Escribí hace unos años sobre la captura del archiconocido pirata Bola de Churre, de nombre original Fidel Castro. En aquella ocasión los valerosos ingleses del Enterprise, el buque insignia de la flota de su Majestad, entraron a saco en el camarote del bandido y lo sacaron a rastras. Pocos minutos después procedieron a trepanarlo.
Cabe apuntar que la degeneración de las glándulas sudoríparas del pirata –lo cual supuso la muerte de las ecrinas a manos de las apocrinas, así como la posterior proliferación de estas últimas—le había permitido burlar los esfuerzos de sus perseguidores durante décadas. Su característico hedor hacía de todo punto imposible cualquier aproximación.Pero los ingleses se las arreglaron. Tras ser sometido a sucesivos baños de agua salada en la propia cubierta del Enterprise, balde tras balde sobre su humanidad cochambrosa, Castro perdió la cabeza. Es decir, el poco cerebro que le quedaba: Sus captores procedieron a una trepanación radical con el objetivo de eliminar sus desordenes mentales. Este es el origen de las tristemente célebres “Reflexiones del Comandante en Jefe”, reconvertidas ahora en parrafitos de llega y pon.
Ahora el pirata, en su lecho de muerte, quiere moringa (casi moronga) y quiere yoga. “Los Yogas hacen cosas con el cuerpo humano que escapan a nuestra imaginación”, escribe en su última reflexión (tomada en serio incluso por Prensa Latina). “Están allí, ante nuestros ojos, a través de imágenes que llegan instantáneamente desde enormes distancias, a través de Pasaje a lo Desconocido”.
Cuánto más durará la tensión entre el sentido común de sus enfermeros y la diarrea mental de Bola de Churre, no se sabe. Pero el final avanza, inexorable y ridículo.
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