos los creadores adolecen de esto: en el fondo reprimen un tipo de creencia, sea ideológica, espiritual o religiosa. En el fondo, lo creado y la creencia se dan la mano. Uno tira del otro y por ende subsiste la dualidad, en la que aparece el engaño. De ahí también la angustia y la falsa opinión de que la vida no tiene sentido. En el fondo la imaginación es una mala jugada que impone la naturaleza. En el fondo ser romántico es embellecer con flores de plástico las exigencias de la naturaleza. Es violarla con la mentira.
El poder de la imaginación estriba en crear ese engaño, esa imagen de que algo al parecer está sucediendo y percibiéndose. Y sucede, pero es como un engaño, un sueño, una mentira que se percibe como real. Es la manera de cómo el “sistema poético del mundo”, concebido por el autor de marras, se nos presenta como una forma relativa de violar la naturaleza de la verdad. Es una visión del mundo lo que crea Lezama, una filosofía sobre la trascendencia, no un mundo en sí mismo. No es la verdad: es un juego de imágenes y palabras creadas desde el plano mental. Pero nada de eso significa realidad. Por eso sólo los tontos como Lezama creen que la realidad puede ser creada.
Han disfrazado la realidad con conceptos, con imágenes y palabras. Lezama siguió siendo lo que fue, un gigante intelectual, un erudito sin precedentes en la historia de este continente, porque esas imágenes no consiguieron nada sobre su ser. Sí sobre su intelecto, pero nada sobre su psicología. Esas imágenes intelectuales dieron vueltas y más vueltas en su mente para terminar apoyando la fe en el catolicismo. Él continuó siendo un prisionero de la teología. De ello se desprende lo que fue más significativo en su intelecto: la reescritura. Una moda hoy para quienes sienten la necesidad de reescribir sus creencias --el cuerpo católico, ideológico o espiritual--, las metáforas y las imágenes necesarias para apoyarla.
Hemos entendido la “poesía en actos” como la concreción, a un nivel subjetivo, de una dimensión particular de la imagen. De hecho, debe aceptarse a priori la existencia de diferentes dimensiones, o niveles, por los cuales la imagen toma un calibre de existencia determinada, al punto de considerar al “poeta en actos” como suceso, y también como reflejo en sí mismo, de una en particular. Pero esta no conlleva las excrecencias del bardo constituidas como imágenes inmanentes, establecidas en el largo discurrir de la mente. Es una trascendencia en sí misma. Una nueva era, la del hombre real. Habría, pues, para comenzar a entender la imagen del “poeta en actos”, que entrar en sus diferentes dimensiones y corroborar la evolución de la poesía en virtud del acto poético. Pero este sería otro tema.
Adelanto lo siguiente: Primero, están las imágenes de la dimensión psíquica. Hasta aquí “la imagen es”. Estoy sustituido por ella. Me identifico por ella. El ego es la imagen en cuanto a las diferentes dimensiones. Me engaño. Segundo, están las imágenes de la dimensión espiritual (el poeta en actos). “Yo soy”, existo ahora como imagen. Estoy identificado en ella. Me descubro. Comienza una era.
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