Poco antes de morir, Mahoma tuvo dificultades en su harén. Después de la muerte de Jadicha, su primera esposa, El Profeta sólo había tenido una mujer hasta que se casó con Aisa, hija de su amigo Abu Bakr. Pero durante la última década de su vida santa sus matrimonios se multiplicaron exponencialmente. Mahoma incluso se casó con la mujer de su hijo adoptivo, contra la tradición, manteniendo a muchas más mujeres que las cuatro esposas autorizadas por el Corán.
Así veía el paraíso el matador de “infieles”:
“Los creyentes están allí recostados unos frente a otros sobre blandos almohadones; muchachos inmortales les sirven como pajes el mejor de los vinos en jarras y vasijas, y nadie se emborracha ni a nadie le duele la cabeza por beberlo; hay allí maravillosas frutas y toda la carne de aves que uno pueda desear; les atienden muchachas de grandes ojos, bellas como perlas. Los bienaventurados se reúnen bajo flores de loto sin espinas y plataneros en flor, bajo sombras extensas y junto a corrientes de aguas abundantes; sobre ellos cuelgan los racimos, y las copas de plata pasan sin cesar de mano en mano. Llevan vestidos de seda verde y brocado adornados con pasadores de plata”.
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